Laureano Ramirez Camacho

EL MISTERIOSO CASO DE ANA R.

 

XII

EL MISTERIO DE LA SEÑORITA ANA DURÁN

 

Una tarde gris y lluviosa de octubre de 2.001, mientras Lucas Juan y yo estábamos discutiendo acerca de la resolución del algoritmo de G*, una llamada telefónica interrumpió nuestra interesante tarea. Lucas se puso al teléfono y, por sus palabras, deduje que un cliente necesitaba verle de forma urgente.

Miré por la ventana, y contemplé el cielo plomizo y crepuscular que envolvía lentamente con sus sombras a la capital del estado. Los transeúntes, que caminaban por las aceras, parecían tener prisa por llegar al calor de sus hogares, y pensé que en estos días los ánimos están comprometidos por la tristeza del ambiente. Algo grave debía ocurrirle a nuestro visitante, para salir una tarde así de su casa. Lucas me comentó que se trataba de la desaparición reciente de la señorita Ana Durán, cuyo caso estaba en primera plana de todos los medios. Era una menor que había desaparecido tras discutir con su novio, y de cuyo paradero nada se sabía, si bien el acusado juraba y perjuraba que no tenían nada que ver con su repentina desaparición.

Dos hombre de edad adulta se presentaron en nuestra casa. Eran los padres del preso y de la desaparecida. Ambos eran personas adineradas, y el padre del joven, Manuel Rueda, un renombrado empresario de éxito. Se llamaba Pedro Rueda y era el propietario de “Diseños y proyectos RUMAR, S.A.”. El padre de la joven, Adolfo Segura, era un terrateniente propietario de cientos de hectáreas y de ganado, procedente de una rica familia de tradición agropecuaria.

Entraron en el despacho y se sentaron a petición de Lucas, una vez hechas las presentaciones. Manuel Rueda, de unos sesenta años, era un tipo que evidenciaba su desahogada posición social. Vestía con ropa cara y elegante. Tenía el pelo cano, y peinado para tapar la calvicie que padecía. Adolfo Segura, con el que guardaba gran parecido el anterior, vestía a la usanza de los terratenientes, y tenía unos años menos. Su piel, morena y curtida, delataba su exposición al sol.

Lucas y yo sabíamos de la desaparición de la joven, menor de edad aún. Los periódicos hablaban de que el último que la vio fue el novio, y estuvieron en un lugar boscoso dentro del coche. Se hallaron cabellos, sangre y documentos de la joven. El chaval presentaba arañazos en brazos y rostro. Según dijo, ella se marchó tras una violenta discusión en la que llegaron a las manos.

Lucas pidió a uno de ellos que fuera portavoz y le relatara los hechos. Tomó la palabra Pedro Rueda:

  • Verá, señor Lucas, nuestros hijos mantenían un noviazgo desde hacía tres años. Eran muy jóvenes cuando empezaron la relación. Como toda pareja de jóvenes, tenían grandes altibajos y ambos poseían caracteres muy fuertes. Últimamente llevaban enfadados unas semanas. El día que Ana desapareció quedaron para verse, estuvieron en un bar con unos amigos y luego se fueron en el coche de mi hijo. Aparcaron en una zona a las afueras del pueblo, frecuentada por parejas, y allí discutieron y, según dice mi hijo, ella lo arañó, se golpearon mutuamente y Ana salió del coche y se dirigió al bosque aledaño. Y desde entonces no se la ha visto más.
  • Siga, por favor.
  • Mi hijo llegó a casa contrariado, y nos contó lo sucedido. Eran las once de la noche, y estaba muy apenado. La llamó por teléfono y nadie respondía. Luego se descubrió el móvil de ella en el coche de mi hijo. Debajo del asiento del copiloto estaba su DNI y una tarjeta del supermercado a su nombre. Había sangre de ambos en el coche y cabellos de ella. También sangre de mi hijo, que presentaba arañazos en la cara y los brazos.
  • La policía ha detenido a Manuel- dijo Adolfo, el padre de Ana, pero ambos estamos seguros de que no tiene nada que ver en la desaparición de mi hija. Creemos su versión.

