Juan Haro Rodríguez

Buzones: correspondencia y correspondido

Respirar hondo se había convertido en remedio; silencio en amenaza; amenaza en indiferencia.

Sentía temblar el labio superior y el párpado izquierdo. La presión en el pecho: patológica.
Bandejas de plástico con alimentos fríos. Frío, precongelado, olor artificial, sabor plastificado.
Las bandejas salían cada mañana de la cocina y eran repartidas por las habitaciones del hotel.
Esquivar el saludo y coger el desayuno. Repetir en voz baja: ‘la misma mierda de siempre’ y después comértela derretida en leche.
Me acercaba a la ventana y la décima planta gritaba ¡VÉRTIGO! Acercándome era absorbido: el ritmo de hormigas cavando túneles, arañas trepando bloques, moscas monitorizando el tráfico y grúas como directores con batuta.
Observando, nada más.
La alarma del reloj sonaba siempre a la misma hora y era Algo Más, mas ahora solo gira y suena; nada más.
El teléfono también era Algo Más. Cuando esperaba que el cartero llamase a la puerta y me entregase alguna carta sin mi nombre escrito en una pequeña ventana de un fino plástico transparente. Ahora el cartero no llama y usa el buzón. En algún lugar debe estar ardiendo papel.
El humo alertaría a cualquiera que pasase por allí cerca y entonces adivinarían los tres dígitos que ocultan miles de tormentos. Deseo.

Apartar la mirada se había convertido en remedio; inhibición en amenaza; amenaza en pena.

Por el pasillo se podían escuchar conversaciones a ritmo de pasos acelerados. Grabando. Lejos: susurros; se acercan: crescendo; pasan por delante: silencio; se alejan: silencio; más lejos: carcajadas.
Ponía en marcha la grabadora y la cinta giraba.
Me llevó bastantes días encontrar ese patrón y cuando lo descubrí, simplemente seguí grabando.
Un día paré de grabar cuando me di cuenta que una de las cintas que aun no había usado, contenía una vieja grabación. Escuché la grabación varias veces mientras apuntaba todo aquello inteligible.
Allí donde encontré mi nombre lo cambié por cualquier otro. Los imperativos pasaron a ser preguntas sin respuesta. Por último lo reescribí completamente, ignorando los minutos de patéticas despedidas.
La mañana siguiente, el chico de la bandeja llegó borracho hasta mi puerta. Aproveché para comentarle que la comida era una mierda y que su cara me amargaba la mañana. Sonrió y marchó. Volvió al cabo de unos pocos minutos. Un golpe dirigido al estómago me espabiló después de lanzarme al suelo. Vomitó sobre mi. Al levantarme mi desayuno acabó desparramándose por el pasillo. Toda aquella masa pastosa y de olor agrío impregnaba nuestra ropa y la moqueta color burdeos.
Le invité a pasar. Grabando. Habló hasta aburrirse y dormirse. Le eché. Comencé a escucharle en el momento que marchaba. Había grabado toda su conversación en aquella cinta ya usada. Reproduciendo. Hablaba sobre el bloque más alto que se veía desde mi ventana. Estuvo trabajando allí durante unas temporadas.
Redacté todo aquello. Una vez redactado, lo reescribí mientras pensaba en la siguiente comida y en el vacío de estomago.

Sincerarse se había convertido en remedio. Sincerarse se había convertido en amenaza. Y la amenaza en ruido, polvo y vaho.

La bandeja volvía la mañana siguiente. Puntual. Hambriento. Intenté estrechar su mano. El brillo sudoroso en la palma de mi mano reflejaba mi rostro, el color liliáceo de mis ojeras, el blanco pálido, el blanco gélido. Volví a encerrar la mano en el bolsillo. En ese momento recordé vívidamente: fotografías de carné con el rostro relajado y una sonrisa clavada. Ausentes. Seguramente yo ya debía estar entre ellas.
La lluvia acompañó la llegada de la noche. Desperté y corrí a asomarme a la ventana. Con vaho y mi dedo indice tracé ‘jodeos’ en el cristal. Llamé a recepción.
Cuando el chico subió, le invité a pasar – la resaca- conmigo.
‘Hablame de nuevo sobre aquel edificio’. Grabando.
Mientras hablaba pensaba en tipos realmente jodidos al descubrir que la pintura de su coche había sido rayada. Y perros colgados en árboles después de una temporada de caza. Papel ardiendo. Al llegar solo serían cadáveres en descomposición, como fruta madura e infectada que se resiste a caer al suelo.
Marchó y redacté. Reproduciendo. Sustituí ‘pasota’ por ‘indiferente’; ‘rara’ por ‘ella’; ‘necesitar’ por ‘odiar’; ‘odiar’ por ‘desear’.
Decidí no volver a invitarle a subir. Escribí mi nombre en la ventana, en orden inverso. Y esperé a que el papel ardiera.

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Juan Haro Rodríguez.
Publicado en e-Stories.org el 03.08.2009.

 

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