Álvaro Luengo

UNA FIESTA MUY CARA

-¡Joder, Charo!- le increpó Antonio –Llegas de trabajar a las 3 de la mañana y vuelves tal como te fuiste, sin un puto euro en el bolsillo… ¿No habías quedado con un cliente? ¿Qué es lo que ha pasado?

Ella no pudo reprimir un gesto irónico recordando la juerga que se acababa de correr con su amigo César, pero como buena toxicómana, tiró de piloto automático y exhibió su facilidad para mentir:

-¡Ay, Antonio! ¡No sabes lo que me ha pasado!- sollozó -¡Me lo han quitado todo!... ¿No ves que vengo sin bolso?

Él le miró incrédulo mientras la chica se dejaba caer sobre el sofá soltando lágrimas de cocodrilo.

-¡Tenías que haber estado! Me puso una navaja en la garganta y se llevó el bolso con los 300 que traía… ¡El muy cabrón!... ¿Tú qué hubiera hecho?... ¿Dejarte pinchar?

-¿Pero dónde fue?... ¿Le viste la cara?- ella le miraba hipando y negando con la cabeza -Pues estamos jodidos, porque estamos caninos, así que tú me dirás…

Los hipos de Charo aumentaron en frecuencia e intensidad, y un ostensible temblor se apoderó de su cuerpo.

-¿Qué te pasa?- se sentó junto a ella al ver que sus extremidades aleteaban de manera descontrolada, y la intentó sujetar -¡Deja ya de hacer eso, por favor!

-¡No… no… no puedo, An… tonio!- tartamudeó -No sé qué me pasa. Tengo escalofríos y me encuentro muy mal…

-¡Tendrás mono!- aventuró él.

Ella prefirió no mencionar las 4 papelas que se había metido en la fiesta con su otro amigo, y él le puso la mano en la frente y comprobó que la chica ardía, y ella, agradecida por el gesto, debió ser, le correspondió con una sonora y gutural arcada que precedió a un torrente de vómitos que rompió con fuerza sobre la mesita del salón.

-¿Zanahorias? ¿Dónde has comido tantas?

 

En el Centro de Salud del pueblo les atendió un médico joven y de actitud amistosa, que después de explorarla quiso saber si había consumido alguna sustancia extraña.

-¿Yooo?... ¿Sustancia extraña, doctor?... De ninguna de las maneras, que yo sé muy bien lo que consumo... ¿Por quién me toma?

El doc la miró con expresión dubitativa y continuó con su anamnesis:

-A ver, Rosario, ¿has tenido hepatitis, o quistes, o alguna enfermedad del hígado?... ¿Qué tal tienes el hígado?

-¿El hígado?- se bajó la sabanilla para mostrar la zona indicada -Que yo sepa lo tengo estupendamente, ¿a usted qué le parece?… ¿Por qué me pregunta eso, doctor? Mi abuela se murió del hígado y se puso muy amarilla y muy fea, y yo no quiero morirme así.

-No, Rosario, no. No tiene nada que ver con eso. Era por saber si hubiera que hacer algún cambio en tu tratamiento en el caso de que tu hígado no funcionara muy bien, eso es todo. El caso es que tenemos que esperar los resultados de los análisis antes de estar seguros de lo que te pasa. Mañana podrás ir a casa pero esta noche, o lo poco que queda de ella, es mejor que la pases aquí en observación, y así podremos seguir administrando el tratamiento intravenoso, que parece que te está sentando bien.

Y parecía tener razón, porque la fiebre y las convulsiones se fueron tal como vinieron.

El médico, que había visto el tatuaje en Word Art que la chica lucía sobre su ombligo en el que ponía “¿QUÉ HACES AHÍ?”, sospechaba que le ocultaba información, pero se disponía a irse con la conciencia tranquila tras comprobar que sus constantes se normalizaban y no presentaba signos de maltrato, que había que estar muy atentos con eso.

-¡Es viernes por la noche y a saber de qué se habrá puesto esta!- pensó.

-La enfermera Mónica, que es un encanto, te atenderá estupendamente- le dijo al despedirse -Y me llamará si fuera necesario, que vivo aquí al lado. Ahora voy a echar un sueñecito y volveré a eso de las diez. Que duermas bien.

