Jona Umaes

À bientôt

En el aeropuerto, a pesar de lo temprano que era, hormigueaban turistas y familiares, observando los paneles con la información de los vuelos. Eva buscaba el suyo a París, aunque sabía que había llegado con tiempo de sobra y tardaría en aparecer. A pesar de su juventud, llevaba en la sangre la pasión por viajar y ver lugares y paisajes que colmaran sus ansias, como una marea que alimenta de agua un tarro perdido en la playa y lo vuelve a dejar hambriento cuando se retira.

Habían pasado varios años desde que fuera por primera vez a la ciudad del amor. En aquella ocasión fue en verano. Ir de nuevo en fechas “semanasanteras” le iba a resultar bastante diferente. Sabía que, en Francia, en esa época, era raro el día que no lloviese, aunque fueran unas gotas, por no hablar del frío. En su cabeza también rondaban otros asuntos bien distintos de la climatología, como el encontrarse con su algo más que amigo Alain, que había conocido hacía unos meses por internet a través de una web especializada de fotografía. En aquel sitio organizaban concursos con premios sustanciosos, y era a un trampolín para los profesionales que querían dar su salto a la fama.

Alain hacía fotografía de naturaleza. Conoció a Eva a través de los comentarios que se dejaban en las fotografías. Ella no estaba especializada, ni tenía interés en cerrarse en un único tipo de fotografía. Le gustaba tocar varios palos, ya fuera arquitectura, arte, paisaje, retrato y lo que se cruzase en su paso.

Aunque estaba acostumbrada a viajar, esos nervios previos a tomar un vuelo no podía evitarlos. No es que dominara el francés, pero comprendía bastante si le hablaban “doucement”, para darle tiempo a asimilar.

Ya en vuelo, desde su asiento de ventana podía ver las nubes desde arriba, moviéndose lentamente y la tierra al fondo, moteada de casas blancas en las montañas y grandes balsas de agua para el regadío. El paisaje cambiaba a cámara lenta, pasando de grandes llanuras con carreteras en líneas kilométricas a zonas boscosas teñidas de marrón y verde. Las ciudades parecían pequeños pueblos a esa altura. Las nubes igual tenían formas deshilachadas, que formaban un lecho blanco algodonado hasta el horizonte. El sol lucía sobre las nubes sin ningún obstáculo en el cielo cristalino.

 

Sobre los pirineos vio las montañas nevadas y a partir de entonces el paisaje cambió. Al fondo, el pardo de la tierra española se transformó en grandes extensiones verdes de tierra francesa que sólo podía observar entre los resquicios que dejaban las nubes que sobrevolaban y que aparecían una y otra vez, de forma que la excepción era tener un cielo despejado por unos segundos.

El avión comenzó el descenso. Como de costumbre la presión en los oídos le molestaba sobremanera, a pesar del chicle que masticaba para mantener en movimiento las mandíbulas y que los oídos fueran adaptándose a la presión. El avión atravesó las nubes y durante algunos minutos la lluvia golpeó las ventanas, dejando largas lágrimas que no paraban de regenerarse y temblar por el viento. Las turbulencias provocaron varios baches y el avión se agitó como un juguete en manos de un niño. Al fin el cielo se abrió, quedando las nubes arriba, pero sin cejar la lluvia y el viento que seguía jugando con ellos. El avión entonces viró inclinándose hacia la izquierda para enfilar la línea de aterrizaje del aeropuerto. Al fondo se atisbaba la gran urbe, las torres de la Biblioteca y la de Montparnasse, junto a la silueta tenue de la Torre Eiffel.

 

Los taxis y numerosos coches negros estaban estacionados en la salida. Los conductores ofrecían su servicio a todo el que salía por la puerta automática de la terminal.

Eva había contratado por internet un taxi compartido, y como eran fechas de mucha afluencia turística, los trabajadores de metro y tren aprovechaban para reivindicar derechos y hacer huelga, haciendo el acceso a la ciudad caótica. Había quedado con Alain en la Estación Norte. Durante el trayecto, y tras muchos intentos, al final consiguió tener red en el móvil y envió un mensaje a su amigo para decirle que llegaba con el tiempo justo. Utilizaba Google Traductor con el teclado del móvil para poder comunicarse más fácil y rápido.

