Maria Teresa Aláez García

SOLEDAD 2

No se sabe lo que es la soledad hasta que ella te encuentra en medio de la gente. No se conoce hasta que te coge de la mano y te invita a acompañarla en la agonía de su compañía. No se muere con ella hasta que no se acepta y nunca se vuelve a revivir cuando ella se hace cargo de la angustia que reside en el pecho.

Se nota más la soledad en las horas de la noche  o de la madrugada. Cuando la familia se ha ido temprano a dormir, entre las nueve y la diez de la noche. Antes de las doce de la noche se hace más cálida pero después o sobre todo cuando amanece, sea sobre las tres o las cinco, entonces se hace triste y pesada y no se desea. Aún si se realiza un trabajo nocturno, se está entretenido. Pero si se duerme en una cama. Si está vacía media cama. Si se espera que esa mitad se llene.

O peor aún si se prevé un disgusto, una catástrofe.

O una visita no deseada, sobre todo si se es menor de edad

La hora en que ni es de noche ni es de día. Esta hora de transición donde todo se encuentra a oscuras, donde todo se detiene para, en la más estricta soledad, va paulatinamente despertando a los seres y a las cosas para que saluden al astro rey que se encuentra ahí mismo y a la vuelta de la esquina, volverá a darnos luz. Ahora todos corren. De repente todo se detendrá unos momentos para dejar espacio a la primera luz del alba que, como un ladrón, nos aborda, en su fría, triste, lejana soledad, gris y remota, para dar luz y luego paso al calor que irá haciendo vibrar el planeta.

También es mala la soledad cuando se espera algo que ha de suceder o se espera que alguien realice algo prometido. Y o no se acuerda o peor… no quiere porque otro le ha dicho que no lo haga.

No entiendo a aquellos que faltos de personalidad, sólo saben brillar a la sombra de otros que ni siquiera relucen con su propio carisma. Repiten lo aprendido tras muchas horas de ejercitarse en el noble arte de ser loro locuaz y sin complejo para que no se les note tanto el cariz de avutardas. Y aquellos sin ser propio, aquellos que temen a la soledad como a su propia sombra, les hacen reír para recibir sus migajas por no sufrir el frío del amanecer o la sinceridad y la nobleza de sus propias acciones que igualmente pueden dejarles fríos.

 

Qué pena. Tanto payaso suelto y tanto prestigio mal repartido.

 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Maria Teresa Aláez García.
Publicado en e-Stories.org el 06.11.2008.

 

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