Alvaro Vadillo

Piano en La Habana

Allí estaba su abuelo, sentado como siempre en su viejo piano Bechstein que le había acompañado durante toda su vida, al fondo de la gran sala de techos altos al puro estilo criollo del barrio de El Vedado. Estancia de aire nostálgico, aroma a madera y canela, muebles caoba y mecedoras de palisandro junto a la pareja de ventanales tocados con visillos de lino. Entre las mesas rematadas con mármoles rosas algunas rinconeras y consolas barrocas, entrepaños calados, dos grandes armarios acristalados al fondo con ampulosas tallas y guirnaldas de flores y aves. Suelos cerámicos de damero blanco y negro que se reflejaban en un enorme espejo inclinado y enmarcado con ribetes de pan de oro, que daba a la estancia un aire melancólico, recuerdos de tiempos de gloria que ya sólo habitaban en la memoria del abuelo. Adelita cerró la puerta que dejaba entrar la brisa suave del Caribe, con olor dulce a mango y hierba mojada, con sabor a ron y a música antigua. Corrió a su encuentro entre las tallas de madera de granadillo y las notas de música que salían del viejo piano, le abrazó por la espalda y él le correspondió, sin dejar de tocar, con un cariñoso beso en la frente. Sin mediar palabra la niña de sentó a su derecha siguiendo las escalas del son cubano que su abuelo le enseñó desde pequeña.  Adelita aprendió a tocar el piano antes que a hablar y había heredado de él su virtuosismo con ese instrumento. Solían sentarse a tocar juntos durante horas, tan concentrados en su música que nunca se percataban de la llegada de amigos y familiares, de los vecinos que se asomaban a los ventanales para disfrutar de sus canciones, ni del tumulto que se  organizaba al final de la tarde al calor de su música ni siquiera de la gente que con ganas de rumba acudía por su cuenta a la búsqueda del improvisado ba! ile. Par a el abuelo y la nieta el tiempo se detenía y todo dejaba de existir más allá de su música. Solo era posible despertarlos de su estado de ensoñación cuando algún amigo aparecía con otro instrumento y se añadía sobre la marcha a la melodía. El rascado de un güiro, el crepitar de unas maracas, los golpes de unas claves o el sonido de una trompeta si conseguían entrar en su mundo particular cuando estaban tocando juntos. El abuelo solía desarrollar las escalas clásicas del son cubano en su clave de tres por dos mientras que Adelita se sentaba en los tonos más altos para interpretar las melodías. Su dominio del piano era tal que terminaban respondiéndose el uno al otro, los dos sentados al mismo instrumento, sin más medio de comunicación entre ellos que las teclas de marfil del viejo Bechstein. Se miraban y se sonreían, improvisaban algún acompañamiento, la niña introducía el fraseado en lo que él mantenía su tumbao para pasar rápidamente al punto donde ella estaba. Subían y bajaban las octavas del piano sin perder el verdadero sabor de ese género musical sinónimo de ritmo y cadencia, resultado del mestizaje afrocubano, elegancia y descaro.

La mayor ilusión de Adelita era formar parte de la Orquesta del Ballet Nacional de Cuba. Durante meses había estado ensayando las pruebas de acceso, a las que ya podía optar al haber cumplido los quince años. Su virtuosismo era tan conocido que a veces se presentaban en la casa gentes que venían hasta de Oriente expresamente para escuchar a la famosa pareja de abuelo y nieta. Algunos automóviles paraban en la puerta sólo para oír durante algunos minutos cualquiera de los acordes que ellos regalaban a la ciudad a través de los ventanales. Incluso a veces se habían dado casos de visitas de personas enfermas o deprimidas ya que se decía que la música del entrañable dúo tenía poderes curativos. De todo eso se encargaba la tía Rosita, mientras ellos permanecían ensimismados en el banquito negro a los pies del piano. Ella se ocupaba de recibir a las visitas, espantar a los curiosos o incluso de saludar a famosos que venían a disfrutar de un espectáculo para los oídos que no se daba desde tiempos de las grandes orquestas de los años cincuenta. El abuelo había aprendido a tocar también desde niño, llegando a hacerlo como profesional para los más grandes soneros de la historia cubana. Había hecho giras con Arsenio Rodríguez y hasta con el gran Benny Moré. Tenía recuerdos de tocar para voces inolvidables como la de Bienvenido Granda o Antonio Machin. Con su talento recorrió todo el país, tocando para personalidades del mundo entero. Recordaba los tiempos de los norteamericanos en la Isla, cuando lo contrataban en el Tropicana o en el Buenavista. A él fue a quien el mismísimo Presidente Fulgencio Batista le interrumpió mientras tocaba en aquella fiesta fin de año del 1 de enero de 1959 para dar la noticia a los asistentes de que tenía que abandonar apresuradamente la ! fiesta, la presidencia y el país esa misma noche pues los barbudos ya estaban a un tiro de piedra de La Habana. Más tarde había amenizado a base de boleros algunas cenas de delegados de la Unión Soviética o de China que venían a la isla. Tocó en interminables veladas en el Palacio Nacional para los líderes de la Revolución como el Presidente Urrutia o el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, Fidel Castro. El régimen socialista no le trató mal pero le había arrebatado al amor de su vida, Mirella, o “mi negrona”, como él la llamaba cuando estaban juntos. La abuela partió pocos meses después del triunfo de la Revolución y nunca más pudo volver a Cuba. Él quería demasiado a su país como para huir por la situación política y confiaba en que un día todos aquellos problemas se solucionarían y ella volviese. Pero un día le llamaron desde Florida para informarle de que su amada negrona había fallecido. Le contaron que se pasó su último día sin moverse de su mecedora, cantando con los ojos cerrados todos los boleros que su esposo le dedicaba al piano, hasta que se dieron cuenta que la abuela estaba muerta cuando al llegar la medianoche de repente la mecedora se detuvo y ella dejó de cantar.

