Jona Umaes

Arena

          De natural, alegre y dicharachera, María experimentó un cambio en su carácter. Sus amigas estaban preocupadas pues llevaba en volandas al grupo cuando quedaban de marcha y ahora veían cuan apagada estaba. Claro que el cambio se produjo paulatinamente, conforme veía que su problema iba a más y no le encontraba solución.

          Cuando comenzó a surgir, llamó a Julia, su mejor a amiga, y le contó.

 

—Estoy amargada con las manos. No sé por qué, me han salido unas manchas rojizas y me pican un montón. Ya he sacado cita para el médico, a ver qué me dice.

—Igual es una reacción alérgica. Échate crema a ver si te alivia y se te quita, ¿no?

—Sí, me echo varias veces al día, pero solo me calma el picor. La irritación sigue ahí.

—Bueno, a ver qué te dice el médico. Ya verás cómo es algo pasajero.

 

          El doctor, al ver sus manos, dedujo que podía tratarse de urticaria, claro que, el origen no podía saberlo hasta que le hicieran una analítica. Tras ver los resultados, el médico le recetó una serie de medicamentos. La mejoría fue evidente al principio, pero a las pocas semanas dejaron de tener efecto, y de nuevo volvieron los picores y el enrojecimiento. La piel se le estaba deteriorando y tuvo que acudir, de nuevo, al médico. Este le comentó que podía ser debido a problemas de estrés o quizás una alergia a algún alimento. De cualquier forma, le dio cita para el dermatólogo.

          Cuando vio al especialista, este repitió, en cierta forma, lo que le había dicho su médico de cabecera. Para descartar que fuera debido a la comida, tuvo que confeccionar una lista de todo lo que consumía habitualmente, y hacer memoria de si había introducido algún nuevo producto en su dieta. Le recetó otros medicamentos, también para que se relajara, y le aconsejó que hiciera deporte, que, de cualquier forma, siempre era bueno en todos los sentidos.

          Transcurrió el tiempo y, a pesar de seguir las indicaciones del médico, no terminaba de mejorar. Definitivamente no levantaba cabeza. El ver sus manos en tan mal estado la estaba consumiendo, aunque el deporte le vino bien para despejar la mente y sentirse mejor, al menos durante unas horas. Pero cuando llegaba la noche y veía sus manos tan deterioradas, se echaba a llorar de impotencia.

          Perdió la cuenta de las veces que acudió al especialista en el transcurso de los meses. Cambiaban el tratamiento, haciendo ligeros cambios que, si en un principio hacían que mejorara, a la postre se volvían ineficaces.

          Cansada de ver que con ese médico no obtenía resultados, buscó otros fuera del seguro. Aunque tuviera que dejarse el sueldo en consultas privadas, no cejaría hasta ver sus manos sanas. Alguien tenía que dar con la causa o mandarle un tratamiento que finalmente acabara con aquella pesadilla. El problema la fue minando también mentalmente. Tuvo que acudir a un psicólogo para aquello no la hundiera en la miseria y terminara en una depresión de caballo.

          Un día, ojeando un periódico, le dio por mirar la sección de anuncios. Aparte de los típicos, de gente queriendo conocer gente y otros servicios de dudosa moralidad, vio algunas publicaciones de personas que decían ser sanadoras de males de todo tipo, videntes, tarotistas y demás personajes por el estilo. Entre aquel mar de timadores, leyó una esquela que decía “Curo tus problemas de piel. No dejes que ese problema te amargue la vida…”. Si bien, en un principio, cerró el diario y lo dejó sobre la mesa para ocuparse de otros asuntos, aquellas palabras se le quedaron retenidas en la mente. “Todo eso son estafas”—se decía—, “no pierdas el tiempo y el dinero en engañabobos”. Pero claro, visto lo visto, su problema no acababa de solucionarse y tampoco aceptaba que sus manos fueran a quedarse por siempre en ese estado. Así que, ¿qué tenía que perder? ¿un puñado de euros? ¿y si resultaba ser cierto? Se acordó del dicho: “Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas”, y eso hizo que finalmente se decidiese.

          La vivienda donde prestaba servicio el supuesto sanador estaba situada en una calle próxima al centro de la ciudad, en un barrio modesto, con numerosos negocios y gente paseando de aquí para allá.

 

—Buenos tardes, hemos hablado por teléfono hace un rato. Venía por lo del anuncio.

—¿Es usted María, verdad? —dijo un hombre de tez oscura, totalmente calvo y delgado en extremo.

—Así es.

—Pase, por favor.

 

          Ambos se adentraron en la vivienda por un largo pasillo hasta llegar a una habitación en penumbras, repleta de velas. La persiana de la ventana estaba totalmente echada y no dejaba resquicio por la que pudiera pasar luz alguna. En la pieza, había numerosas figuras de diverso tipo, todas ambientadas en África.

 

—Bien, cuénteme —dijo solícito el hombre.

—Pues verá, llevo muchos meses con un problema de piel en mis manos. He acudido a multitud de médicos, seguido distintos tratamientos, cambiado la dieta... En fin, todo lo que he intentado, de nada ha servido. No quiero vivir el resto de mi vida con estas manos —y se las mostró.

—En ocasiones, la medicina no es efectiva porque males hay muchos, y algunos desconocidos para la ciencia. Permítame decirle que ha acudido al lugar correcto. Yo la ayudaré.

