Joel Fortunato Reyes Pérez

INMEDIACIÓN

INMEDIACIÓN

La muerte en la certeza y las hipótesis,
aleja al calvario que llora,
en el torbellino del agrio estío,
de la muerte, de la carne,
con el deleite perverso,
y la vida,
con las formas del camino,
nuevo del alma. Como un
olvido insomne,
del mar esquivo,
renacimiento
del espíritu.
Donde juegan muy amarrados,
los rústicos silencios,
que guardan sus estatuas de mármol,
sobre todas las flores que cierran sus dulces ojos.

Al oportuno sueño. Que el viento duerme,
en el lago.
¡Dale el silencio!.  Con el fulgor de esos ojos,
veteadas de sangre y luz y voluntad.
Como un plan de golondrina, ya risueño y sostenido por el cielo,
recogido
en lentas flores tristes, sin frases demasiado maduras,
ni de hierbas marchitadas,
por la helada dulce y nocturna.

Así podré escuchar al grillo su voz, desde ahora, en las fuentes del canto,
hondamente encerradas en el nido de un ave,
y en alma, tanto, tanto,
como en corazón y hueso.  Aunque son los ojos el faro,
me dicen que la pierna se ha gangrenado,
enemiga de la suerte,
que tiene mucha fiebre, que debe salir de aquí,
profundamente adelante,
ya que atraviesa el peor silencio.

Sus ojos son lámparas como el libro,
que lee su piel,
en la geografía prismática ideal,
los mapas de la noche con su pesadilla pura.
¡Ven!.  Torbellino de fantasmas,
presenta la presencia tribunicia,
en el carro de nubes,
fustigado por el relámpago,
azul roto sobre el espinazo insalubre de una montaña.

Tan intermitentemente,
solitario, ve un piano afligido, y guarda el violín.
Con el abanico de los naipes. Ya nadie desayuna con los accesorios
y todo el aparejo del conejo. Pues así fue, cuando supe que íbamos a morir.

Pese al mareo de una semilla y las náuseas  del fruto,
me arrastré, no obstante,
hasta el comedor y ahí encontré al suelo.
Nos abrazamos. Donde se reencarnaban en toros, las mariposas,
 y las perlas en los cerdos, con el triunfo de los carneros,
y vegetaban como metales en la tierra.  Me preguntaste, qué pasaba,
en esa estrella del hombre blando y mortal.

Mi piel, dijo solo:
estuve sola en ese hielo,
con las torrenciales voracidades,
y el barro se había malogrado,
como en otras ocasiones.
En
un
puñado
de
esperanzas.
 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Joel Fortunato Reyes Pérez.
Publicado en e-Stories.org el 09.04.2018.

 

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