Jona Umaes

La barca

Era medio día y Luis caminaba por las calles céntricas de Málaga con su grupo de amigos en busca de un bar para tapear. Habituado a las callejuelas angostas y recovecos, no había rincón ni negocio que no conociera. El sol caía a plomo y apenas producía sombras donde cobijarse. Apretaron el paso abriendo camino entre la gente ya que los bares se llenaban rápido a esas horas. Todos buscaban mesa al abrigo del sol y refrescarse con una cerveza. En uno de los muchos quiebros del grupo, Luis observó algo en una bocacalle que le llamó la atención. Vio la puerta de un negocio que no debería estar ahí. Extrañado, les dijo a sus amigos que siguieran y le mandaran un mensaje cuando encontraran algún sitio.

La tienda parecía una librería de libros usados a juzgar por las pilas que de ello se amontonaban en la entrada. En el centro de la ciudad se podían encontrar muchas de esas tiendas pero aquella no la conocía. Parecía haber surgido de la nada. Abrió la puerta y un colgante metálico tintineó arriba avisando de un nuevo cliente. Aquello era una jungla de objetos de todo tipo. No sólo había libros. Era como una tienda de antigüedades. Todo desordenado y lleno de polvo: Figuras de madera y plata, lámparas antiguas, televisores blanco y negro, radios con rueda para mover el dial… Todo un amasijo de artículos de diferente origen y época, sin orden ni concierto. Tenían tanto polvo que no era posible saber qué color escondían debajo si no era pasándole la yema del dedo que se volvía blanquecina.

En un rincón, sobre una estantería de madera, yacía un grupo de libros descoloridos y con la cubierta sucia. Cogió uno al azar y al abrirlo su olfato se inundó de un aroma mezcla de papel rancio y tinta añeja. Ese olor, inconfundible, a libro viejo que embriaga y por lo que muchos no abandonan la lectura en papel. El hueco que dejó el libro hizo que el resto perdiera la estabilidad y todos cayeron de lado como desvaneciéndose. Una pequeña barca alargada y metálica vio la luz. Parecía de plata con pequeñas incrustaciones de colores. Le sobrevino un impulso irresistible de tocarla. Al hacerlo se produjo un flash que le cegó y a continuación, durante unos instantes, observó cómo la tienda se había transformado. Tenía igual distribución pero distinto contenido. Ahora veía cerámicas, vasijas, platos, cestos de mimbre, telares, estatuillas... La visión duró muy poco y el corazón se le aceleró sobremanera. Le excitó tanto la visión que volvió a tocar la figura agarrándola ahora con fuerza. De nuevo el flash cegador. Todo se transformó.

No se apercibió que él también había cambiado hasta que se vio reflejado en una bandeja metálica. Desnudo de cintura para arriba, sólo llevaba una faldilla blanca y sandalias hechas con juncos. El dueño de la tienda le hablaba en un idioma extraño que jamás había escuchado. Hizo señas de que no entendía y se dirigió hacia la salida. Una cortina de tela con motivos extraños hacía de puerta. Al apartar la cortina la luz le cegó, quedando sin visión unos instantes. Aquella luminosidad superaba con creces a lo que estaba acostumbrado. Con los ojos entreabiertos y la mano a modo de visera pudo ver la calle de tierra. Los hombres llevaban una indumentaria parecida a la de él. Las mujeres llevaban falda larga y ceñida. Se cubrían los senos con tirantas anchas. Se fijó en el obelisco de la entrada de la tienda, casi de su altura, con signos tallados.

Dejándose llevar por el fluir de la gente pasaba desapercibido como uno más en aquella ciudad. Creía estar soñando y no quería despertar. Tenía curiosidad por conocer aquel lugar.

Al igual que en Málaga, las calles eran estrechas con infinidad de bifurcaciones, formando una maraña donde era fácil perderse. Algunas calles estaban cubiertas con telares, paja o techo de adobe. Las casas eran de ladrillo, de dos plantas las menos.

Sin entender el idioma tampoco quería llamar la atención intentando comunicarse. Después de un buen rato deambulando llegó a un espacio más abierto. A pocos metros un foco gigante de luz le impedía ver con claridad. Se desplazó hacia una sombra y vio un enorme río del que apenas vislumbraba el otro extremo de la orilla. Los juncos crecían salvajes y sin control en la ribera y un sol potente hacía brillar las aguas. Miles de estrellas brillantes se mecían en el agua. Barcas surcaban el río en ambos sentidos y la algarabía de los puestos de los comerciantes hacía el ambiente ensordecedor.

