Felipe Salto Quintana

El corazón que el mar te ofreció

Ya oscurecía esa tarde del 11 de Julio; pensé en regresar a la orilla de la playa para reparar el estribor donde la madera de pino se había empezado a podrir desde hace varios meses. No bastaba con poner remiendos o con brea, necesitaba destruir  para evitar perder, con el tiempo, la totalidad de la balsa. Pero me quedé; sí, me quedé porque el cielo derramó a cuentagotas el color violeta mientras repartía pequeños puntos de color plata y dorado. No había tiempo, no había balsa, ni fogata,  ni pescado, ni la alfombra en la que dormía a la orilla de la playa; sólo el mar que me sostenía ante los intentos del cielo de ahogarme lentamente en el sueño.

No recuerdo tu balsa, o si nadabas, no recuerdo qué pensé, mucho menos qué te dije, pero te conocí esa noche y el cielo me dejó tranquilo. Obedecí a la cadencia de las olas que amablemente me hacían balancearme hacia ti. Me contaste de tu viaje, mala pesca, algunas tormentas, pero buenos atardeceres que hacían que el estar en el mar valiera la pena, o valiera el hambre, o valiera las noches frías de enfermedad bajo la lluvia. Hice un broma malísima sobre el agua, pero tu reíste, y cada día que fue pasando me di cuenta que había algo de simpatía entre tú, yo y el mar.

Por las noches yo meditaba en las estrellas y las acercaba en mi imaginación al punto de que mis ojos sólo veían más lejos del horizonte, pensaba en ti, evaluaba la posibilidad de quedarnos por siempre bajo el cielo que nos tocó mirar. El objeto de las charlas se alejó conforme mi vista se fue distanciando, a veces hablaba de la arena en la playa, otras de los arrecifes que veía en la isla que está al sur, el muelle de donde los dos zarpamos, el punto que somos en el universo de agua, la historia que seremos al no volver a tierra. Ese fue el error, que en esas noches yo imaginaba mientras tú dormías. Nunca me atreví a tomar tu brazo y preguntarte si seguías despierta, si también veías más allá de los horizontes, si el cielo brillaba igual para los dos.

¡Qué comedia! Digna de vivirse sólo una vez y ser olvidada por las lenguas, aunque no por los corazones. Tuve miedo de las tormentas que venían a kilómetros de distancia de la balsa, apreté los nudos de cada cuerda y me di cuenta de que el moho las había cubierto, que sería difícil resistir; seguí todos los consejos que alguna vez había escuchado de los pescadores expertos, excepto uno, aquel que hablaba sobre lo recomendable que es dejar el mar si la balsa es frágil. Continué tomando las demás precauciones, todo de la mejor manera, o así lo creí.

Al final del día me sentía preparado, en mi mente estaba calendarizado cada día futuro que había visto hacia el norte. El tiempo tuvo el capricho de encogerse y las olas se empezaron a alzar; y fue ahí cuando me di cuenta de que tu cuerpo no estaba asegurado con cuerdas como el mío, no estabas a mi lado como lo había pensado ¡qué va! Ni siquiera estabas dentro de la balsa. Rompí las cuerdas en mis manos, me acerqué a ti que me observabas y te invité a entrar, no escuchaste. Decidí entonces deshacerme de toda protección para traerte conmigo, quité la protección en mis pies, corté las amarras que sostenían mi cadera y me tiré al mar junto a ti. Me observaste en el proceso de quedar indefenso, viste cuando las olas se colgaron de mis hombros para no dejarme seguir, fuiste el único espectador de mi nadar desesperado hacia ti. Mi corazón latía como el de un caballo de carreras, pero mi cuerpo dejaba de sentir a causa del frío. Te miré, te hablé de los horizontes que no has visto, de los atardeceres a donde quería llevarte, de las olas que devoran arrecifes y de mi plan para nunca abandonar el mar a pesar de la tormenta.

