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De la categoría „Dolor“ (Relatos Cortos / español):

Jose Melendez

Bajo la nieve

Estoy sentado en el sofá, con la mirada perdida en la primer página de un libro, y mi mi mano sosteniendo todavía una taza con té, frío ya. No se cuanto tiempo llevo así, no entiendo ni una palabra de lo que estoy leyendo, no recuerdo cual es el título, ni el sabor de mi té.
Abandono mi fútil intento y mejor volteo a la ventana. Está nevando. Las luces de la calle a penas se distinguen, y ni un ruido se oye. Pero veo la hora en el reloj que cuelga de la pared: casi medianoche. No han de tardar ya.
Me vuelvo a sentar. Derrotado, resignado. Lentamente cierro mis ojos, y los siento llegar. Uno a uno, mis fantasmas, mis demonios, puntuales como siempre, de mi mente se comienzan a apoderar. Y entonces, ya acomodados, comienzan a susurrar, uno a uno, mis fracasos, mis miedos, mis esperanzas destruidas. Me recuerdan, como cada noche, primero los momentos dulces, los besos, las caricias, las risas. Luego, crueles, despiadados, el abandono, las mentiras, los engaños.
Hago un monumental esfuerzo por conener las lágrimas, pues sé que una vez que la primera caiga, las demás no tardaran en seguir, y mis fantasmas se reirán de mi, con la cara de quienes me abandonaron, de quienes me despreciaron.
Pero no lo logro, mi faz se comienza a humedecer, y ellos rien, como hienas salvajes, con el rostro de mis fallidos amores, de mis falsas amistades.
No puedo más, los he soportado demasiado ya. Abro los ojos desesperado. No los veo, pero se que ahí están, los oigo, los siento. Un grito inhumano surge de mi garganta, de lo más profundo de mi alma. Un último grito de ayuda. Pero se que nadie oirá.
Las lágrimas ahora nublan por completo mi vista, pero no me importa y comienzo a correr, salgo de mi casa y corro, y corro. No veo a donde voy. No me importa. Solo me impulsa el dolor, el deseo de escapar de esos rostros, de mis fracasos, de mi soledad. Trato de borrar cualquier otro pensamiento, y correr.
No se si llevo ya horas en este frenesí, o solo unos minutos, pero me siento exhausto. Me falta el aire, y cada bocanada que doy me asfixia un poco más. Estoy empapado en sudor y la helada brisa comienza a sentirse sobre mi piel como si un centenar de cuchillos se deslizaran lentamentente, cortandome, dejando mis músculos al descubierto. El dolor es terrible, pero aún así sonrío, pues este dolor físico me ayuda a por fin, mantener a raya esos rostros falsos, esas memorias amargas.
Volteó a mi alrededor, pero no logro distinguir nada. Solo un inmaculado manto blanco que cubre al mundo, y a lo lejos una luz, una lampara. Comienzo a caminar lentamente hacia ella, pues a pesar de mi cuerpo fatigado, me siento irresistiblemente atraído, cual mariposa nocturna, a esa luz. Quizá espero encontrar un poco de calor ahí, para poder detener estos temblores que se comienzan a apoderar de mi ser. Ya a punto de llegar, tropiezo con algo y caígo.
La nieve me recibe, helada, pero suave y amablemente. Poco a poco me levanto, y busco el objeto con el que tropecé. Distingo entonces un bulto pequeño, café. Peludito pero empapado, todavía temblando, todavía respirando. Todavía. Mi cansada mente tarda un momento terrible en darse cuenta. Un perrito abandonado, muriendo de frío, fue con lo que tropecé. Las lágrimas comienzan a nublar mi vista de nuevo, pero las intento secar y como puedo me acerco al perrito, lo tomo en mis brazos y me derrumbo bajo la lámpara.
"¿A ti también te abandonaron, amiguito?" Abracé con más fuerza al perrito, tratando de transmitirle el poco calor que aún había en mi cuerpo, y él en respuesta movio un poco su fatigada colita. "No te preocupes, aquí estoy contigo. ¿Supongo que también pensabas encontrar un poco de calor aquí eh? Parece que no sirve de mucho esta vieja lámpara, pero es lo que hay." Me partía el corazón verlo, débil, cansado, viejo, solo. Pues lo veía, y me veía en él. "Eres muy valiente y fuerte, yo te cuidaré y no volveras a estar solo. Te lo prometo. Creo que dormiré un poco, no vayas a irte ¿entendiste? Mañana te llevaré a mi casa, no es muy grande, pero ahí no hay frío. Puedes dormir en mi cuarto si quieres, no importa. Pero tendré que pensar en un buen nombre para ti...". Poco a poco el sueño me comienza a vencer. Estoy cansado, muy cansado. Mis ojos se cierran. Alcanzo a notar que la nieve vuelve a caer, ahora con mucha más fuerza. Pero ya no siento frío. Y ya no me siento solo. "Gracias amiguito.... por lo menos al final... no estoy solo..." Cerré mis ojos, y exhalé mi último aliento, bajo la nieve.



Todos los derechos de „Bajo la nieve“ pertenecen a su autor (Jose Melendez).
Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jose Melendez
Publicado en e-Stories.org el 20.12.2016.



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