Miró a la chica de reojo al marcharse, queriendo calarla para saber de qué iba, y vaya si le caló hondo, porque aquella mirada tuvo algo que llamó su atención y le empezó a dar vueltas en la cabeza:

-¡Qué raro! ¿Por qué me habrá mirado así?

No era una mirada de deseo como la de sus clientes, sino que era la mirada ladina del que se te acerca con mente de hiena, con la idea de engañarte, aprovecharse y obtener algún beneficio de ti. Era la mirada del que intenta sacar algo a alguien.

¿Pero qué beneficio iba a obtener el doctor de ella?... ¡Como no quisiera tirársela!... Pero no parecía de esos y había sido muy correcto durante toda su exploración, aunque ¿quién sabe?... A pesar de ser joven, Charo ya tenía experiencia con los hombres y no sería la primera vez que se llevaba una sorpresa con algún mosquita muerta, que esos eran los peores, porque no se les ve venir y te acaban haciendo daño… ¿Pero que estaba pensando?… ¡Eso era una gilipollez!... ¿Se estaba volviendo tonta o qué?

El caso era que la chica siempre se había dejado guiar por su instinto, y aquella idea volvió a revolotear en su cabeza en cuanto la enfermera salió de la habitación apagando la luz. Y la sospecha crecía con cada vuelta que daba:

-¿Qué coño pretendía obtener de ella aquél médico depravado? Habría que estar muy alerta… ¡Si al menos tuviera una raya!... Recordó que llevaba una papelina en el bolsillo de su pantalón y se hizo sigilosamente con ella. Eso le ayudaría a ver las cosas con claridad… Se sirvió una ración XL y se echó en la cama intentando pensar… ¿Pero qué mierda de cama era esa? ¡Si el colchón parecía hecho de ladrillos y la almohada un saco de cemento!  

Empezaba a conciliar el sueño cuando le sobresaltó el timbre del teléfono y escuchó una voz de mujer procedente de la habitación de al lado:

-Sí, doctor Arias, sí. Ya hemos recibido el hígado… Un hígado estupendo procedente de una persona joven… ¿Quiere que llame a la familia del receptor para confirmarles que el trasplante se hará mañana?

-¡Un hígado estupendo, de una persona joven!- las palabras de la enfermera retumbaron en su cabeza -¡El trasplante se hará mañana! ¿Era de su hígado del que estaban hablando?

Se sobrecogió por un instante y se sentó de un brinco en la cama.

-Por cierto, Rosario, ¿has tenido hepatitis, o quistes, o alguna enfermedad del hígado?... ¿Qué tal tienes el hígado?- recordó las preguntas del doctor.

-¡No!... ¡No podía ser!... ¡No podía haber caído en manos de una red de traficantes de órganos!- el miedo la engulló con la misma facilidad que el mar Rojo a los soldados del faraón -¡Tenía que salir de allí ahora mismo!

Tras quitarse la vía del suero y contener la pequeña hemorragia que su inexperiencia provocó, se esnifó otra XL para hacer acopio de valor y poder analizar fríamente la situación:

-A ver… Estoy sin móvil, que se quedó en el bolso que le dejé a César para engañar a Antonio, así que no puedo comunicarme ni esperar nada de nadie, ¡de lujo!... Tendré que salir por la ventana sin que me vean, porque si la tal Mónica me pilla avisará al doctor, y entonces llamarán a la guardia civil y saldrán a buscarme… ¡Qué marrón! Y luego tendré que andar los 6 ó 7 kilómetros que hay hasta nuestra casa, y sin llevar un euro encima… ¡Menudo pastel!… Vamos, Charito, que no queda otra. Adelante, despacito, sin hacer ruido ni encender ninguna luz…

Tuvo la suerte de que su ventana daba a un patio que a su vez daba a la calle, y aunque llevaba unas botas nuevas que tenían tacón, echó a correr lo más rápido que pudo y no paró de hacerlo hasta que llegó a la salida del pueblo.

Una vez allí prefirió continuar por un camino forestal que se dirigía más o menos hacia la casa que okupaba con Antonio, ya que por la carretera la podrían ver con los faros del coche si salían a buscarla.

Así que la chica continuó andando a paso rápido hasta que una hora después llegó a una casucha que había junto al camino. Tenía los pies molidos. No había luz en sus ventanas pero llamó insistentemente a la puerta para pedir que le dejaran telefonear a alguien, pero no obtuvo respuesta.

