Sergio Lubel

No le fue bien

No le fué bien.

 

Y no porque sus dos raíces fueran un signo de interrogación toda su vida, ni porque la familia que la acogió le hubiera negado alguno de los beneficios de ser de la misma sangre, si no porque ese hijo de puta que la maltrató la hizo odiar, temer y desconfiar de todo lo que tuviera un par de huevos debajo de la ropa interior.

Con uñas y dientes y una fuerza de voluntad casi inhumanos para su edad, sobrevivió en un mundo mitad fantasía mitad realidad…

 

No llegó a ser adolescente cuando albergó una nueva vida en su vientre, una mama en miniatura que tuvo que cambiar los juguetes hechos de barro por un niño de carne y hueso…y eso fue demasiado peso para ella; que no tuvo mas remedio que desprenderse de su retoño para que sus papás adoptivos lo educaran por ella.

 

La escuela no se molestó en tratarla mejor, algunas amistades por ahí, conocidos por allá y el grupo de chicos del barrio que le hacían olvidar por un rato al menos los temibles atardeceres y las tenebrosas noches…

Decidió salir a la vida para demostrarse y demostrarle a los demas que las heridas - Aún sangrantes – No serían suficientes para detenerla, que ella podría salir de aquel destino que parecía ya marcado desde su niñez.

Las alternativas: Se le presentaban como una encrucijada de prostitución y bajo mundo por un lado (Mejor remunerado) o trabajar sin descanso pero con su idea de lo que significaban la honestidad y la decencia a salvo por el otro.

Tenía un corazón enorme, y aunque los gusanos seguian trabajando por dentro, carcomiendo de un modo lento pero inexorable todo ese amor que tenía para ofrecer, intentó – En vano – armar por un par de veces más, una vida en conjunto con esos bichos tan extraños y para ella tan amenazantes que eran los machos de la especie humana.

No le fué bien.

El género masculino se encargó de reafirmar todo aquello que ella despreciaba: Deslealtad, egoísmo y sobre todo, una incapacidad crónica para tomarse el trabajo de comprenderla…

No había pedido mucho: Quería alguien que la quisiera así, con su simpleza y su mundo interior, con sus miedos y sus rencores, con su bravura frente a la vida, y también con su dolor…Aquel terrible dolor que se fue transformando en uno de los demonios preferidos del diablo: El rencor.

Cargaba en su rostro esa expresión que me era tan familiar, porque en el fondo era también la mía.

 

Y así la conocí.

Paseando a su perrito, en una plaza perdida a miles de kilómetros de donde ambos habíamos nacido, con el disfraz de “Todo en orden” que yo también llevaba; hundida en sus pensamientos y en aquel compañero incondicional que había encontrado en su teléfono celular:Pequeña, menuda, con manos de trabajo pesado y voz de infinitos lamentos en el silencio y la soledad de su cuarto…

La nuestra fue una lucha épica, pero abandonamos nuestras vacunas y nuestros escudos y nos dejamos invadir por ese amor verdadero y cálido al que tanto temíamos, y nos dejamos enfermar de la cursilería del estar enamorados…Y peleamos contra el mundo exterior y contra nosotros mismos; sin embargo hay algo que que es innegable: Aun con todas esas contras y el no habernos entendido nunca del todo, nos quisimos con toda el alma, fuimos la prueba viviente que el amarse – cuando se és auténtico – todo lo puede, pero…

No le fué bien.

En lo unico que no le pude cumplir fué en la fidelidad: Al fín la abandoné…La dejé por otra, pero supongo que tengo una excusa excelente: Nadie, jamás, pudo resistirse a los encantos de aquella “…De rostro color de luna y ojos color de noche…” como la cantó el poeta, sólo tengo el consuelo de pensar que me haya perdonado porque la ví derramando una lagrimita sobre mi tumba recién estrenada…y esa gota de agua de mar aun me acompaña aquí, en el infierno...

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Sergio Lubel.
Publicado en e-Stories.org el 15.08.2017.

 

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