—Pero, ¿podrá sanar mis manos? –dijo María, entre esperanzada y desconfiada.

—Un momento, por favor — El hombre se levantó y sacó de una vitrina un tarro de cristal transparente, con forma de vasija, lleno de arena. Lo colocó sobre la mesita baja que separaba a ambos—. Esta arena proviene del desierto blanco de Egipto. Lo que hay en su interior curará sus manos.

—¿Arena? —dijo incrédula María— pero al mismo tiempo que hablaba, vio que algo en el interior del tarro removía ligeramente los finos granos —¿Qué hay dentro?

—Eso no tiene por qué preocuparle. ¿Quiere curar sus manos, o no? —dijo tajante el hombre.

—Tengo miedo. ¿Me dolerá?

—No, se lo aseguro —y a continuación hizo un gesto para que María metiese una de sus manos en el tarro. Con cautela, ella comenzó a introducir lentamente los dedos, hasta que la arena le llegó a la muñeca.

—Ahora relájese. Cierre los ojos y piense cómo eran sus manos antes de que se deterioraran. ¿Siente la calidez de la arena del desierto?

—Sí, es agradable —dijo ella, haciendo lo que le decía. A los pocos segundos, María comenzó a experimentar un cosquilleo que se fue expandiendo desde la punta de sus dedos, hasta adueñarse de toda la mano —algo me está rozando— dijo temerosa.

—No tenga miedo. El hormigueo es la señal que la cura ha comenzado. Solo durará unos minutos.

 

          Aquella sensación cesó al poco y entonces, notó como algo alargado y suave se movía entre sus dedos durante unos instantes. Aquello le puso los vellos de punta y estuvo a punto de sacar la mano si no fuera porque el hombre le sostuvo la muñeca, impidiéndoselo. Lo que fuese que rozaba su piel, paró repentinamente.

 

—Tranquila, ya ha acabado todo. Puede sacar la mano.

 

          María hizo el gesto lentamente, haciendo que la arena se amoldase y rellenara el espacio que quedaba libre. Quedó muda al ver que su piel lucía sana y joven, como ella tanto deseaba. Aquello la emocionó y la llenó de felicidad.

 

—¡Mi mano! —fueron las únicas palabras que fue capaz de articular.

—Bien, ahora haga lo mismo con la otra.

 

          Así lo hizo, pero ya sin temor y hasta con ansiedad. Todo transcurrió como sucediera unos momentos antes. María no cabía de gozo al ver el resultado.

 

—¡Esto es increíble! No sabe lo feliz que me siento.

—Ya ve que no le mentía —dijo satisfecho el hombre.

—¡Es un milagro!

—Llámelo como quiera. Y ahora vaya en paz.

—¿Cuánto le debo?

—No me debe nada. Ya me ha pagado. La acompañó a la puerta —María se extrañó de la contestación. Antes de abandonar la vivienda, volvió a darle las gracias por lo que había hecho por ella.

 

          Cuando llegó a su casa, se adueñó de ella una sensación de cansancio. Se sentía extrañamente agotada, tanto que le flaqueaban las piernas. Tuvo que apoyarse en el respaldo del sofá para no derrumbarse. A eso le siguió una somnolencia repentina que la obligó a acostarse pues se le cerraban los ojos, sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

          Al despertar por la mañana, lo primero que hizo fue mirarse las manos. Allí estaban, sanas y lozanas como ansiaba desde hacía meses. Se levantó de un brinco y llamó a su amiga para contarle lo sucedido. Esta no podía creer lo que oía y pensaba que estaba tomándole el pelo. Quedaron en verse más tarde y hablar sobre el asunto.

 

—¿Ves?, y tú no me creías.

—¡Es verdad! Me alegro mucho. Pero lo de la arena no me lo creo. ¡No soy tonta!

—¡Que es cierto! ¡te lo juro! Ven, te mostraré dónde es —y fueron andando hasta donde se encontraba la vivienda del curandero.

 

          Cuando llegaron al lugar, se encontraron con una puerta tapiada, en una fachada repleta de desconchones, que dejaban a la vista algunos de los ladrillos que la conformaban.

 

—¡No puede ser! ¡pero, si yo estuve ayer aquí!

—Esto tiene pinta de estar abandonado desde hace tiempo. ¿No te habrás equivocado de calle?

—No, estoy segura. Era aquí. ¿Por qué iba a venir precisamente a este sitio si no lo recordara? —dijo María confusa—. ¡La esquela!, te enseñaré el periódico donde la vi —y allá que fueron a su casa, a toda prisa.

 

          Una vez llegaron, María cogió el periódico y se fue directa a la sección de anuncios. Por mucho que buscó, no la encontró.

 

—¡Esto es de locos! ¡Yo la vi aquí! —dijo María sin poder creer lo que estaba ocurriendo.

—¡Lo has soñado! No hay otra explicación.

—¡Sí claro! ¿Y mis manos? ¿Se han curado solas?

—Puede que, finalmente, los medicamentos que estabas tomando surtieran efecto —dijo Julia, encogiéndose de hombros.

—¿De la noche a la mañana? ¿después de tantos meses?

—No le des más vueltas. Lo importante es que ya tienes las manos bien.





 

Nota del autor: Este relato está basado en hechos reales, obviando el cariz fantástico en el que se ha revestido.

 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 20.03.2021.

 

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