 

Cuando llegó a la estación se fue a un baño para arreglarse un poco. Aunque se habían visto en fotos, no era lo mismo conocerse en persona y quería causar la mejor impresión posible.

Alain la esperaba en el andén número trece. Era un muchacho espigado, de pelo castaño y nariz recta. Llevaba un pequeño ramo de flores, y andaba de un lado para otro impaciente.

Cuando Eva se acercó, a él se le dibujó una sonrisa tonta que no podía evitar por los nervios.

Alain no sabía nada de español. Hablaban siempre en francés.

 

― Hola Alain

― Hola Eva, encantado. Toma, para ti. -ofreciéndole las flores.

― Gracias, son muy bonitas. -siempre con la sonrisa en la boca.

 

Ella usaba un lenguaje simple porque su francés no era para tirar cohetes, pero se entendían perfectamente.

 

El tren para Normandía, donde él residía en un pequeño pueblo, acababa de salir, de forma que entraron en la cafetería de la estación a esperar al próximo.

 

A ella le llamó la atención la cantidad de negros que había. Los franceses eran todos muy altos en comparación con los españoles. Era una cosa en la que no se había fijado en su anterior visita a la ciudad, puesto que sólo fue por los lugares turísticos donde eran todos extranjeros como ella.

Tomaron café y unos dulces y charlaron sobre el viaje y si había problemas por la huelga de trenes.

 

Cuando cogieron el tren había ya poca luz, por la hora que era y por el cielo encapotado. El trayecto se les hizo corto mientras charlaban de qué iban a hacer esos días. Cuando llegaron al pueblo era noche cerrada y la temperatura rondaba los cinco grados. Había dejado de llover, aunque el viento hacía el ambiente gélido.

 

La casa de Alain estaba a pocos kilómetros de la estación, a las afueras del pueblo. Era una urbanización de casas pareadas, rodeadas de grandes extensiones de cultivos. La casa estaba caldeada, ya que el frío, allí en el campo, era más intenso. Alain dejaba la calefacción siempre puesta.

 

― ¡Qué casa más bonita! Tienes buen gusto.

― Merci beaucoup, tu es très gentil.

 

La vivienda estaba toda decorada de tonos granates y ocres. Los muebles, las paredes empapeladas, y los objetos de decoración, todo era de estilo moderno. El suelo era de parquet, para aislar más del frío.

La casa tenía dos niveles. La parte inferior era de distribución abierta. Cocina sin puerta, al igual que el resto de piezas, siempre comunicadas. En la parte superior había un dormitorio y un baño. El garaje, adosado a la casa y desde el que se accedía por una puerta interior, Alain lo utilizaba de trastero, dejando el coche en el porche, donde tenía espacio también para una pequeña zona de césped y el camino de grava para acceder a la casa.

 

Él le contó que allí pagaban mucha electricidad porque la calefacción tenía que estar contantemente funcionando, aunque regulase la temperatura más baja cuando se ausentaba. El ventanal del salón daba un jardín con cerca que lo separaba de una gran extensión abierta.


Para cenar tomaron unos filetes de ternera con una salsa típica de la región. Alain también sirvió un plato con diferentes tipos de quesos. A Eva el queso de cabra le pareció exquisito, por no hablar del vino tinto que los hizo entrar aún más en calor.

 

― En Francia tenemos los mejores quesos y vinos del mundo.

― No, no. Quizás en quesos nos ganéis, pero en vino, los nuestros son tan buenos o más que los vuestros.

― ¿Sí? No he probado nunca vino español.

― Cuando vengas a España los probarás.

 

Así, entre la competencia en gastronomía y la botella casi vacía les entró la tontería y Alain ya no aguantó más. Le dio un beso breve pero dulce que la pilló desprevenida. Tras una breve pausa en que sus miradas lanzaban fuego, se liaron sin recoger la mesa. Subieron al dormitorio entre las risas y el acaloramiento, donde la oscuridad fue testigo de la primera fusión pasional.