-Tranquila, niña, tranquila- se dijo –Sigue andando y tarde o temprano llegarás a alguna parte.

Sentía muchísima angustia y bastante frío. La noche era muy oscura y las botas nuevas le habían hecho unas rozaduras que le hacían ver las estrellas, así que decidió quitárselas y continuar descalza un rato, pero el remedio era peor que la enfermedad. No tenía ni idea de dónde estaba pero continuó andando durante un buen rato hasta que llegó a lo alto de una loma.

Allí se paró unos minutos para buscar alguna señal en las tinieblas de la noche cuando un chirrido metálico que se aproximaba, algo así como si alguien le estuviera dando vueltas a una manivela oxidada, activó sus sistemas de alerta.

-¿Qué es eso?- se preguntó al ver un gran bulto que se le acercaba.

Estaba a punto de echarse a correr gritando como una loca cuando vislumbró que se trataba de un hombre subido en una vieja bicicleta que pedaleaba hacia ella en la oscuridad. Pero el descubrimiento, en vez de aliviarla, la inquietó aún más:

-¿Quién era ese tío y qué cojones hacía montando en bici a esas horas de la madrugada por un camino que no llevaba a ninguna parte?- se preguntó.

El hombre se detuvo a su altura y le pudo apreciar algunos rasgos, y segundos antes su hedor le indicó su nulo nivel de higiene. Su vieja cara no era agradable e iba ataviado con un raído traje de un desteñido color marrón. Llevaba una muleta atravesada sobre el manillar, y para colmo sus ojos parecían desprender unos malignos reflejos rojos.

Total, que aquel tipo no le gustaba nada y pensó que debía ser alguien que habían mandado a buscarla, con lo que su pulso se aceleró.

-Hola, chica. ¿Has sido tú la que ha estado llamando a mi casa hace un rato?- su voz era un gruñido gutural que parecía venir de ultratumba.

-¡Al personaje no le faltaba detalle!- pensó.

-Sí, he sido yo- dijo ella, estremeciéndose. Y añadió rápidamente –Pero al no contestar nadie, me marché.

-Mmmh… ¿Vienes de parte de Ramón?- quiso saber él.

-No, señor, no. No vengo de parte de nadie. Ha sido una equivocación, un error- se explicó dando dos pasos para apartarse de él –Y ahora perdóneme, pero quiero continuar mi paseo.

-¿Tu paseo?... Ya… Y si no vienes de parte de Ramón… ¿Qué es lo que andas buscando?- continuó él, impasible.

Las frías garras del miedo enmudecieron la garganta de la chica, y se vio presa de temblores.

El viejo dejó caer la bici a un lado y se acercó aún más a ella ayudándose de  su muleta al andar.

-¡Tú estás huyendo de algo! ¿Seguro que estás bien?- preguntó con sorna mientras sus ojos brillaban como tizones en la oscuridad… ¡Aquel jambo parecía el mismo demonio!

-¡Sí, señor, sí, estoy bien! ¡Estoy muy bien!- Charo reaccionó instintiva y enérgicamente, cogiendo una piedra del suelo y mostrándosela en su puño -¡Déjeme en paz, señor! ¡Váyase de aquí! ¡No se le ocurra acercarse un paso más ni tocarme!

Él la sonrió torvamente mientras acariciaba y hacía ademán de levantar su muleta y la chica echó a correr casi a ciegas ladera abajo haciendo caso omiso de sus voces lo más rápido que pudo para alejarse de él.

Con el corazón desbocado y los tobillos elefantiásicos tuvo la suerte de encontrar un camino adyacente que la condujo con las primeras luces del alba hasta la entrada de un pequeño pueblo.  

-¡Vaya por dios!- pensó -¿Y cómo se llaman los habitantes del pueblo?

En menos de diez minutos se encontró en la plaza del pueblo frente a dos chavalitos que hurgaban en sus móviles sentados en un banco frente al único bar que se veía abierto, y de repente sintió vergüenza de tener que contarles su historia a aquellos dos chicos, que se vería obligada a dar muchas explicaciones, y tiró por el camino más rápido, y les dijo que necesitaba un teléfono para llamar a los bomberos porque había visto un accidente por el camino...

-Al fin y al cabo- pensó -los bomberos son buena gente y personas de fiar, y  seguro que la llevarían hasta su casa.

