Luis Ignacio Muñoz

FALTAN SEIS HORAS

 Tan sólo eso habíamos logrado saber:

Qué se nos condenaba sin alegar nada en nuestro favor con el único aliciente de irnos de allí a toda prisa a cumplir nuestro último deseó. Y entonces, el más anciano de seguro el jefe de los verdugos, barbudo y cegatón, en un lugar de audiencias cualquiera a una ahora cualquiera nos dijo que a las seis nos esperaban. Y fue cuando nuestras sombras fueron cercenadas en toda la mitad para que la ciudad nos reconociera, murmuró. Y todos fuimos por la calle sin acabar de sobreponernos al impacto de la noticia, como si en realidad pudiésemos considerar cosas tan infausta como una noticia, un hallazgo, acaso una iluminación. Llegar a saberlo o no saber nada equivale a lo mismo. Nos comunicaban algo definitivo, es cierto. inevitable si en verdad algo más cabía dentro de la imposibilidad. La respuesta a cada búsqueda de explicación era no existe, no sabemos.
Y venía a ser más consoladora en el vacío infinito de nuestra desolación. Los minutos transcurrían veloces o tal vez resultaba una situación intemporal ¿Quién miraba los relojes? Estoy seguro que nadie intentó hacerlo, al menos en las primeras horas. Nos veíamos a cada rato en todas partes: en la calle, en los almacenes, en el autobús, pegados a la bocina del teléfono, buscando con afán a otras personas y en la entrada de la discoteca, los bares. Hay Quienes se tambaleaba agobiados por la borrachera o reían con sarcasmo de lo que iría a pasar. En en algún momento llegamos a charlar unos pocos ya excitados hasta el extremo, se nos notaba a distancia las caras contraídas, la mirada turbia, los ojos sin sueño y esa palidez de las proximidades de lo incierto.
- ¿Qué hacemos?- Dijo uno
- Esperar, esperar
-Las seis llegarán, tengamos la seguridad plena- dijo otro.
-¿Llegarán?--preguntó el más escéptico mirando con desgano el transcurrir de la vida a lo largo de la calle y nuestras sombras alargándose sobre el pavimento sin que tampoco entendiésemos la razón, mutiladas desde la cintura hacia arriba, simulando una macabra cortada con sables inimaginables, partidos cada uno por la mitad, pero nuestras sombras continuaban moviéndose al unísono al ritmo de nuestros pasos y cada mueca involuntaria. Y a la medida que iba declinando el día nuestras sombras crepusculares se veían más visibles, como si continuarán su estiramiento proporcional con el paso de las horas hacia la lejanía. Sombras demasiado delgadas, mucho más intangibles que nuestras antiguas sombras configurando un sendero sin final pero con la inexplicada interrupción de la cortada en la mitad del cuerpo.
Tal vez esto contribuyó a volver más notoria nuestra presencia en la ciudad. La gente nos miraba un instante, luego sus ojos se volvían a nuestros pies y se detenían en ese chorro interminable de sombras negruzcas, alargándose cada rato sin la más mínima ilusión de detenerse. También el silencio aumentaba a cada paso sumergiéndonos en otro abismo oscuro y sin profundidades definidas.
Nos alejamos unos de los otros sin premeditación ni despedidas, sin volver a decirnos una última palabra. Es posible que lo vislumbrado en nuestra situación formaba esa barrera irrompible de incomunicación, rumbo- al menos eso me parecía- ahora sí mirando dar vueltas a las manecillas del reloj, respirando el aire agobiante a toda prisa con la idea fija de la llegada de las sombras crepusculares en un descenso desde las alturas en un bloque compacto, desgranando en su caída los últimos vestigios que faltaban a nuestra carga de designios preconcebidos.
El reloj continuaba transformándose en esa enorme máquina brutal, aplastando con todo su peso la última caminata por nuestras calles, inmersos poco a poco en una red de telarañas invisibles. Y ya no había nada que hacer. Fue entonces cuando pudimos leer en el firmamento en aquella extraña caligrafía la frase definitiva, cortante, y que ya era imposible como el destino que nos aguardaba desde siempre. A los condenados a muerte de ese día se nos había cortado por la mitad nuestra sombra para ser ejecutados con toda la facilidad en cualquier lugar donde nos pudiésemos encontrar.
  
 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Luis Ignacio Muñoz.
Publicado en e-Stories.org el 10.04.2018.

 

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