Me mirabas y no decías nada. Hablé de mi destino y lo extendí delante de ti, te limitaste a ignorarlo y mantuviste guardado el tuyo. Se equivocan los que piensan que al rogar a humanos imperfectos tendremos la dicha de cambiar sus corazones. Vi en tu rostro la expresión creciente de asco y pena a cada palabra que decía, estúpidamente seguí hablando y añadiendo ladrillos a la barrera de indiferencia que construías para mí; y ahí permanecí, sin hacer caso a todas tus señales que expresaban un único mensaje: Ya vete, por favor. Debo admitir que me sorprendió todo el esfuerzo que pusiste en expresar desdén y fastidio.

Ningún mal dura cien años. Me alejé un poco pero sin volver a la balsa, pues  quise darte tu espacio y al mismo tiempo dejar viva la necia posibilidad de que algún día me necesitaras; y fue ahí donde entendí tu enfermedad, tu dolor, donde alcancé la opinión de los que no sienten. Habías perdido tu corazón. Tomaste el corazón que el mar en algún día te ofreció; corazón egoísta, displicente y orgulloso. ¿Por qué escuchaste al mar? ¿Por qué malbarataste lo que tenías por aquello que no conocías? No querida, no te engañes, lo que hiciste jamás se llamará madurar o ser cabal; nunca vas a poder considerar como la mejor decisión al hecho de ahogar tus emociones, amarrar tus sonrisas y dejar que tus sentimientos se sumerjan en un aguas crueles que no accederán a devolverlos.

Me sumergí en las aguas turbias nadando sin pensar tras todo aquello que tiraste. Y me observaste, miraste cada vez que me arrastré desesperado por encontrar una de tus sonrisas, te diste cuenta de cómo la búsqueda de tus sentimientos alteraba mi mente, contaste las veces en que me sometí a la asfixia para alcanzar algo que creía que era una emoción. Pero no bastaba con observar, ese maldito corazón de mar te obligaba a ser cruel. Me condujiste a lugares donde sabías que jamás encontraría nada, diste altas y bajas, te burlaste, me hiciste creer que estaba cerca y lejos. No te juzgo, créeme, entiendo que todo esto lo hiciste sin intención, más bien, sin mucha intención; pero comprendo que no eras totalmente tú, todo fue culpa el contexto, de los tiempos, del mar, de no saber qué quieres, de mí poca dignidad incluso.

Quedaba una bocanada de amor propio en mi pecho y decidí usarla para regresar a la superficie. Miré a mi alrededor, era de noche ¡Qué cómica se atreve a ser la vida en los malos ratos! Ya no era sólo el estribor, sino toda la madera de la balsa estaba podrida, sólo quedaban algunas cuerdas descansando como manos extendidas cobre los troncos. No había cuerdas, no había más madera, no había comida, no había herramientas, ni fuerza, ni voluntad, ni siquiera estrellas.

Ahora te pido que seas tú la que entienda, que te pongas en mis zapatos, que busques mirar a través de mis pupilas (si no puedes, imagina). Te escribo para decirte que regresé a la orilla de la playa, que de verdad quiero ayudarte a encontrar todo eso que perdiste, aunque tú no lo quieras; te escribo porque me da miedo el hecho de que llegues a asumir que ya miro al cielo por las noches, me preocupa que supongas que ya no te quiero (esta es la medida de mi estupidez); te escribo para que sepas que estoy ocupándome de mí, de reconstruir todo lo que perdí desde antes de conocerte; te escribo porque tengo la esperanza de encontrarme conmigo otra vez, de gestar amor propio y algo de dignidad tal vez.

Acá en la orilla estoy aprendiendo a mirar cerca y lejos, a no asumir cosas, a darme cuenta de que los tiempos son de verdad importantes; me están enseñando a cuidar mi balsa y mi vida, a nadar a las profundidades sólo cuando sea necesario, a seguir destinos y soltar sueños. No te pido que me busques (jamás lo has hecho), sólo quiero que estés segura de dónde encontrarme y que sepas que de este lado hay lugar para ti, sin importar si aún estoy o no.

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Felipe Salto Quintana.
Publicado en e-Stories.org el 20.04.2017.

 

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