Fernando Otero

El Número 907 de la Calle Whitehead

La anticipación de llegar al destino deseado alargaba los mil metros de cada kilometro. La carretera, recta, sin curvas y monótona invitaba a cerrar los ojos. Hileras sin fin de palmeras llenaban los sentidos con una rutina visual que solo era quebrantada por vistas fugaces del océano, a ratos azul, a veces verde esmeralda y de pescadores de fin de semana, que con sus sombreros multicolores y con la música de la Sonora Matancera ahogaban el ruido de las olas pretendiendo que estaban 90 millas náuticas al sur, en la isla de donde habían venido y a la que nunca habían vuelto desde niños pero de una manera inexplicable de la que nunca habían verdaderamente salido.

Para él este viaje era una peregrinación. Era un compromiso interno que comenzó desde siempre, y el cual nunca pensó se hiciera realidad. Fue un sueño que se inició en los años de la secundaria, cuando el profesor de literatura le hizo leer la historia épica del viejo que luchó contra el poderoso marlín, y quien no se dejó ganar por las dificultades que acompañan la lógica de alcanzar lo imposible. Esa historia le despertó el deseo de poder crear sus propias historias, con héroes vulnerables que ganan perdiendo. Pero por más que trató nunca encontró un comienzo que le permitiera llenar de palabras la hoja de papel que se mantenía virgen noche tras noche.

Y el tiempo transcurrió llevándolo de la secundaria a la universidad. De la universidad al trabajo. Del trabajo a la vida. Días de 8 a 5. Esposa, hijos, recitales los miércoles, cumpleaños los sábados, reuniones de padres de familia. Pero siempre sintiendo internamente el deseo de poder encontrar las palabras que sentía que estaban dentro de él pero se negaban a salir, en un estreñimiento literario que no encontraba purgante que funcionara.

Poco a poco la vida comenzó a cambiar. Los hijos se fueron a vivir sus propias vidas, sólo conectados con la magia de Skype. La rutina del trabajo cambió a la rutina del retiro. Fue entonces cuando su compañera lo empujó a que siguiera ese sueño de poder encontrar palabras que llenaron de sentido el papel, que con el paso del tiempo y las lágrimas de frustración tenía un color amarillento. Se convenció a si mismo que si seguía el origen del Viejo, y visitaba el estudio de Papa con un corazón puro y un alma abierta a recibir, la energía dejada es esa casa lo poseería, y de esa manera podría al fin, encontrar las palabras.

Y fue así como un domingo, decidió emprender la jornada al sur. Cuando el GPS le indicó que había finalmente encontrado el número 907 de la calle Whitehead sintió el corazón en la mano. Pagó los catorce dólares de la entrada, y entró, como cualquier otro turista, a recorrer las habitaciones escuchando del guía las historias que ya él sabía. Busco en los rincones a ver si encontraba el fantasma de la creatividad pero al final del tour, se sintió tan vacío como había llegado. La casa poco a poco se fue desocupando pues la hora de happy hour en el bar Sloppy Joe’s invitaba a los turistas sudorosos a gastar unos cuantos dólares más en cervezas frías y Cuba Libres al precio de dos por uno. Sintió el cansancio en los huesos y se quedó medio dormido en una banca cercana a la fuente de los gatos. Y fue en ese estado medio hipnótico, entre dormido y despierto que escuchó voces en diferentes idiomas. En ese momento tuvo la claridad para entender que en la casa no había un fantasma, sino muchos duendes que venían de todas partes del mundo. Duendes que antes de ser seres espirituales fueron, igual que él, carne y hueso y quienes, similarmente, vivieron en la compañía de una hoja blanca de papel que nunca se tiño de palabras. Hojas de papel, igual que la suya, que con el paso del tiempo y de las lágrimas de frustración se volvieron amarillentas. Entendió que a pasar de la belleza arquitectónica de la casa, de la brisa del mar que movía las palmeras, de los gatos que llenaban las habitaciones, la casa era un purgatorio para todos esos duendes frustrados que solo podrían liberarse si podían convencer a un visitante que pudiera escribir las palabras que nunca habían sido escritas.

Fue así como se sentó con un duende bonachón y jocoso que con una botella de vino en la mano le comenzó a dictar mientras el escribía en la hoja amarillenta: “La anticipación de llegar al destino deseado alargaba los mil metros de cada kilometro. La carretera, recta, sin curvas y monótona invitaba a cerrar los ojos…”

 
 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Fernando Otero.
Publicado en e-Stories.org el 30.08.2017.

 

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