Emilce Muriel Gandó

PRIMER ENCUENTRO

Nuestra historia había empezado unos meses antes de vernos las caras por primera vez. Nuestra conexión fue instantánea y creció con el correr de los días.
Fue un vínculo nuevo para los dos. Aprendí a quererte, casi sin conocerte. Supe que te querría por el resto de mis días. Respeté tus tiempos, aunque mi ansiedad y mal humor hicieron que la espera sea ardua, lenta y dolorosa.
Cuando ya creía que nuestra relación estaría por siempre suspendida en ese limbo , decidiste salir a la cancha. Yo no estaba lista. Pero no te importó. No me preguntaste. Hiciste bien. Jamás hubiese estado lista para conocerte.
Finalmente íbamos a vernos cara a cara.
Finalmente iba a sentir tu piel, que imaginaba suave, tersa. Tus ojos. Que creía que eran celestes pero resultaron de otro color que me enamoró igual.
La noche del encuentro transcurría sin sobresaltos. Terminé de comer, ví un capítulo de Borgen, me dí un baño y me dispuse a dormir. Cuando, literalmente, me metí en la cama, me avisaste que estabas camino a encontrarnos. Presa del pánico y de la euforia, me puse mi pantalón preferido, tomé un taxi y llegué rápido al lugar donde siempre supimos que sería nuestra primera cita.
Estaba demasiado iluminado y lleno de gente para ser ya las 2 de la madrugada. El estómago me crujía, sentía el corazón latir en mi garganta. Por suerte estaba ahí mi gente de confianza, preparada para hacer más amena ésta primera reunión.
Las horas pasaban. Me entregué a la dolorosa espera. Era casi agónico el que tardes tanto en llegar. Concentré todas mis fuerzas para guiarte por el camino más rápido y seguro.
Justo cuando creí que el cansancio y la ansiedad me iban a ganar, cuando ya estaba mentalmente agotada , justo ahí te oí llegar.”Un esfuerzo más”-pensé. Respiré profundo e hice un último sacrificio, casi inhumano, porque quería más que nada la recompensa de sostener tu mano.
Nuestro dilatado encuentro se concretó exactamente 39 semanas después de empezar a soñarte. Eran ya las 5.57 de la madrugada de un miércoles. Estabas sucio y con una mata de pelo azul. Para mí, estabas hermoso. No chillabas como lo hacés hoy, cuando te agarra un berrinche. Pero sentí tu llanto débil y me relajé. Había dado lo mejor de mí. Ahora te tocaba a vos salir al mundo. 
Antes de que te vayas a control, te acercaron a mi pecho envuelto en una mantita blanca. Apoyé mi nariz en tus ojitos cerrados y te dí un beso. Ese momento es uno de los tres que jamás se me van a borrar de la memoria.
“Peso?-dijo la partera. “3.085”-contestó el obstetra.
“Nombre mamita?”-preguntó Delia.
Ibas a ser Octavio Augusto si nacías el 8.
“Leónidas” , le contesté sin dudarlo. Un guerrero, pensé. Como mi viejo. Espero poder darte al menos un cuarto de lo que él me dejó a mí. Te deseo una vida plena de aprendizaje, de risas, de metas, de curiosidad. Deseo que cuides y valores a quienes te rodean. La vida pasa rápido hijo. Las personas que creés que van a estar siempre pueden no estar de golpe. La vida duele, es dura, es injusta. Y es hermosa también. Sé humilde.  Seguí el camino que tus pasos dicten, siempre basado en la libertad. Aunque te equivoques.
 Hay una frase que dice “cuidar, porque querer quiere cualquiera”. Deseo que te cuides, te priorices. Y que cuides a quienes elijas que te acompañen a recorrer la vida. Hacé buenos amigos. Sembrá vínculos fuertes y sanos. La vida siempre es más linda compartida.
Puedo equivocarme. Vamos a aprender juntos. Teneme paciencia. Soy la mamá que te tocó. Prometo trabajar en esta relación, alimentarla cada día con todo mi amor.
Desde ese 8 de abril de 2015 Leo, te convertiste sin lugar a dudas en el único.  En el hombre de mi vida.
 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Emilce Muriel Gandó.
Publicado en e-Stories.org el 16.11.2017.

 

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