Jona Umaes

La Biblioteca

Vivía sólo, con su perro Rodolfo. Un mastín color canela, de pelo abundante y lomo generoso, que daba gusto abrazar. Aficionado a la lectura, acostumbraba ir a la biblioteca municipal, su lugar preferido para leer. Allí podía estar tranquilo, sobre todo por las mañanas. La biblioteca era un edificio antiguo, descuidado, pero que habían acondicionado y remozado, dándole vida en su interior.

Sentir el aire fresco de las mañanas de finales de verano, las calles sin apenas circulación ni transeúntes, caminar un ciento de pasos hasta incorporarse al goteo de gente que arribaban a la biblioteca, le refrescaba las ideas y terminaba de despertar.

Le gustaba sentarse siempre en el mismo lugar. Podía ver una panorámica de la sala y la gente entrando y tomando sitio. La población de aquella sala era escasa en verano, pero ahora, acercándose los exámenes, se iban incorporando más de estudiantes.

Contaba 25 años, tímido sin remedio, no le gustaba llamar la atención, más bien pasar desapercibido. La biblioteca era un lugar social, aunque sólo fuera para estudiar o leer, estaba en un ambiente de igual con todos. Se sentía más integrado, ocupado en la misma actividad que el resto.
De vez en cuando se le escapaban miradas furtivas hacia a alguna chica. Aquel era un lugar de estudio y lectura, pero las chicas más coquetas no perdían la ocasión de arreglarse, también para estudiar. Cualquier sitio es bueno para pescar, pensó.

La biblioteca tenía dos secciones. Una de periódicos y revistas, asidua de los más entrados en años y otra zona con multitud de espaciosas mesas, que podían albergar hasta seis personas.
Entre los usuarios de la sala había gente peculiar, asidua al centro. Un hombre con problemas respiratorios, tosía a menudo pero el aire que exhalaba producía una especie de silbido que simulaba una risita. Al principio, los que no lo conocían, no podían evitar sonreír y algunos ahogaban carcajadas con la mano. Pasado un tiempo, formaba parte del ambiente sonoro de la sala y pasaba desapercibido. 

Entre las chicas, una en particular le gustaba muchos llevar tacones y cuando andaba, todos paraban de leer, molestos con el ruido, hasta que volvía a sentarse. Cada día lucía un conjunto distinto, presumida ella, tampoco descuidaba el peinado. Se lo arreglaba con las manos cada poco, y ya de paso, lanzaba miradas seductoras a los chicos de alrededor. Al igual que el tosedor “risitas”, la gente se habituó a su ritual con el peinado y a sus sonoras pisadas. Sólo llamaba la atención a los nuevos que llegaban, pero acostumbrándose al poco, como el resto.
Él no la veía especialmente atractiva. Igual de tímido con todas, no veía nada especial salvo su excesivo afán de lucirse. Una biblioteca no era lugar adecuado, pero ella lo sabía, y así producía mayor efecto. Se fijaba por igual en una u otra chica cuando quería descansar la vista de la lectura. Cada una con su ritual de estudio. Subrayando los apuntes con rotuladores de colores y todo muy ordenado. Los chicos, al contrario, siempre usaban el mismo bolígrafo o lápiz para todo.

Le gustaba ver el contorno de los rostros de las chicas mientras estudiaban, con la mirada hacia su estudio, con mechones de cabello descansando sobre las mejillas, y resguardándolos a continuación tras la oreja. Le seducía contemplar cómo se recogían el pelo con un movimiento gracioso de las manos. Un ritual automático hecho con tal pericia y rapidez, que apenas duraba unos segundos. Se sonreía cuando, al poco, las veía volver a soltarse de nuevo el pelo, liberando feromonas a mansalva, como velos al aire en busca de receptor.

En una ocasión tuvo que hacer una excepción y acudió a la biblioteca por la tarde. La sala se fue llenando poco a poco. Vio aparecer a la chica de los tacones por la entrada, pero antes ya se escuchaba su tac tac en la lejanía de las escaleras. Entró en pánico cuando advirtió que no quedaba sitio en ninguna mesa salvo en la suya, frente a él. Tragó a duras penas mientras observaba cómo la chica se acercaba con pasos acompasados. Tac...tac, en cadencia, un paso por segundo. El sonido seco de los tacones resonaba en la sala, haciendo añicos el frágil silencio y la concentración de los estudiantes. Se acercaba, pero parecía caminar como a cámara lenta. En tan solo 10 segundos, pero con pasos eternos, se detuvo a la altura de su mesa y escudriñó algún hueco en el que sentarse hasta que se dio cuenta que tenía sitio libre en la mesa junto a ella. El corazón no le daba a vasto, bombeando como loco, tuvo que ponerse la mano en el pecho temiendo que se le saliera. No se atrevía a levantar la cabeza. Con la mirada hacia el libro, no veía letras sino vírgulas, tal era su agitación.

Un chasquido seco trajo la oscuridad más absoluta. Todo estaba extrañamente silencioso. Quedó desconcertado e inmóvil, cuando en sus labios notó un roce suave y cálido. Le produjo tal sensación de placer, que el calor inundó su rostro y se extendió por el resto del cuerpo. Fue breve y eterno al mismo tiempo. El corazón se calmó y le pareció flotar en aguas de anhelo.

El ruido estridente del despertador distorsionó las aguas, ahora de exasperación, en las que zozobró. Se incorporó y apartó a su perro, que le estaba dando lametones de buenos días en la boca.

- Rodolfoooo... ya te vale…

El perro, más contento que unas pascuas, le sonreía a su manera, jadeando y meneando la cola. Con ladridos cortos y afectuosos le apremiaba a levantarse.

Tras el desayuno y despedirse de Rodolfo partió raudo. La biblioteca le esperaba...



Sueño
Lectura
Seducción
Timidez

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 20.08.2019.

 

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