Lucas se recostó en el sillón y, tras meditar un rato, preguntó:

  • ¿alguna vez Ana habló de marcharse con o sin su novio? ¿cómo era la convivencia doméstica?
  • Una chica adolescente, de fuerte carácter y muy terca, pero de buen corazón. No nos llevábamos muy bien, la verdad, y más de una vez habló de marcharse cuando cumpliera los 18 años. Los hará el próximo jueves, dentro de 8 días.
  • ¿qué tiempo llevaban de noviazgo? - Preguntó Lucas.
  • Unos tres años.
  • ¿tenía ella amigas de confianza? Me refiero a ese tipo de amigas que son además consejeras y, por norma, mayores en edad.
  • Está Lucía Honner, una chica paralítica que padece una enfermedad degenerativa y está postrada en cama. Iba con frecuencia a visitarla y eran muy amigas – dijo el padre de Ana.
  • Supongo que la policía la habrá interrogado ¿no? – preguntó Lucas.
  • Sí. Mantiene que Ana se ha ido por voluntad propia, para cortar con su novio, y no parece estar muy afectada por ello. Yo juraría que ella le ha calentado el magín para que tome esa decisión, si es que ha sido así.
  • ¿qué hizo su hijo cuando ella salió del coche?
  • La esperó un buen rato, y al ver que no aparecía, regresó a casa. Eran las once cuando llegó – dijo su padre.
  • Necesito hablar con esa Lucía. ¿tienen su dirección?

 

Le facilitaron a Lucas la dirección pedida, y, siguió el interrogatorio.

  • Dicen que en el coche estaba el DNI y una tarjeta de supermercado, y ¿nada más?
  • Eso es. Muy extraño ¿no? – respondió el padre de ella.
  • Y muy revelador – dijo Lucas.
  • ¿la vio usted al salir de casa? – preguntó a Adolfo.
  • Si, cuando se marchó serían las ocho y mi esposa y yo estábamos en casa.
  • ¿se fijo usted si llevaba bolso?
  • Sí. Siempre salía con él. Un bolso pequeño, de color morado oscuro y con asas.
  • También estaba el móvil ene l coche, no? – preguntó Lucas.
  • En efecto. Estaba en el suelo, en la parte del copiloto.
  • La sangre ¿era mucha?
  • Solo unas gotas – respondió el padre de Ana.

Lucas accedió al ordenador y cargó Google earth. Les pidió que les señalara el lugar de la desaparición. También la dirección de Lucía. En visión panorámica, estaban muy cerca, a unos trescientos metros en línea recta, con la carretera por medio.

  • Pudo haber sido capturada en el trayecto ¿no? – dijo Lucas. Y también haber ido a casa de Lucía.
  • Ella niega que estuviera allí es anoche. Dice que la vio por última vez por la mañana de ese mismo día y que le contó que pensaba cortar con su novio.
  • Ahora debo pensar sobre el asunto – dijo Lucas. Marchen a casa y ténganme informado de todo lo que ocurra y si descubren algo, también. Cualquier detalle es importante.

Se despidieron y Lucas quedó pensativo mientras hacía una serie de anotaciones en un folio. Luego dijo:

  • Si hubiera ido a su casa debía tomar la dirección contraria, la “B”, pero tomó la “A”, lo que nos hace pensar que fue a casa de su amiga y no a su casa. Cruzo la carretera y el bosque, y allí pudo ser asaltada y agredida. Debo ir a ver a Lucía mañana por la mañana.

Se levantó muy temprano, tras el cloruro mórfico, se dirigió al lugar de los hechos y luego hizo el camino a pié hasta la casa de Lucía. Tardó diez minutos. Llegó a la casa. Era una pequeña y coqueta construcción de unos 50 metros cuadrados. Llamó pero no obtuvo respuesta. Sobre las nueve y media llegó una mujer con unas bolsas de la compra. Era una sirvienta que venía todos los días de nueve y media a dos y media. Le hacía la limpieza y la comida y luego se marchaba. Lucas le ayudó con las bolsas y, delante de él sacó los productos y los ordenó meticulosamente.

  • ¿todos los días va a la compra? – preguntó Lucas.
  • Dos días a la semana: martes y viernes. Ella puede levantarse con la ayuda de bastones y tiene una silla de ruedas, pero pasa casi todo el tiempo en la cama.
  • Debo verla – dijo Lucas.
  • Acompáñeme a su habitación.

Era una pequeña pieza de no más de 12 metros cuadrados. Una cama y un gran armario empotrado, junto con una mesa de camilla y un sillón era todo el mobiliario. También había un lavabo junto a un espejo y un retrete portátil.

Lucía era una mujer de unos 30 años, famélica y de palidez mortal. Padecía una enfermedad degenerativa que le impedía caminar, y que iba en aumento. Los pómulos sobresalían de forma considerable, y ese detalle hacía que sus cuencas oculares se asemejaran las de una calavera. Tenía ojos expresivos, que denotaban tristeza, pero a la vez perspicacia y su boca, de labios inusualmente finos para una mujer, me dio la impresión de cierta crueldad. Los brazos era esqueléticos y el cuello como el de un pavo desplumado. Recordé al instante la canción de Gardel: “Flaca, tres cuartas de cogote y una percha en el escote bajo la nuez….”. Sin embargo su voz era enérgica y grave, y movía las facciones al hablar exageradamente.