La sombra en la que se encontraba era el portal de un puesto de legumbres. Un padre con su hija llevaban el negocio. Cuando vio a la chica se quedó petrificado. No podía apartar la mirada de ella. La chica se dio cuenta y evitaba tímida la mirada aunque sonriendo. Hizo acopio de fuerzas y levantó la cabeza devolviendo la mirada. Los dos quedaron unidos por un hilo invisible. Él le hizo un gesto para que se acercara. Como el padre estaba receloso fingió una pregunta sobre lo que tenía más cerca.

Él sonrió al aproximarse la chica, lo que la sedujo aún más. No sabía cómo hablarle, y se presentó como pudo ayudándose con gestos. Le preguntó de la misma guisa su nombre. Ella le contestó en su idioma: “Oni”. La atracción entre ambos era evidente. A veces las miradas dicen más que las palabras. Él se fijó en una talla de madera que Oni llevaba por colgante. Era una barca, como la que encontró y le había llevado a ese lugar. Señaló el colgante y asintió como diciendo lo bonito que era. “¿Puedo tocarlo?”, intentó decir con gestos. Ella comprendió al instante y asintió. Al tocar la barca nada sucedió, como quizás él esperaba.

― ¿Te gusta?, dijo ella.
― Sí, mucho, contestó él.

Aquella barca tenía magia. Exultante de poder comunicarse en el idioma de Oni, no cabía en sí de alegría. Ella, igual de sorprendida que él, le encantó el sonido de la voz de Luis y poder comprenderle.

― Estoy perdido en esta ciudad. Vengo de muy lejos y una barca como la tuya me ha traído hasta aquí. ¿Quieres enseñarme tu ciudad?

 Espérame allí (señaló la orilla del río). Iré cuando termine el trabajo.

La espera se le hizo eterna pero al fin apareció. Pasearon por la ciudad. Hablaron largo y tendido. En tan poco tiempo el amor surgió. Ella le habló de su ciudad Tebas, de su familia, sus costumbres, y respondió a todas las curiosidades de Luis. Él también le habló de él y su ciudad y lo distinto que era todo. Sus manos se enlazaron y pasearon por la orilla del río como si siempre lo hubieran hecho.

Se sentaron sobre un promontorio donde podía contemplar mejor el río. El sol caía, tiñendo el cielo de colores cálidos y azulados. Las nubes deshilachadas dibujaban formas fugaces en el cielo. El río a su vez se tiñó de oro. Las barcas parecían moverse con lentitud, dejando una estela en el agua que nunca acababa. Los ojos de los cocodrilos se asomaban furtivamente en busca de presa y los lomos plateados de los hipopótamos se unían al juego de luces y colores que producía el sol en el Nilo.

Ella se sentía en el paraíso, apoyada en él que la abrazaba sintiéndose dichoso también.

A lo lejos comenzó a escucharse un sonido de caballos al galope. Producían un estruendo en la estrechez de las calles. El padre preocupado por la ausencia de la hija había avisado a la guardia.

Se asustaron. Voces de soldados se escuchaban cada vez más cercanas.

Luis, intuyendo el problema, cogió de la mano a Oni y corrieron en sentido contrario a la algarabía.

― Me están buscando, dijo Oni. Corremos peligro. Debes esconderte. Yo iré a casa.

― Creo que sé dónde ir. ¡Vente conmigo! Te mostraré mi hogar. Quiero que estemos siempre juntos.

― No puedo. Mi familia está aquí y no puedo abandonarles.

En una pequeña calle, al resguardo de las miradas, alejados de los soldados que la buscaban, él la besó. El tiempo se detuvo y se besaron como si el mundo acabara.

― Vete ya, dijo ella. Éste no es tu sitio. Me encontrarás en tu mundo…

Él corrió desorientado por las calles. Los caballos se escuchaban de nuevo cerca. Las lágrimas corrían por su rostro y se sentía morir al separarse de ella.

Ya casi anochecía y al fin encontró el obelisco de la tienda. El dueño estaba recogiendo la entrada, a punto de irse. Entró como una exhalación en busca de la barca. La agarró con fuerza y un flash cegador le devolvíó a su mundo.

El tiempo había transcurrido de igual manera en su ciudad. Estaba oscureciendo. Callejeando en busca de sus amigos escuchó el sonido de un mensaje. Se paró en el portal de una frutería para leerlo. Giró la cabeza hacia el interior y encontró de nuevo la mirada que había perdido en Tebas.

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 15.09.2019.

 

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