-Y además- continuó para ella, suspirando -los bomberos tienen algo que inspira seguridad a cualquier mujer. ¡Ojalá tuviera un bombero de chulo en lugar del tontopollas de Antonio, que no sirve para ná!

El más alto de los chicos le ofreció su móvil muy gustoso y los bomberos aseguraron que acudirían tras recibir unas explicaciones un tanto confusas que les dieron por teléfono.

Mientras esperaba charlando con ellos, Charo empezó a oír el llanto de un bebé. El niño lloraba con unos gritos estremecedores, como solo lo hace el que sabe que la vida le va en ello, expresando terribles lamentos que sonaban cada vez más cercanos, pero para su asombro, aquellos chicos los ignoraban como se fuera la fuera la cosa más normal del mundo…

-¿Y no sabes si hubo heridos?... ¿Pero tú que fue lo que viste?- le preguntaban.

Queriendo intimar, claro está, que ella no era tonta. Sabía perfectamente que una chica guapa y buen tipo, con vaqueros apretaditos, botas y top, no era lo que se solían encontrar aquellos dos tirados a las 7 de la mañana en la plaza del pueblo… Porque en ese caso en el pueblo habría un turismo de empuje, ¿no?- se decía ella -Y su aspecto no cuadraba con eso… ¡Mala suerte la suya!

-¿Pero es que no oís?... ¿No oís?- se giró señalando la dirección de donde procedían los desgarrados llantos para encontrarse de nuevo frente al viejo demonio de antes, que habiendo dejado su bici al otro lado de la plaza se acercaba hacia ellos renqueante, sirviéndose de su muleta y con un saco a su espalda.

-¡Cuidado! ¡Cuidado con ese hombre!- les acertó a decir.

-¿Con qué hombre?... ¿De qué hombre hablas?... ¡Pero si no hay nadie!

Miró la cara del viejo y se dio cuenta con terror de que su forma cambiaba con cada paso que daba. Su boca adquirió unas proporciones grotescas mientras sus orejas cambiaban de aspecto y lugar, y en sus ojos relucía el fuego que ardía en su interior. Y el llanto crecía en intensidad a medida en que el viejo se acercaba, dando la impresión de que vinieran juntos, pero allí nadie se inmutaba y era como si ella fuera la única capaz de verlo…

Se quedó horrorizada al darse cuenta que el saco se movía al ritmo del llanto y asomaban bultos de su interior, como si algo luchara por salir de allí. Su cara se aproximó a la suya haciendo unas muecas espantosas y le inquirió con voz susurrante:

-Oye, chica, ¿tú crees que por la noche todos los gatos son pardos? ¿Qué opinas tú de ello?

Charo se le quedó mirando estupefacta y el otro continuó su camino sin esperar respuesta, soltándole un azote al saco y mascullando:

-¡Y tú, maldito niño, cállate un poco, que ya te daré teta en el bar!

En donde entró.

-¡Lleva al niño en el saco!- exclamó, agarrando a sus acompañantes por los brazos -¿No habéis visto cómo se movía?

-¿Quién se movía? ¿Qué estás diciendo? ¿Te pasa algo?- los chavalitos la miraban alucinados pensando si estaría loca.

¿NO LE HABÍAN VISTO? ¡No se lo podía creer!... ¿Estaban todos compinchados o qué estaba pasando allí?

Y en esas estaban cuando se presentaron los bomberos acompañados de una ambulancia... ¡Uuuf!... ¡Qué alivio!

-¡A ver chica! ¿Has sido tú la que ha llamado? ¿Dónde ha sido el accidente?- preguntaron los dos que bajaron del coche.

-¡Allí! ¡En el bar! ¡Acaba de entrar un viejo que lleva al hombro un saco con un bebé dentro que no para de llorar! Hacer algo, por favor, que lo va a matar.

-¿Aquí, en el bar de Pedro?- los bomberos intercambiaron miradas con los dos chicos y estos se encogieron de hombros con expresión de sorpresa -¿Qué estás diciendo? ¿Pero no llamaste porque habías visto un accidente de coche?

En cualquier caso, muy profesionales ellos, entraron a inspeccionar el bar y se cercioraron de que en su interior no había viejos con sacos, y que todos eran clientes habituales, excepto un caballero inglés que estaba de paso y había venido para supervisar una compraventa de fincas, según les explicó.

