Álvaro Luengo

UN POQUITO BUENOS Y UN POQUITO MALOS

Yo suelo hablar solo bastante a menudo, porque así me doy la razón y eso me reconforta y sube mucho mi autoestima, porque cuando hablo con alguien es difícil que suceda, que debo de avisaros de que estoy estigmatizado socialmente y catalogado como miserable, chivato, embaucador, mentiroso, ladrón y no sé cuántas cosas más. Así que empiezo en desventaja con cualquiera y ya me canso de hablar con la gente.

Pero cuando el río suena, agua lleva, porque debo admitir que fui perseguido por traidor por los dos bandos durante la guerra civil, me fugué con la novia de mi hermano pequeño el día antes de su boda, y le pagaba los cupones a un ciego con chapas de Mahou hábilmente manipuladas, y cosas así, pero yo siempre tenía mis razones para hacerlo, no vayáis a pensar mal.

Para empezar, en cualquier guerra lo primero que hay que hacer es sobrevivir, que es lo que dice el Manual, porque sin eso no hay después, y no podríamos reproducirnos, que es uno de los fines de nuestra existencia. Y yo lo hice lo mejor que pude (lo de sobrevivir, quiero decir) en ese enjambre de locos. Y no me siento culpable porque era lo que hacíamos todos, cada uno a su manera. Y hasta hubo muchos que se reprodujeron durante el conflicto, que sacaron tiempo para todo.

Y en cuanto a mi hermano pequeño, debo aclarar que se trata de un psicópata asesino que destrozó a hachazos a nuestros padres y a nuestra hermanita mientras dormían, y salió absuelto por un error judicial y quería hacer lo mismo con aquella pobre chica a la que había deslumbrado mediante añagazas… ¡Qué barbaridad! Aquello no podía consentirlo.

-¿Y lo del ciego?

Pues a eso es a lo que vamos, que ya he dicho que hablo solo muchas veces, y quizás demasiadas, porque empiezo a sentirme como un poco harto de mí, que siempre me cuento lo mismo y me resulto algo pesado. Y ya en alguna ocasión me he sorprendido diciéndome:

-Pues no me apetece nada hablar conmigo ahora, porque me voy a contar lo mismo de siempre… Que a ver si me puedo jubilar de una vez, que ya estoy harto de ir a trabajar, o que al menos me pongan jornada continua hasta que así sea, porque no hablo de otra cosa… ¡Estoy obsesionado con eso!... Y bueno, que cada loco tendremos nuestro tema, pero que me coloco unos cilindros de hora y cuarto yo solo que no me aguanto más… Y no, por favor. Otra vez hoy no.

Y el caso es que probé a evitarme durante una temporada, en la que me mandaba whatsapps de disculpa de vez en cuando, diciéndome:

-Te quise llamar ayer, pero estaba muy cansado y me quedé dormido viendo la tele.

Pero resultó que el remedio fue peor que la enfermedad, porque entonces yo me aparecía en mis sueños y me decía:

-No quieres hablar conmigo, ¿eh, cobarde? ¿No te atreves a decirme las cosas cara a cara? ¿Qué clase de amistad es la que me ofreces?

-No… No es eso- decía yo, viéndome pillado -Es porque tú siempre me sacas a relucir lo del engaño a aquel pobre ciego, que ya sé que no estuvo bien, y no estoy nada orgulloso de ello, pero yo estaba en paro, con familia y muy apretado, así que no me quedó otra, ¿qué quieres que te diga? Y él seguro que tenía su seguro y no le haría ningún perjuicio con eso… ¿Quién no ha robado nunca en El Corte Inglés?

-¡Ja, ja, ja, ja!- me dije, riéndome -¡Qué tonto eres, Ildefonso! ¡Siempre serás campeón! ¡Una leyenda entre los tontos!

Por la cara que puse debí darme la razón.

-Quizás deberías saber que aquél “pobre ciego” era un hijoputa farsante que tenía una vista de lince y que tragaba con tus trapicheos porque así él cobraba más del seguro al perjurar que había sido robo con violencia… 

-¡No me jodas! ¿Y tú lo sabías y no me habías dicho nada?

-Llevo días queriendo hacerlo, pero tú siempre estás muy cansado y te quedas dormido viendo la televisión…

-Pfff… Ildefonso, lo siento, creo que debemos de hablar más veces.

-¡Pues claro que sí! Un ratito al menos todos los días. Porque todos somos un poquito buenos y un poquito malos, y eso hay que saber digerirlo, y tenemos que hablarnos de nuestras cosas, ¿no es así?

-Pues la verdad es que sí, porque si uno no suelta las cosas se agría el carácter.

Me di un fuerte abrazo para sellar el pacto y en esas estamos hasta ahora, que ya os contaré, pero no nos va nada mal, que hasta hemos estado a punto de ligar y todo.

 

FIN

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Álvaro Luengo.
Publicado en e-Stories.org el 25.08.2017.

 

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