Maria Teresa Aláez García

Daño2

Vosotros hacéis.
 
Yo callo.
 
Vosotros sacáis de los pozos de vuestro corazón vuestras miserias.
 
Me las lanzáis a la cara.
 
Las esquivo.
 
Vosotros intentáis arrancarme piedras preciosas de mi vestidura interior.
 
No es necesario. Yo misma me las arranco y os las regalo.
 
Las tiráis al suelo, las pisáis y escupís sobre ellas.
 
Las recojo y me las vuelvo a guardar. Algún dia las volveré a reconstruir.
 
Vosotros comparáis los esquemas que alguien como vosotros os hizo pasar por buenos, por mejores y me los colocáis delante. Los espejos de la risa. La sala de espejos donde cada uno tenemos una visión de nosotros mismos y ajena. Según cómo nos coloquemos ante el espejo, daremos risa, miedo, vergüenza, pena o alegría.
 
Me desnudáis y me colocáis ante el espejo.
 
Rompéis los espejos y me claváis los pedazos.
 
Me curo mis heridas, me lamo las llagas y me limpio la sangre. Reconstruyo los espejos y los coloco en su lugar.
 
Vosotros me traéis toda suerte de insectos y animales que intentáis lanzar contra mí. Rompéis mi cuello, me degolláis, me roen, me comen, me arrancan los miembros de mi cuerpo, los destrozan, los engullen, los vomitan o los defecan.
 
Recojo mis partes, las limpio y las reconstruyo en la medida de lo posible.
 
Entonces tenéis compasión de lo que ha quedado de mí.
 
Entonces no lo entiendo. No entiendo que después intentéis forjarme  a vuestra errónea imagen y semejanza después de no permitirme ser yo.
 
Y me repliego.
 
Me repliego en una, dos, cinco, diez, mil veces sobre mí. Me hundo en mí misma. En mi estómago. Me repliego en mi cerebro, en mi intestino. Quiero esa soledad, quiero ese distanciamiento. A fin de cuentas habéis introducido varios virus y bacterias en mi interior que con cada acción se reactivan y con el mismo calor de los dones, van reconcomiendo mi corazón, mi hígado, mis riñones, mi páncreas, mi bazo, mis intestinos. Forman una enorme mano y van sacando mis intestinos cual si fueran los dedos meticulosos de Jack el Destripador y van colocando todo ordenada y organizadamente dentro de mi interior de manera que no puedan realizar su labor ni seguir su curso y mi cuerpo se devore a sí mismo mientras oculta las atrocidades bajo una enorme esfera obesa y desbordante. Se hinchan las válvulas de mis piernas, se detiene la circulación en mis brazos y en mis muslos. Los tumores que las penas, los traumas, las frustraciones y la tensión forman, se van adueñando de los pocos huecos que deja la grasa y paulatinamente voy engordando. Más y más. Hasta que tengo la piel suave de un pétalo ocultando un engranaje de acero. Y al tocar, se rompe la piel, el engranaje se mueve y ante la menor insinuación de repulsa o de mediocridad, de ignorancia o de incomprensión por vuestra parte, chirría. Igual que puede chirriar o gritar un jabalí aterrado o un cerdo ante su propia inmolación, ante su desangre y su posterior desguace.
 

Y la culpa, es cierto. Es mía. Sólo mía.

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Maria Teresa Aláez García.
Publicado en e-Stories.org el 10.05.2008.

 

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