Sergio Lubel

El incubo del pueblo

Cuatro noches le duró la misma pesadilla. Al quinto día, la llamó a la negra Mercedes para que la acompañara a lo de la bruja Sofía, que entendía de esas cosas.

-  Ama María – dijo la esclava – El cura es viejo y tiene experiencia, aparte es secreto de confesión. Le dijo.

- Y vos que sabes negra, vaya a saber qué cosas raras hacen ustedes cuando descansan…Sin embargo tenía razón, así que maldiciendo la inteligencia de una esclava allá fueron las dos hacia la parroquia, bajaron por la calle de la Reconquista hasta la Plaza Mayor y entraron.
 
La religión oficial tiene dos mil años de propaganda, la brujería sólo se reconoce a medias y – Aunque las autoridades la niegan – La iglesia le ha dado cierto crédito al negarla tan sistemática como ferozmente. Hasta le ha dedicado un libro hermoso llamado “Malleus Maleficarum” que fue un best seller por centurias.
 
Cargar con las miserias de todo un pueblo no era tarea fácil y eso lo demostraba Don Feliciano con su espalda encorvada: Tanto pecado, secreto y perversión de sus feligreses le habían doblado el cuerpo hasta dejarlo hecho un largo hábito ambulante con manos huesudas y orbitas hundidas; sin embargo lo que su apariencia física negaba lo confirmaban sus ojos, de un azul tan profundo  que parecían capaces de ahogar la peor de las transgresiones…
 
La confesión no sonó tan terrible cuando fue expresada en voz alta, pero esta vez no hubo ni Padrenuestros ni Avemarías como castigo para la absolución, sólo una frase:

- Vaya Doña María y encienda una vela a Santa Paula.
 
Esa noche se metió en la cama con el crucifijo en las manos y evocó los olores de la parroquia, la imponencia del Cristo crucificado y – sobre todo – San Jorge venciendo al dragón…Tanta defensa de imaginería la tranquilizó lo suficiente como para quedarse dormida…Cuando se despertó ya pasada la medianoche ahí quedó, con toda la ropa húmeda y en sombras…Por lo menos, había herido a ese demonio que la violaba noche tras noche, le había hundido el crucifijo en ese enorme miembro que odiaba y esperaba…
 
Al terminar la misa ese domingo trató de acercarse al Padre Feliciano para despedirse, pero este se alejó de ella mascullando en latín y rengueando… 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Sergio Lubel.
Publicado en e-Stories.org el 05.02.2015.

 

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