  • ¿quién es usted y qué coño hace aquí a estas horas? – me pregunto dirigiéndome una mirada maliciosa.
  • Soy Lucas Juan e investigo la desaparición de Ana, su amiga.
  • Me importan tres coños quien sea usted, salga de aquí inmediatamente.
  • Como quiera, pero le advierto que si habla conmigo, la policía la dejará en paz, y yo no soy policía.

Esas palabras de Lucas parecieron calmarla un poco y a regañadientes y lanzando tacos, se avino a razones y señaló el sillón a Lucas para que tomara asiento.

  • Tu! – gritó a la sirvienta- fuera de aquí…¡¡ya!!

Escudriño a Lucas, quien le preguntó:

  • ¿sabe que Ana ha desaparecido? ¿no?
  • ¿quién no? Lo sabe toda España.
  • Hay una persona que la vio entrar en esta casa la noche de la desaparición. Venía del bosque y cruzó la carretera. Un ciclista la reconoció _ faroleó Lucas.
  • Si va a comenzar a decir mentiras y a tenderme trampas, hemos acabado. Eso que acaba de decir es falso y ¿sabe el motivo? Pues es muy sencillo, nadie la pudo ver porque NO estuvo aquí. Así de simple.
  • Bueno – dijo Lucas., olvidaremos ese detalle.
  • No – repuso Lucía, se lo advierto, otro farol y sale de mi casa ¿vale?
  • De acuerdo – aceptó Lucas.
  • ¿Hace mucho que se conocían?
  • Unos dos años. Era me pedía consejo, porque no quería estar con su novio. Sus padres, que están arruinados, amañaron el matrimonio para participar en la fortuna del empresario, el padre del novio. Pero ella es homosexual y detestaba esa relación.

Lucas quedó sorprendido. Esta revelación cambiaba por completo sus esquemas mentales.

  • ¿qué tiempo lleva usted postrada en cama?
  • Seis meses, pero desde hace año y medio tengo que caminar con muletas. Ya no puedo ni hacer eso siquiera.
  • ¿qué enfermedad padece?
  • Síndrome de J*-S*. No es mortal, pero te reduce a un vegetal en pocos años. El mes que viene comienzo un tratamiento experimental de forma voluntaria, de conejillo de indias, vamos. ¿qué tengo que perder?
  • Perdone Lucía que le pregunte esto, pero ¿Ana y usted eran amantes?

La mujer miró a Lucas, guardó silencio y respondió:

  • Otra pregunta.
  • ¿venía todos los días a verla, no?
  • Sí. El día que desapareció estuvo aquí hasta la hora de comer. Solía venir por la mañana un rato y algunos días por la tarde, hasta las ocho.
  • ¿cree usted que se ha marchado voluntariamente?
  • No me cabe duda – repuso Lucía mirando a Lucas de forma extraña. No me lo dijo con seguridad, pero varias veces dejó claro que la única forma que veía de terminar con el novio era huyendo a otro lugar.
  • ¿sugirió algún lugar?
  • Sudamérica. Hablaba de Costa Rica y de Argentina.
  • Pero nadie se marcha sin DNI a un viaje.
  • Se saca un duplicado, creo.
  • La policía sabe con certeza que no lo ha hecho, aún.
  • No le puedo decir nada sobre eso.
  • Tengo una foto de Ana, pero de pecho a cabeza. ¿cómo era ella físicamente?
  • Una chica preciosa. Medía 1.78, era morena, con una melena negra y unos ojos negros que enamoraban. Traía locos a todos los chicos y era muy sensual y se vestía de forma provocativa.

Lucas miró las chancletas de la enferma, y dedujo por su aspecto y por su calzado que no llegaba al metro y medio de altura.

  • Lucía, ha sido usted muy amable. Pero debo rogarle que me deje volver mañana con unas fotos para ver si usted puede identificar a unos amigos que figuran en dichas fotos, solo a esos efectos. Luego la dejaré en paz. Lo prometo.
  • De acuerdo, pero solamente para eso y se evaporará luego ¿vale?
  • Lo prometo – dijo Lucas alzando el brazo.

Cuando llegó a casa, Lucas venía serio y pensativo. Pidió a la policía el móvil para ver las fotos y encontró algunas con amigos. Horacio Torres, al corriente de las pesquisas, se mostró encantado de la colaboración de Lucas y le facilitó las fotos.

