Fernanda Viejo

dias de luz y de sombra

CAPITULO UNO
Cuando lo conocí iluminó mis días, yo me fui convirtiendo en una mujer más plena.
Todavía recuerdo las vueltas que di para visitarte la primera vez. Me salió un herpes en la nariz, como el que me salió hace dos semanas, un agosto mas tarde, justo un año después. No quería que me vieras así.
Nunca había estado con un hombre tan interesante, tan lindo, inteligente. No me animaba. Yo venía de un par de meses difíciles, saliendo de una relación, sin gas en mi departamento, viviendo circunstancialmente en la casa de mi mamá, con mucha ansiedad sobre volver a vivir sola, cuando el problema del edificio se resolviera. Con angustia para afrontar ciertas responsabilidades de mi labor docente.
Recuerdo que me invitabas a tomar un te. Cuando por fin te visité, nos quedamos hasta las 12 y media de la noche. No sabía ni qué ropa ponerme. Me gustaste desde la primera vez que te vi. Recuerdo que demoré muchos meses en ir a meditación, que era el sagrado lugar en el que te había conocido, muchos meses antes, tal vez un año. Si, te vi en esa cocina. Te había oído nombrar muchas veces, nadie me había dicho que me ibas a deslumbrar. Te vi un par de veces más en ese lugar. Te crucé una vez en el edificio, ibas con una mujer y una niña. Ahí supe que estabas con alguien… otra vez en meditación, te observaba, casi enfrentados, no me gustaba cuanta atención le prestabas a tu celular, un hombre que está tan atento a un celular, no me parece fiel, pensé. Había una chica alta, bastante joven, con un apretado pantalón color bordeaux, cabello largo, lacio; mucho más atrevida que yo, ella se acercó a hablarte, como la admiré y la envidié tal vez, al mismo tiempo. Me sentía pequeña, me costó tanto sentirme a la altura al estar con vos. No estaba hermosa en esa oportunidad, la super producción, me hubiera hecho sentir más cómoda. Yo no tuve qué decirte… aunque no se si esa vez o la siguiente, fue cuando hablamos sobre nuestro problema cómun, dijiste que vivías como un indio.
Hoy te cruzo y no me saludás, después de haber hecho el amor incontables veces, de jactarte de educado, de compartir la vida y tus secretos… cuánto dolor. Cuánto me duele, no se cómo exhorcisarte de mi vida, muchos amores dejé partir, ninguno vivió tan cerca, a ninguno vi acompañado por alguien, cuando aún mi corazón se desangraba. Cuanta es tu desconsideración, cuanto es tu descarte del otro. Tantas veces llego a sentir que te merecés tu padecer, el sufrimiento que tenés por no haber registrado que sucedía con la madre de tus hijas. A tantas habrás hecho sufrir, como sufro yo hoy, que no me sorprende que una te lo haya hecho querer pagar.
Cuando lo conocí iluminó mis días, yo me fui convirtiendo en una mujer más plena.
Todavía recuerdo las vueltas que di para visitarte la primera vez. Me salió un herpes en la nariz, como el que me salió hace dos semanas, un agosto mas tarde, justo un año después. No quería que me vieras así.
Nunca había estado con un hombre tan interesante, tan lindo, inteligente. No me animaba. Yo venía de un par de meses difíciles, saliendo de una relación, sin gas en mi departamento, viviendo circunstancialmente en la casa de mi mamá, con mucha ansiedad sobre volver a vivir sola, cuando el problema del edificio se resolviera. Con angustia para afrontar ciertas responsabilidades de mi labor docente.
Recuerdo que me invitabas a tomar un te. Cuando por fin te visité, nos quedamos hasta las 12 y media de la noche. No sabía ni qué ropa ponerme. Me gustaste desde la primera vez que te vi. Recuerdo que demoré muchos meses en ir a meditación, que era el sagrado lugar en el que te había conocido, muchos meses antes, tal vez un año. Si, te vi en esa cocina. Te había oído nombrar muchas veces, nadie me había dicho que me ibas a deslumbrar. Te vi un par de veces más en ese lugar. Te crucé una vez en el edificio, ibas con una mujer y una niña. Ahí supe que estabas con alguien… otra vez en meditación, te observaba, casi enfrentados, no me gustaba cuanta atención le prestabas a tu celular, un hombre que está tan atento a un celular, no me parece fiel, pensé. Había una chica alta, bastante joven, con un apretado pantalón color bordeaux, cabello largo, lacio; mucho más atrevida que yo, ella se acercó a hablarte, como la admiré y la envidié tal vez, al mismo tiempo. Me sentía pequeña, me costó tanto sentirme a la altura al estar con vos. No estaba hermosa en esa oportunidad, la super producción, me hubiera hecho sentir más cómoda. Yo no tuve qué decirte… aunque no se si esa vez o la siguiente, fue cuando hablamos sobre nuestro problema cómun, dijiste que vivías como un indio.
Hoy te cruzo y no me saludás, después de haber hecho el amor incontables veces, de jactarte de educado, de compartir la vida y tus secretos… cuánto dolor. Cuánto me duele, no se cómo exhorcisarte de mi vida, muchos amores dejé partir, ninguno vivió tan cerca, a ninguno vi acompañado por alguien, cuando aún mi corazón se desangraba. Cuanta es tu desconsideración, cuanto es tu descarte del otro. Tantas veces llego a sentir que te merecés tu padecer, el sufrimiento que tenés por no haber registrado que sucedía con la madre de tus hijas. A tantas habrás hecho sufrir, como sufro yo hoy, que no me sorprende que una te lo haya hecho querer pagar.

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Fernanda Viejo.
Publicado en e-Stories.org el 23.08.2014.

 

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