-¡Es él! ¡Es el inglés, seguro que sí!- exclamó Charo –Lo que pasa es que puede cambiar de cara y adoptar distintos aspectos, pero seguro que es él.  Y al niño del saco lo habrá escondido en el lavabo.

La pareja de bomberos cruzó una mirada entre ellos e hicieron una seña a los sanitarios de la ambulancia para que se acercaran.

-¡Dios mío!- pensó -¡Nadie me cree! ¿Qué me van a hacer? ¿Dónde estoy? ¡No es posible que estén todos compinchados contra mí! ¡Esto es un manicomio!

Pero por más que la chica se esforzaba en expresarse, de su boca no salían más que sonidos ininteligibles y palabras inconexas, y cayó presa de una crisis de convulsiones.

-¡Hay que llevarla a la ambulancia y cogerle una vía para administrarle un sedante! ¡Rápido!

Ella, empapada en orina y vencida, se dejó hacer, pero ya en la camilla de la ambulancia, echó un vistazo a su alrededor y le llamó la atención una gran bolsa de plástico gris cerrada por una gruesa cremallera que había a su lado.

Y fijándose en ella advirtió con horror que se empezaba a mover… ¡Se estaba moviendo!... ¡Había alguien dentro!

-¡Nooo! ¡Otra vez no!- gritó con todas sus fuerzas mientras agitaba desbocadamente sus brazos y piernas -¡Está aquí! ¡Está en la bolsa!... ¡Me quiere matar! ¡Llevárosle de aquí, por favor… por favor! ¡No me dejéis sola con él! ¡Es el demonio!

-Pero tranquila, chica, que aquí no hay nadie… ¿Qué te pasa? ¡Es la bolsa del muñeco que utilizamos para las prácticas de primeros auxilios! La abriré frente a ti para que lo veas.

-¡Nooo!

Ella quiso impedir que lo hiciera, pero el sanitario la abrió con un rápido movimiento y allí, en su interior, en perfecta posición fetal cual momia incaica, apareció el viejo del traje raído y los ojos de fuego, que se incorporó lentamente hacia ella empuñando un importante cuchillo de cocina en su mano.

-¿Qué opinas sobre los gatos?- arrastró las palabras sonriente y burlón –Aún no me has dicho nada de ellos...

El pánico le hizo perder el control e intentó salir corriendo de allí pero se vio inmovilizada por una legión de manos de sanitarios y bomberos.

-¡Ponle otro bolo de diazepán! ¡Rápido!- fue lo último que oyó decir.

 

Charo recuperó la conciencia en una cama de hospital, escuchando la conversación que tenían dos médicos a su espalda, y se mantuvo inmóvil y con los ojos cerrados para no delatarse mientras intentaba poner en orden sus confusos recuerdos.

-Para mí no hay duda alguna- decía uno de ellos –Esta chica tiene una psicosis tóxica de libro y alucina de colores según dicen los diversos testigos que estuvieron con ella…

-Perdón, doctor Arias- interrumpió una voz femenina –Los cirujanos que acaban de realizar el trasplante de hígado me dicen que quieren coordinar con usted algunos aspectos del tratamiento.

-¡El hígado! ¡Lo había olvidado!- ella se palpó discretamente el abdomen para comprobar con alivio que no tenía vendajes y todo seguía en su sitio.

-Pues diles que bajo enseguida, gracias, Vanesa. ¿No has visto las declaraciones adjuntas a su historial?- continuó su perorata.

-Sí las he leído, sí- contestó el otro -Que si el demonio aparece por aquí montado en bicicleta, que si lleva un bebé metido en un saco cuando aparece por allá, que si ha habido un accidente de coche en no se sabe dónde y no sé qué caballero inglés que estaba a las 7 de la mañana en el bar del pueblo también era el demonio…

-Pues ya ves tú… ¡Y menudos análisis que tiene la niña!... Se pone de cocaína hasta las trancas, tontea con la heroína, cannabis a tutiplén y trazas de anfetaminas… Lo raro es que no hubiera reventado antes por algún otro lado.

-Sí. Si todavía los hay con suerte, pero en cualquier caso es una fiesta muy cara, ¿no crees?

 

 

 

FIN

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Álvaro Luengo.
Publicado en e-Stories.org el 21.08.2017.

 

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