La tía Rosita salió de la cocina apresuradamente al oír la campanita de la puerta. Afuera le esperaba Don Aristóteles en su silla de ruedas, en esta ocasión le traía su sobrina Juliana, mulata santiaguera que con sus apenas veinte años tenía enloquecidos a la mitad de los hombres de aquella parte de la isla. La muchacha empujó a su tío por la recargada entrada de la casa coloreada por el enorme rosetón vidriado encima de la puerta, seña de distinción del inmueble entre todos los de El Vedado. En la sala ya le esperaba Adelita y su abuelo compartiendo un zumo de tamarindo. La tía Rosita había insistido mucho en organizar el encuentro pues Don Aristóteles estaba aquejado de una dolencia en sus piernas que le imposibilitaba caminar, y ni los médicos ni todos los curanderos desde Viñales hasta Guantánamo habían dado con la solución. Ya casi lo iba a dejar por imposible pues estaba convencido de que su destino con aquellos terribles dolores estaba escrito para él desde el día en que nació y nadie tenía el remedio para evitarlo. Con resignación aceptó la invitación más por deferencia y amistad a la insistente Doña Rosita que por otro motivo. Sabía que las propiedades curativas de la música del célebre dúo no harían en él ningún efecto, como tantas otras medicinas, ungüentos, remedios, masajes y amarres que había probado. Colocaron la silla de ruedas junto a la mesita donde aguardaban alfajores y dulces de leche. Sin más dilación el abuelo se sentó junto a su hija en el banquito al piano, extendió sus largas manos negras y huesudas y comenzó a tocar los primeros compases de El Manisero, la antiquísima canción de Moisés Simons con la que tantos corazones él mismo había enamorad! o de jov en. En el piano retumbaban los graves de las primeras notas de introducción que evocan el compás de un vals. El sonido sobrio y elegante del viejo Bechstein despertó a la casa entera inundando de notas sus pasillos y rincones. Adelita miró a su abuelo en el momento que aparecieron los primeros compases de la melodía principal, desde las octavas más agudas. Ya se escuchaba la llamada del protagonista del pregón en el que anuncia que va por la calle vendiendo maní. Seguidamente puso las dos manos en las teclas de marfil para arrancar con el popular fraseado. Si te quieres por el pico divertir cómete un cucuruchito de maní. Que calentico y rico está, ya no se puede pedir más. Entre el característico sube y baja cromático de la melodía el abuelo apretó las teclas para potenciar los bajos de la mano izquierda a lo que comenzó a dibujar con la mano derecha los acordes de acompañamiento. Adelita multiplicaba las notas como buena virtuosa al piano para llegar al final de la frase a tiempo, mientras el abuelo calentaba el piano con su compás. Ay caserita no me dejes ir porque después te vas a arrepentir y va a ser muy tarde ya. De repente hizo aparición una de las sorpresas que la tía Rosita le tenía guardadas al  convaleciente anciano. Tato, vecino y amigo de la familia, entró en la sala con la mágica estridencia de su trompeta emparejando la escala de Adelita. Sonaba amplia y poderosa, dominaba la estancia y añadía los últimos detalles a la elegancia que ya regalaba el piano. Juntos continuarían las siguientes estrofas, haciendo paradas donde el vaivén de los acordes de acompañamiento provocaban un ligero baile con la cabeza a los asistentes al ritmo de la canción. Caserita no te acuestes a dormir sin comerte un cucurucho de maní. La estridencia de la trompeta ascendía has! ta el te cho haciendo estremecer a la lámpara de araña que desde arriba escuchaba indefensa. La tía Rosita sacó de su delantal unas claves de madera de granadillo y comenzó a acompañar al trio musical en lo que el abuelo daba a la canción su sabor a ron y tabaco que el sólo sabía darle.  