 

Al día siguiente salieron a ver los alrededores y hacer fotos. El día gris, lloviznando y con viento no invitaba a estar mucho tiempo a la intemperie. Fueron a ver una casa señorial. Parecía estar deshabitada, pero la puerta de acceso al recinto estaba abierta. El campo lucía verde eléctrico y una pequeña iglesia junto al edificio principal se erguía hacia el cielo. Los árboles de grandes ramas peladas y huesudas lucían troncos vestidos de liquen y hojas de plantas frondosas. Tenían que ir con paragua en mano. A pesar de todo, el paisaje le pareció a Eva encantador, por el verdor del entorno, las casas de ladrillo visto, las cabañas y los troncos apilados para las chimeneas. Los muros de piedra que delimitaban el recinto, estaban igualmente repletos de vegetación. A través de las verjas oxidadas, podían ver caminos que iban a otras casas vecinales. En comparación con el lugar de residencia de Eva, aquel paisaje podía pasar por lúgubre o melancólico, pero el contraste lo hacía más encantador.

 

― Tengo las manos heladas. -dijo ella.

― Vamos a casa y comemos algo. Luego te llevo a otro sitio. ¿Te has gustado esto?

― Sí, mucho. Parece que estoy en otra época.

 

El tiempo pasaba veloz y anochecía muy temprano, por lo que no podían ver muchos lugares en un día. Tras comer, fueron a un pueblo cercano. La arquitectura de aquel sitio era similar allá por donde pasaran: las iglesias espigadas y pequeñas, de piedra y ladrillo, estilo gótico. Las casas tenían grandes tejados oscuros y paredes de cemento, o madera.

Después de visitar el pueblo volvieron a la casa y prepararon la cena.

 

― Aquí llueve mucho, ¿no?

― Sí. En esta época del año, sobre todo.

― Espero ver el sol antes de irme, jajaja.

― Sí, pero no mucho. Aquí casi todo el tiempo está nublado.

 

Mientras él guisaba otra carne en salsa, ella preparó una ensalada. Cuando no lo recordaba, le preguntaba por los nombres en francés de los ingredientes. Alain le enseñó el trastero, donde guardaba muchas botellas de vino y otros enseres.

 

― Hoy probarás otro vino. A ver si te gusta.

― Seguro que sí.

― Aquí hay mucha variedad. Tanta como de quesos. ¿Te gusta el queso Camembert?

― No mucho.

― Hoy vas a probar el de esta región que es distinto al que conoces.

 

También le dio a probar chacina y otros productos que ella nunca había visto. Le resultó todo exquisito.

El vino también le pareció buenísimo y se bebieron la botella casi entera de nuevo, terminando la velada entre risas y mimitos.

 

El siguiente día fueron hacia la costa. De camino pararon en varios pueblos. Muchos tenían pequeños cementerios junto a la iglesia. Las lápidas siempre sobre tierra, como se hacía antiguamente, y era habitual encontrarse esculturas de ángeles y otras figuras religiosas. También vieron un cementerio en honor a los soldados americanos de la Segunda Guerra Mundial, con figuras de soldados y banderas. Y es que toda aquella región parecía estar estancada en el pasado. A Eva le resultaba muy familiar por haber visto alguna película de guerra. Las casas, las carreteras, el paisaje… Si no fuera por los vehículos, hubiera pensado que había viajado en el tiempo al pasado.

Aquel entorno rural con el cielo gris, el frío, la lluvia intermitente y el viento, la estaba embaucando, a pesar de que los dedos se le enfriaban de tal manera que llegaban a dolerle. Llevaba guantes, pero para hacer fotos tenía que quitárselos, y era entonces cuando notaba el frío intenso. Pararon a la vera de un río. El paisaje había cambiado ligeramente. Estaban adentrándose en un bosque. Vieron patos salvajes cerca. También cisnes y cuervos en los árboles. Las casas, en parcelas, estaban hechas de piedra o madera, con abundante vegetación sobre los muros y el tejado. Algunas tenían en el terreno pequeñas lagunas y puentes de madera. Las casas señoriales estaban precedidas de un largo camino, custodiado por árboles a ambos lados. Los caminos eran tan largos que la línea de árboles a ambos lados llegaba a unirse al final, y aún no se veía el edificio.

