Laureano Ramirez Camacho

LA GRAN PROCRASTINADORA

 

LA ÚLTIMA PROCRASTINADORA

 

Josefa Juárez, la anciana que vivía en la casa junto al huerto de Paco León, tenía 99 años. Aún así, cada mañana hacía sus labores hortícolas, domésticas y luego veía la tele haciendo crochet hasta las once, hora en la que se acostaba todos los días.

Una noche, cerca de las diez, llamaron a la puerta. Abrió y apareció un extraño ser ataviado todo de negro y con capucha. Ni se inmutó, y le preguntó qué podía hacer por él.

  • Vengo a llevarte conmigo. Soy la muerte – replicó.
  • Pues encantada de conocerle, señor muerte o señora, no lo sé. Pase, por favor.

La Muerte se acomodó en una silla y la anciana le ofreció un té, que la Parca rechazó educadamente. Josefa le preguntó:

  • ¿ya quieres llevarme al otro barrio?
  • Tienes una edad adecuada y has vivido tu vida. ¿No te parece que es justo?.
  • Pues sí – respondió la anciana. Pero mira, un mes o dos más no te van a suponer mayores problemas, dile a tu jefe que no estaba en casa cuando viniste, y seguro que pasarás bien.

La muerte pensó unos instantes y dijo:

  • Vale, pero solamente dos meses. Y luego te vendrás conmigo.
  • Trato hecho – dijo Josefa tendiéndole la mano, a lo cual el espectro sacó una ruca huesuda y descarnada que la anciana estrechó sin inmutarse.

Unos días más tarde, y al contar las peras que tenía su árbol, descubrió que le habían robado treinta y siete peras. Josefa montó en cólera e invocó al demonio que no tardó en aparecer allí.

  • ¿Qué coño quieres, vieja de los cojones? – preguntó Satán recién levantado de la siesta.
  • Tengo un negocio para ti – dijo. Te vendo mi alma si haces que todo el que entre en mi huerto y me robe peras sin permiso, no pueda luego bajarse del peral hasta que yo se lo ordene. ¿qué te parece?
  • Ja,ja,ja…. – rió solemnemente el demonio. Nunca jamás un alma me costó tan barata. ¡hecho!

Y la vieja estrechó la ungulada mano del Príncipe de las Tinieblas.

Pasaron las semanas, hasta que la noche del 23 de febrero de 1981, llamaron a la puerta a las diez de la noche.

  • Quién es? – preguntó la vieja.
  • Tejero!! no te jode – replicó la muerte. Soy yo y vengo a llevarte conmigo.
  • Te estaba esperando, pasa y dame un par de minutos.
  • ¿qué quieres ahora? – preguntó la muerte. Te advierto que no hay más prorrogas.
  • Ni las quiero. Estoy harta de vivir, pero tengo lumbago y quisiera pedirte un último deseo, por favor.
  • ¿a saber? – replicó la Parca.
  • Quiero comerme la última pera de mi árbol. No puedo alcanzarlas, por favor, trae una y luego iré contigo.
  • De acuerdo.

La parca subió al peral y cogió una enorme y rosada pera. Cuando fue a bajar del árbol, descubrió que no podía hacerlo.

  • ¡jodida vieja! No puedo bajar de aquí. ¿qué me has hecho? – protestó la muerte.
  • Vendí mi alma a tu jefe por ese deseo. Así que te jodes y ahí te quedas, salvo que me prometas otros cien años de vida.
  • Imposible – replicó la Parca.
  • Pues, ahí te quedas.
  • Me quedaré aquí, pero esto no te saldrá gratis – amenazó la parca.

Los científicos estaban atónitos: nadie había muerto en el planeta tierra en los últimos siete días. Era un hecho asombroso. Sesudos científicos lanzaron grandes teorías, pero ninguno sabía que el motivo era la astucia de una vieja.

 

 

 

A los ocho días, la Parca ofreció a Josefa un trato: diez años más de vida.

  • ¿qué garantías me das? – preguntó la anciana.
  • Mi palabra.
  • Suficiente – y la dejó bajar del árbol.

La Parca se marchó, pero Josefa urdió otro plan. Ocho años más tarde hizo que talaran el peral y con su madera hicieran una escalera y el suelo de un altillo.

Llegó el 23 de febrero de 1991 y a las diez en punto llamaron a la puerta. La anciana hizo pasar a la Parca, y pidió ser muerta con su vestido favorito. La Parca, ya escamada, no se separaba de ella, así que la anciana subió lentamente las escaleras para acceder al altillo donde estaba el traje. Subía con lentitud desesperante, y la Parca le preguntó qué traje era y rápidamente subió y cogió el traje. Cuando se disponía a bajar, no podía hacerlo.

  • Jodida vieja! Me has vuelto a engañar. ¿qué quieres ahora? – preguntó la muerte visiblemente contrariada.
  • Otros diez años – dijo la abuela.
  • Cinco, y es mi última oferta – respondió la muerte.
  • Diría yo que no estás para muchas exigencias, ¿no? – respondió socarronamente la vieja.
  • Vale, diez, diez…pero déjame bajar. Tengo trabajo.
  • Hoy podrías procrastinar – le dijo Josefa.
  • ¿qué coño es eso?
  • ¡bruto!¡malhablado! eso significa dejar para mañana lo que tienes que hacer hoy.
  • Jamás hago eso – dijo la muerte.
  • Pues hoy lo vas a hacer.
  • No puedo!
  • Ya verás que sí. Dulces sueños.

A la mañana siguiente, la Parca exigió que Josefa cumpliera su palabra, pero ella puso una condición:

  • Le debo el recibo de la luz al banco, al fontanero diez mil pesetas, a mi casero la renta del mes y a la tendera mil pesetas. Si te llevas a todos esos los primeros, dejaré que te bajes de inmediato. ¿qué dices?
  • Hija de puta…..
  • Habla bien – exigió Josefa.
  • Me niego en rotundo a aceptar tus órdenes. Yo soy la muerte, y tú una pobre mortal de ciento diez años. Deja que trabaje y te daré otros diez años.
  • Ahora que lo pienso bien – dijo Josefa provocando espanto en la muerte, ¿y si llamara a la televisión y te sacaran así en vivo….?
  • Ni se te ocurra – dijo la muerte.
  • Me haría rica y viviría diez años a cuerpo de reina.
  • Me cago en tus muertos!! – dijo la Parca espumando de rabia por la boca.
  • Es broma, tontolculo! Pero si me dejarás que llame a mis amigas Pepa y Mari para que te vean, no?
  • Si lo haces, me las llevaré las primeras – amenazó la muerte.
  • Eso será si yo te dejo, no?
  • Joder con la vieja – protestó la parca.
  • Veinte años y me dejas seguir con mi trabajo – ofertó la muerte.
  • Vale, vale, pero antes escucha esta canción:

 

“Ya procrastina la muerte,

Porque la engañó una vieja

Que la metió entre las rejas

Y ahora vendrán a verte

Porque querrán conocerte

Los amantes de la ciencia

Y a pesar de tu impotencia

Aprenderás la lección:

Contra toda imposición

Siempre está la inteligencia”.

 

La Parca bajó del árbol, se tomó un té con la vieja, y al terminar, vestida con su traje favorito, se echó en los brazos de la muerte.

 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Laureano Ramirez Camacho.
Publicado en e-Stories.org el 16.05.2017.

 

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