Cuando la calle sola está casera de mi corazón el manisero entona su pregón y si la niña escucha su cantar llama desde su balcón. Los hombros de los asistentes comenzaban a balancearse al ritmo, el clima de la estancia se iba calentado a base del sonido anejo de la música más autóctona de la isla. Don Aristóteles abrió sus ojos con asombro al ver a los hermanos Abelardo y Michín entrando desde la calle con sus congas y tumbadoras que ya venían prendidas y a punto desde casa. Las percusiones le imponían respeto pues sabía que cuando se abría la caja de Pandora del ritmo afrocubano todo podía pasar y lo peor es que nadie lo podría controlar. Al llegar a la última frase, justo al recordar que el manisero se va el manisero se va, los cueros comenzaron a repicar emparejados para luego andar cada uno su camino. Cinco improvisaciones diferentes sobre el mismo estribillo al unísono con los cuatro instrumentos allí citados, sólo marcadas por las claves incansablemente un, dos, un-dos-tres, un, dos, un-dos-tres. Su sobrina Juliana no pudo contener el impulso y comenzó a mover las caderas al ritmo de las tumbadoras. Cuatro vueltas a los acordes después la trompeta bajó el tono para dar paso a Camilo con su trombón de varas que ya entraba por la puerta de la cocina para competir con las improvisaciones de la trompeta. Era una encerrona de la tía Rosita y ambos sabían que así lo era. Don Aristóteles la miró divertido a lo que ella le correspondió con un gui&ntild! e;o p&ia cute;caro al son de sus claves y sus caderas que ya se salían del vestido. El ambiente se iba caldeando más y más, el viento sacudía las cortinas de lino blanco trayendo de la calle aroma a caña de azúcar, endulzando aún más la orgía de notas que abarrotaban la sala. Como en una posesión diabólica los allí presentes se iban dejando llevar por la música y el baile, olvidando por qué se habían citado. Los pies se iban, los hombros y caderas correspondían. El decoro y las buenas costumbres escapaban  por la puerta para hacer sitio al enjambre de notas perfectamente acompasadas en el sabor afrocubano único del son. Juliana ya no pudo contenerse más y arrancó a bailar en el centro de la sala moviendo en círculos sus caderas con las manos en su cintura en los que daba vueltas cadenciosamente. Don Aristóteles ya ni se escandalizaba de ver el sensual baile de su sobrina, estaba bajo el poder hipnótico del ritmo que los estaba emborrachando a todos. Los metales bailaban acompasados de izquierda a derecha y se abrieron para dar paso a la bailarina por cuya espalda y entre su larga melena negra le caía el sudor para delirio de los músicos. Las congas repiqueteaban con una velocidad inusitada, los bajos del piano retumbaban en paredes, en los que los agudos de Adelita hacían lo mandado en los areitos de música cubana donde sólo los músicos talentosos como ella eran capaces de cabriolas como introducir melodías de otras canciones mientras se está interpretando otra. Así aprovechó para recordar que La Mujer de Antonio Baila Así, que Cienfuegos Tiene ya su Guaguancó, y que Ay Mama Inés Todos los Negros Tomamos Café. En medio del crescendo de la orgia musical Don Aristóteles comenzó a sentir un cosquilleo en las piernas. Miraba asustado y perplejo sus ro! dillas, en lo que se tocaba los muslos como buscando algo, quizá la sensibilidad que había perdido ni se sabía cuándo. Su sobrina continuaba entregada a su endiablada danza en lo que la trompeta subía el tono, dominado con su estridencia mientras lanzaba sus notas hacia la lámpara que agitaba sus lágrimas de vidrio. El viejito se agarró a ambos brazos de la silla de ruedas y se comenzó a incorporar despacio, con miedo de caer en lo que la sesión llegaba a su clímax. Al verlo elevarse en su asiento Juliana se giró con el sudor cayéndole por la cara y respirando profundamente, saliendo de su trance, asombrada por lo que veía. Su tío, ya en pie, y entre la discusión vertiginosa de trompeta y trombón de varas elevó ambos brazos y exclamo con su potente voz:


¡Carajo! ¡Esto si esta sabrooooso!

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Alvaro Vadillo.
Publicado en e-Stories.org el 30.07.2017.

 

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