Próximos a la costa, pasaron cerca de un palacio. Junto a él, un gran lago con multitud de cisnes que sólo podían divisar a lo lejos en forma de pequeños puntos blancos sobre el agua.

Los caminos de tierra flanqueados por grandes árboles eran habituales en el paisaje. Pararon en uno donde discurría un río. Un gran cisne blanco paseaba por el agua pausadamente. Se dejaba hacer fotos sin asustarse. Parecía estar habituado a que la gente se acercara. El río acababa en una cascada espumosa y se perdía a continuación en el campo.

 

Desde la carretera, pasaron cerca de casas que tenían molinos de agua, que movía la corriente del río.

 

Eva se abrigaba con gorro de lana y guantes. Cuando llegaron a la costa e iba a bajarse del coche, iba a ponerse de nuevo el gorro y vio que no estaba.

 

― Mi gorro. No lo encuentro. -dijo angustiada.

― Se me habrá caído donde paramos la última vez.

 

Era sólo un gorro, pero llevaba tanto tiempo con él, que le tenía apego. Además, si no se abrigaba la cabeza, podía coger un resfriado en ese sitio. Al lado de la playa hacía mucha humedad y el viento era más fuerte.

 

― No te preocupes. Compramos otro en algún sitio.

― Sí. -dijo resignada.

 

La playa era pedregosa y a cada extremo, a lo lejos, podían verse montañas cortadas al tajo. El cielo se había despejado algo, y el sol luchaba por deshacerse de las nubes, que lo tapaban ahora sólo ligeramente.

Había muy poca gente en el paseo y eran lugareños. Nada de turistas. Entraron en un bar a tomar algo caliente.

 

― ¡Tres euros un café! En un bar tan pequeño… Es caro.

― Es lo que suele costar en todos lados.

 

Hicieron algunas fotos aprovechando que había algo de azul en el cielo y la luz del sol se clareaba a través de las nubes. Al llegar al coche, a Eva le dio una gran alegría al ver su gorro en el suelo, casi debajo del coche. Se le cayó al abrir la puerta y no se dio cuenta.

 

― ¡Mi gorro! Y le dio muchos besos riendo.

― Jajaja, estás loca.

― No sé qué haría sin él. Lo he extraviado muchas veces, pero siempre lo he encontrado. ¡Qué alegría!

 

Cuando llegaron a la casa era ya tarde y estaban cansados. La cena fue breve y se durmieron en seguida.

 

Fueron pasando los días tan rápido, que a Eva se le hizo corto. No paraban de ver sitios. Vieron iglesias tan grandes que parecían catedrales. Con el interior de piedra, frías y como en los demás sitios, sin turistas. Tampoco se veían gentes de lugar dentro. Estaban abiertas, pero vacías.

Vieron también, desde la entrada, la residencia-palacio de la emperatriz Sissi y una escultura en su honor. Justo al lado había un pueblo. Entraron en la iglesia, vacía para variar. Tenía colgados del techo grandes lámparas con cables, y hasta un barco a escala, que estaría ahí por alguna razón. Cuando salieron, vieron un gato negro en la entrada. Estaba tranquilo, medio dormido. Lo acariciaron y Eva lo plasmó en una imagen. Cuando iban a hacer la foto a la fachada de la iglesia, vieron al párroco venir de algún lado y cerró directamente la puerta de la iglesia con llave.

 

― ¿Has visto? Ha cerrado sin ver si hay gente dentro. -Dijo Eva.

― Sí, podíamos haber quedado encerrados.

 

Y se echaron a reír entre aliviados y divertidos.

 

Otro día fueron a una ciudad a pie del Sena. Era por la tarde, y a pesar que les llovió, más tarde se despejó y hasta vieron el sol. Era un paisaje estupendo para hacer fotos. Muchos árboles de vivos colores ocres y verdes. La tierra empapada y el verdor por todos lados. Les cogió el atardecer viendo un cementerio antiguo muy bonito, adosado a una iglesia, como de costumbre. Los colores anaranjados del cielo y las nubes, con el Sena formando eses en sus discurrir a lo lejos, era una estampa digna de fotografiar una y otra vez hasta el anochecer.

