Jona Umaes

Slide

          
          Estaban de gira por Málaga y tenían previstas actuaciones en diversos locales durante una semana. Pedro era el guitarra y el alma del grupo. Sus solos eran brillantes y hacía que la música que le acompañaba pasara desapercibida, de alguna forma eclipsaba todo a su alrededor. Su técnica de slide era sencillamente genial, dando ese toque “blusero” que tanto gusta a la gente. En conjunto eran una buena banda. En Madrid, de donde venían, habían tenido mucho éxito y ahora intentaban promocionarse por toda España. Les dieron la oportunidad de mostrar su talento en algunas emisoras de radio y con la publicación de un video en YouTube, su visibilidad aumentó. De esa forma, pudieron organizar su gira por distintas ciudades.

           El mánager del grupo, Luis, dinámico y emprendedor, no paraba de moverse para conseguir nuevos contratos. Amigo íntimo de Pedro, era a quien primero informaba de sus movimientos, aunque luego se reuniera con todo el grupo, para que estuvieran al tanto.

           La primera actuación en Málaga fue en un local del centro. Estaba repleto de gente. Luis se había encargado de que se publicitara adecuadamente por medios locales y se sembraran carteles por todos lados. La música era ensordecedora, pero el alcohol no paraba de circular y hacía pasar desapercibidos los acoples y pitidos de la mala instalación del técnico de sonido. Entre el público había una chica, conocida de Luis, a la cual había regalado algunas entradas para que fuera con sus amigas.

           Cuando terminaron la actuación, se sentaron en unas mesas para tomar algo y celebrarlo. Muchos se acercaban y les pedían autógrafos o se hacían fotos con ellos. Fue entonces cuando Luis hizo las presentaciones.

—Pedro, mira, ella es Ana, una amiga. Le encanta vuestra música y quería conocerte.

—Hola, ¿qué tal? Ha estado genial la actuación. —dijo ella.

—Gracias, encantado. Algunos fallos de sonido, pero bueno, no ha estado mal. —contestó Pedro—. Siéntate. ¿Qué quieres tomar?

           Una vez se saludaron, hablaron largo rato, eso sí, al oído, porque la música en el local seguía estando muy fuerte y era difícil mantener una conversación. A ninguno de los dos le pasó desapercibido el buen feeling entre ellos.

En aquel infierno sonoro se crearon su propia burbuja para ellos dos. El alcohol animaba el ambiente, aportando diversión, risas y espejismos. Esa noche, ambos jóvenes se enrollaron, dejándose llevar y evidenciando así su buena conexión.

           Ella acudía a cada una de las actuaciones y luego continuaban la noche tomando copas con el resto del grupo. Mientras más tiempo pasaban juntos, más se enganchaba él. Ana, se dejaba llevar y se divertía, pero no se le ocurrió pensar que Pedro guardaba sentimientos hacia ella. Eran jóvenes, bebían, pasaban el rato y hasta la noche siguiente. El único contacto que tenían durante el día era por mensajes, pues ella trabajaba y Pedro también tenía que preparar las siguientes actuaciones.

           A mitad de gira, él le propuso verse para tomar algo al mediodía, comer juntos o lo que encartara. Ella le dijo que no le daba tiempo. Aunque trabajaba, no se había independizado aún, continuaba viviendo con sus padres y tenía que ayudar en casa. Pedro era algo inmaduro y egocéntrico, no le sentó nada bien su negativa. Ahí tuvieron su primer rifirrafe. Pero no llegó la sangre al río, pues a la siguiente noche se vieron otra vez tras el concierto, la bebida se encargó de suavizar la tensión. Ante su insistencia, quedaron en que se verían al día siguiente, tras el almuerzo, antes de que ella entrara a trabajar de nuevo, para tomar un café.

           En la cafetería, con el poco tiempo que tenían, Pedro fue al grano:

—Ya solo nos quedan un par de actuaciones. Tenemos compromisos en Madrid antes de tirar para Zaragoza.