 

Me pidió que le acompañara, y cuando salió de casa lo ví coger cola-cao, meterlo en una bolsa y me pidió mi cortaúñas. No me dijo el motivo. También observé que cogió un viejo reloj en desuso que tenía guardado y se lo colocó en la muñeca, tras ponerlo en hora. Luego guardó el suyo en el bolsillo. Salimos en dirección a casa de Lucía.

Mientras enseñaba las fotos, puso el reloj delante de él, como para controlar el tiempo que tardaba en reconocer a los figurantes de las fotos, y mientras ella las veía paseaba junto a la cama de la enferma, con las manos en los bolsillos.

Terminado el reconocimiento, anotó los nombres y se marchó. De camino al coche le recordé que había olvidado el reloj. Me miró y me hizo un guiño con el ojo.

  • Esa era la idea- me dijo sonriendo. Forma parte del plan.
  • No lo entiendo.
  • Así tendré una excusa para volver mañana. Hay un par de cosas que debo comprobar, y le prometí a Lucía que la dejaría en paz después de lo de las fotos. Es simplemente que necesito verla una tercera vez y, si no es con una excusa, no me dejará entrar.

Al día siguiente, Lucas y yo fuimos a recuperar el reloj.

  • Perdone, Lucía, pero me olvidé el reloj ayer aquí- dijo Lucas.
  • Me di cuenta pero ya se había marchado. Ahí lo tiene.

En ese momento Lucas cayó al suelo, presa de un desmayo. Se golpeó en el hombro pero se recuperó en seguida. Le dijo que padecía de tensión baja (una trola) y se disculpó. Luego se sentó en el sillón. Lucía le miró con una expresión extraña en sus ojos:

  • Señorita Lucía, dígale a Ana que salga de su escondite – dijo Lucas.
  • ¿otro farol? Le advert-i que….

Lucas se levantó, abrió la puerta del armario empotrado y allí estaba la desaparecida. Se ocultaba tras la ropa, pero su estatura la delataba.

  • Esta vez no es un farol – dijo Lucas Juan. Pero sí que es un delito cuando se trata de una menor de edad.
  • Le ofrecí cobijo hasta que cumpla los 18 dentro de cinco días. Luego quedó en marcharse.
  • Su novio está en la cárcel, acusado de secuestro de Ana, y el fiscal lo quiere acusar también de homicidio y de agresiones. ¿es usted consciente de ello? –preguntó Lucas a la joven Ana.
  • Ese cabrón se merece eso y mucho más. Mis padres me obligan a estar con él y a que me case, y yo soy lesbiana. No veía otra forma de evitar la tragedia- repuso la joven.
  • Hay otras formas de hacer las cosas. Debe usted sacar a ese joven de la cárcel ahora mismo – dijo Lucas muy serio.

Horacio Torres esperaba en la puerta. Llevaron a Ana a la comisaría y fueron avisados los padres de ambos. Aclaradas las cosas, Lucas y yo marchamos a casa.

 

  • Bueno, ahora dime cómo lo has hecho – dije yo.
  • Ha sido fácil. Por casualidad el día que llegué la sirvienta venía de la compra y por la cantidad de comida que traía, deduje que Lucía no se comería todo eso ni en dos semanas. Luego ví el armario empotrado y urdí mi plan. Me dejé el reloj a posta, y, mientras ella miraba las fotos, derramé el cola cao en el suelo, que como habrás observado tiene un color parecido. La idea era volver por el reloj y mirar las huellas marcadas en el cola-cao. Había pisadas de una mujer grande, y Ana, lo es. La sirvienta no tiene ese pié, y menos Lucía, cuyas babuchas estaban junto a la cama y junto a sus escasas huellas, hay una marca de los bastones que usa. Había pues evidencias de que una tercera persona estaba en la habitación. Las huellas salían del armario empotrado y a él volvían. Y ya no tuve duda alguna de que la ocultaba allí.
  • Joder, Lucas…eres un jodido genio – le dije besándolo. Un plan perfectamente urdido y mejor ejecutado.
  • Y, el DNI y la tarjeta se cayeron cuando la chica salió del coche y recogió el bolso nerviosa y no reparó en ello, al igual que tampoco en el móvil. ¿crees que si el novio la hubiera asesinado, no habría limpiado el coche? Eso que para la policía significaban evidencias de agresión, para mí lo exculpaban sin lugar a dudas.
  • Hoy te has ganado la morfina – dije yo.
  • Será Diacetilmorfina en esta ocasión, farmacológicamente pura. Me lo merezco. Y se arremangó la camisa y se suministró cuarenta miligramos de diamorfina, que lo elevaron a los cielos mientras suspiraba de satisfacción.

 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Laureano Ramirez Camacho.
Publicado en e-Stories.org el 10.05.2017.

 

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