 

El paisaje de la campiña era espectacular. Igual había grandes extensiones verde, como cultivos recién recolectados. Pequeñas lomas, a distintos niveles y de tonalidades varias se perdían en la lejanía, en el que se divisaban gran número de árboles. En zonas boscosas vieron caballos y toros, algunos próximos a la carretera. Llegaron a ver hasta gacelas a lo lejos en una gran llanura verde.

Pararon para ver unos aerogeneradores, que estaban junto a la carretera. Producían un zumbido intenso y grave. Visto desde abajo eran inmensos, y el sonido que emitían sobrecogía. También, en el recorrido de un lugar a otro pasaban cerca de casas con granjas con gallos, gallinas, cabras y patos. A Eva le llamaba la atención y paraban también a verlos.

 

Alain sólo la llevó a una gran ciudad. El Havre, en la costa. Tenía edificios altos y sobrios, con formas que recordaban a la arquitectura de los países del Este. Por lo demás, era una ciudad moderna, con tranvía, un gran puerto industrial, puerto deportivo, centros comerciales, parques y grandes playas. La ciudad tenía una parte baja, hacia la playa, y otra alta sobre la montaña, donde residía la mayoría de la población.

 

Otra de las ciudades turísticas que visitaron en la costa fue Fécamp, con puerto pesquero y playas kilométricas desde donde se podía ver a lo lejos la silueta de los acantilados de Etretat. En Saint-Valery-en-Caux, comieron y vieron el puerto deportivo y la casa del rey Henri IV. Muy cerca de la playa había un cristo blanco, a la intemperie, mirando hacia el mar. Aquello era muy llamativo.

 

El día antes del regreso de Eva, visitaron el pueblo donde estaba la estación de tren del primer día. Lloviznaba como de costumbre. Mientras Alain arreglaba unos asuntos, Eva visitó una iglesia circular y baja. Todo el perímetro, a lo alto, estaba decorado con vidrieras. Por primera vez, se encontró con algunos visitantes dentro. Le sorprendió, también, ver a gente en bicicleta, paseando como en un día soleado, sin apenas abrigo, lloviendo como estaba y con un frío que calaba.

 

Eva estaba preocupada por las noticias que se escuchaban sobre la huelga de ferrocarril. Así que reservaron un hotel en el centro de París, para tener un día de margen si tenían problemas con el tren. Al menos ya se encontrarían en París y podría desplazarse al aeropuerto en otros medios, si fuera necesario.

 

De París sólo pudieron ver cosas por la tarde. Anduvieron las proximidades del hotel andando y vieron El Panteón, que estaba cerca. Fueron también a los Jardines de Luxemburgo y luego a la Torre Eiffel, que vieron desde los Jardines de Marte, ya anocheciendo.

 

Pasaron la última noche juntos en el hotel, agotados de tantos días yendo de un lado para otro y la caminata de la tarde en París.

 

― ¿Lo has pasado bien?

― Sí, me ha gustado mucho todo. Y has sido un excelente anfitrión.

 

Por la mañana, desayunaron cerca del hotel.

 

― Me ha gustado estar contigo. -dijo Eva.

― Yo también he estado muy a gusto contigo. -respondió Alain.

― Te espero en casa en unos meses. Aquello te gustará.

― Sí, estoy seguro.

― À bientôt.

― Hasta pronto, Eva –dijo Alain en un mal español.

 

Se dieron un largo abrazo y se despidieron con un beso.

 

Alain tenía que coger el metro y luego el tren de regreso y Eva el autobus que le llevase a la parada de la lanzadera del Aeropuerto. Ella tuvo la mala suerte que había calles en obras y los números de bus que tenía anotados los habían desviado por otras calles. Tuvo que pedir ayuda para saber cómo dirigirse a la lanzadera. Una viejecita muy amable la acompañó hacia un bus, que casualmente también tenía que coger, y por el camino iba diciéndole los edificios importantes que veía, como si de una guía turística se tratara.

Hasta que no se sentó en el aeropuerto, unas horas antes de la salida, no desapareció el nerviosismo por el último imprevisto.

Su mente hizo un largo recorrido de aquellos días que habían pasado juntos y las cosas que habían visto y que nunca olvidaría.
 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 14.12.2019.

 

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