—No veas, no paráis, pero si queréis daros a conocer, no hay otra manera —apuntó Ana.

—Sí, las actuaciones en directo es lo que más engancha, sobre todo si es la primera vez que nos escuchan.

—Tiene que estar bien eso de conocer muchos lugares, así veis mundo.

—No te creas, no hay tiempo para hacer turismo. Actuamos, preparamos el siguiente concierto y el día no da para más.

—Bueno, de cualquier forma, es toda una experiencia.

—Sí, eso sí. Cambiando de tema, Ana, quería decirte que me lo paso muy bien contigo y...

—¡Yo también! Estos días están siendo los más divertidos que he tenido últimamente. —dijo Ana, sin dejarlo terminar.

—Me alegro. ¿Sabes? Pienso mucho en ti. Creo que tenemos una fuerte conexión y me preguntaba qué pasará cuando me vaya.

—Pues nada en particular. Seguimos en contacto por mensajes o hablamos por teléfono cuando podamos—sugirió ella.

—Pero a mí ese rollo no me va. Yo necesito contacto —dijo él.

—Pues tendrás que hacerte a la idea.

—¿Quieres venirte conmigo?

—¡¿Pero qué dices?! Yo tengo mi trabajo aquí, y mi familia. –protestó Ana.

—Ya veo que te traigo sin cuidado. Pensaba que te gustaba.

—Claro que me gustas, ¡pero no voy a dejarlo todo para ir contigo! Pero, ¿qué tienes en la cabeza? —dijo ella sorprendida de lo que escuchaba.

—¡A ti!

—¡Pues olvídate! ¿Y por qué no te vienes tú a Málaga? Aquí también podéis tocar y continuar vuestra carrera.

—Esta es una ciudad pequeña, no es lo mismo. Hay menos oportunidades.

          Así estuvieron un buen rato con el tema. Ninguno daba su brazo a torcer, y Pedro perdió la paciencia y las buenas maneras. Subió el tono y el ambiente se crispó. No entendía que ella no quisiera seguirle, si realmente le gustaba. Se despidieron alterados. Ana se sentía mal por el comportamiento de él y en un momento de pausa en su trabajo, llamó a Luis para contarle lo sucedido. Este no se sorprendió de las maneras de Pedro, ya que lo conocía bien. Le explicó que, a veces, su amigo perdía los nervios y que no se lo tuviera en cuenta.

           Ni esa noche ni la última, Ana fue a verle tocar. Pedro le mandaba mensajes, pero ella no contestaba. La echaba de menos tras las actuaciones, y bebía más de la cuenta para olvidarse y disfrutar con sus amigos. Llegó el domingo y el fin de la gira. Ese día se pasó por casa de Ana para despedirse. Tocó el timbre y fue ella quien abrió la puerta.

—Hola, Ana.

—Hola, ¿qué tal?

—Venía a despedirme.

—Ya regresáis, ¿no?

—Así, es. La semana ha pasado volando. La verdad es que ha ido todo muy bien, aunque te he echado de menos últimamente.

—No tenía ganas de salir. He tenido mucho trabajo estos días, y llegaba cansada a casa.

—Bueno, es igual. ¿Sabes? Hemos cambiado de local para los ensayos, Luis ha encontrado un sitio mejor y más espacioso. Te dejo una tarjeta para que la tengas.

—Ah, muy bien. Estáis progresando. Me alegro. —Ana le echó un vistazo a lo que había escrito en ella, y al ver que la dirección era de Málaga, se abalanzó sobre Pedro para abrazarle— ¡Qué alegría!

—¡Eh! ¿Qué esperabas? “Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña” —dijo Pedro apretándola contra sí.

 

 


Nota del autor.

Este relato está basado en la canción: “Je te promets”, de Zaho.

 

 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 10.04.2021.

 

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