Álvaro Luengo

OPINIÓN

Entre las pocas cosas que aún me pueden sorprender en la vida (la increíble velocidad a la que se esconden las ranas, por ejemplo) está la  preocupante dependencia que estamos desarrollando de la tecnología, que está claro que se acentúa notablemente en los nacidos a partir del dos mil.

Yo, que pertenezco estadísticamente al grupo de “riesgo medio” (color naranja en el gráfico anterior) y cumplo con todos sus requisitos, porque tuve mi primer ordenador pasados los 35, cuando las televisiones parecían bloques de hormigón (¿alguno habéis hecho mudanzas con televisiones antiguas? ¿Qué pasa ahí con la igualdad del hombre y la mujer?... Que iguales, iguales, no somos, que yo no me he gastado ni un puto euro en sujetadores en mi vida) y si alguna de vosotras, especialmente las chicas, hubiera tenido un móvil de los de ahora os hubieran quemado por brujas, reconozco que tengo la mía, mi dependencia quiero decir, que ya habréis perdido el hilo, que dicen que es el primer paso para curarse las adicciones.

Pues muy bien, porque entonces estoy en el buen camino. Ahora bien, ¿de verdad quiero curarme?... Porque ese es el segundo paso… ¿Y cómo veo las carreras de motos y cotorreo con los amigos por internet entonces?... ¿Y en el curro, qué?.... ¿Me lo hago todo a mano?

Uuuf… El pensar en vivir tres días sin mi ordenador y mi móvil ya me dan ganas de echarme a llorar por lo mucho que les echaría de menos, y eso es la esencia de la dependencia, según decía Wurtheim (un vecino alemán muy borracho que bajaba alguna tarde que otra a pedirme algo de hielo y que murió cayendo una noche por la escalera), así que esta situación encubre una adicción. Esto es innegable.

Y yo ya no tengo muchas ocasiones de intimar con los de la zona roja (aquellos nacidos en plena explosión tecnológica, con termómetros y oxímetros incorporados en vuestros chupetes, los que parece que siempre estáis pelando gambas si uno se deja guiar por el movimiento de vuestros dedos en las pantallas de vuestros móviles), pero me pongo en vuestro lugar y me imagino que si mi adicción es palpable, la vuestra será extrema, porque entiendo que sentiréis la tecnología (la capacidad de poder ahuyentar la soledad conectando instantáneamente con cualquiera de la banda, saber a qué hora llega el próximo taxi o bus, enteraros por el Facebook de con quién ha estado el pringado/a de vuestro ex durante sus vacaciones, mirar los anuncios de trabajo a ver si hay algún chollo o de alguna cosa que os queráis comprar…) como algo propio, como un brazo o una pierna, que siempre han estado ahí y resultan muy útiles y no dan la vara normalmente. Algo así como las casas, los taxistas y los árboles. Y no querréis que os la quiten, ¿no? Y en eso tenéis razón, y pensaréis: pues yo la uso lo normal, ¿no? Tampoco me excedo… De la mañana a la noche… ¿Y qué hago de raro?... ¿qué tiene de malo?...

Así que visto el panorama doy esa guerra por perdida y proclamo que no pienso pringarme en ella, que no tengo vocación de renegado del sur y vivir acosado a perpetuidad, y doy por hecho que los technomanes y las technowomans serán la especie normativa e imperante de aquí a muy poco tiempo, y los demás seremos los raritos, pero esa es otra historia que no cabe aquí.

-Perdona, pero mi Personal Watcher me indica que te encuentras en fase receptiva y a lo mejor querrías tomar algo conmigo esta noche- le preguntará uno a otra en el ascensor.

-Perdona, pero nunca hablo con extraños cuando estoy ovulando… Es porque me pierdo, ¿sabes? No es nada personal y espero que no te lo tomes a mal.

Le contestarán.

Pero a lo que vamos, que a todas las cosas hay que buscarles su lado bueno, ¿no? Y también hay que decir que la sociedad tecnológica conseguirá ahorrar un pastón eliminado las prisiones y unos resultados sin precedentes en lo referente a la reinserción social, ¿no? porque si nos imaginamos que fuera el Trestetas a intentar convencer al Chori de que participara en un palo a una joyería, el Chori le diría:

-¡Amos no jodas, tronco! Que lo de la entrada lo veo muy bien, pero la salida está en el aire y si nos trincan nos caen seis años sin móvil y quinientos metros de alejamiento del wifi… Yo no me la juego, tío. Que ya estuve tres meses sin conexión y fue la hostia. No cuentes conmigo.

Así que se acabará con la delincuencia, cosa que no estará mal si no se abusa de ello, pero iros haciendo a la idea: dentro de poco todos, seamos quienes seamos, estaremos con nuestro chip en el pescuezo, que además de nuestra información personal completa incorporará un gps monitorizado constantemente por la Unidad Central que nos atizará un garrampazo de quinientos voltios en cuanto nos alejemos más de diez metros de nuestra trayectoria prevista o alteremos nuestro horario. Una sociedad perfecta, será estupendo.

Y no os quedará otra que organizar la resistencia desde donde estéis, allá en  el lado oscuro, cosa que no resultará fácil, y ojalá que os vaya muy bien, que yo ya no estaré allí para orientaros. ¡Alguna ventaja tendrá hacerse viejo, digo yo!

¡Mucho valor y mucha suerte! ¡Nos vemos en el tercer cuarto!

 

FIN

 

 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Álvaro Luengo.
Publicado en e-Stories.org el 08.07.2017.

 

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