Jona Umaes

Bolero

Era un día de primavera. Lucía un sol espléndido por el centro de Málaga que bullía de vida. El cielo mostraba su mejor versión, vestido con traje azul con vetas blancas por nubes. Caminaba por el Paseo del Parque repleto de gente, disfrutando del aire depurado que exhalaban palmeras, ceibas, pándanos, ficus... toda una variedad de flora que habían traído de los cinco continentes. Adentrarse en ese bosque en el corazón de la urbe era como viajar a un lugar lejano, sin moverse de casa. Las sendas serpenteaban entre aquella vegetación que impedía ver las dos vías principales de vehículos que estaban apenas a unos metros a cada lado. Ver las parejas en los bancos era como conocer en unos minutos las distintas caras del amor: recién enamorados, melosos y obnubilados, o lo que discutían regañando y lanzando reproches, y finalmente los que, con madurez serena y complaciente, se aman aceptándose sin más.

Salí de aquel vergel para incorporarme a la vía principal del parque. Aquella acera amplia permanecía indiferente al paso del tiempo. Vinieron a mi mente imágenes de la niñez con mis padres y hermanos, paseando sobre aquellas mismas baldosas que ahora evidenciaban las arrugas propias de la edad. Pasé frente al ayuntamiento, situado al otro lado de la carretera y un poco más adelante un músico callejero se acomodaba como podía en el suelo sobre una manta para protegerse del frío suelo. Junto a él había un altavoz de mediano tamaño y conectado a un largo cable que iba a parar a un reproductor de música. El hombre era de mediana edad, de rostro arado con profundos surcos, mirada apagada, desgreñado y con desaliño evidente. Su tez era clara, con una cicatriz aparatosa en su sien izquierda y con barba rala y canosa. Frente a él, una gorra del revés, con un puñado de monedas, servían de reclamo mudo.

Al verme parado observándolo, sonrió mostrando una ristra de dientes podridos entre los ausentes, que no eran pocos. Aquel hombre, en su miseria, irradiaba serenidad. Me pregunté qué clase de vida llevaba aquella persona. Quizás su clarinete y algo que llevarse a la boca era lo único que necesitaba.

Un repiqueteo de tambor comenzó a surgir del altavoz. El músico, con su instrumento, dejó escapar una dulce melodía en total armonía con la percusión de fondo. El volumen iba in crescendo y aquel hombre parecía sentir la música correr por sus venas. Las muecas en su rostro, los ligeros movimientos de la cabeza, la perfecta ejecución de aquel tema que yo tan bien conocía. Aquello me sorprendió viniendo de alguien de la calle.

Me pareció ver un halo que se expandía lentamente alrededor del vagabundo. Aquella masa etérea comenzó a envolver a los transeúntes y los hacía elevarse sin que se percataran que estaban en el aire. Continuaban su charla abstraídos. Los vehículos que circulaban por la carretera, de igual forma, se movían en el aire. Los coches de caballos, autobuses, todo lo que estuviera a pie de calle ascendía más y más hasta perderse de vista. Al cabo de un rato, todo a mi alrededor estaba desierto. Vi la ciudad como nunca, mientras la melodía continuaba repetitiva e hipnotizante, eclipsando todos los sonidos de las aves del parque, que ahora parecían dormidas.

No había un alma en los alrededores. Tan sólo yo y el músico que parecía igualmente extasiado. Ajeno a su propia interpretación, la música parecía surgir por sí sola del instrumento. Me deslumbró la belleza que escondía la ciudad, sin el ruido estridente del tráfico ni el humo de negro de los tubos de escape. Parecía llegarme el aroma de las flores de los jardines de Pedro Luis Alonso, que, aunque alejadas, sin la contaminación habitual, podía llegar hasta donde me encontraba. El agua de la Fuente de las Tres Gracias se hacía oír igualmente, a pesar de la distancia. Aquello quedó grabado en mi memoria. Sabía que nunca volvería a ver la ciudad de aquella manera. Tan solo pude ver en una ocasión la ciudad desierta, de noche, unas horas antes del amanecer de un domingo, cuando todos prefieren remolonear en sus camas sin tener que madrugar.

La música comenzó a menguar. Se acercaba el final. De repente, todos los transeúntes y vehículos que habían desaparecido en las alturas, comenzaron su descenso. Los últimos compases de la canción terminaron abruptamente, justo en el momento en que los viandantes tocaban tierra y continuaban su paseo como si nada hubiera sucedido. Todo volvió a la normalidad y el vagabundo dejó el instrumento en el suelo, tomando un botellín de agua para refrescarse.

Saqué mi monedero y le dejé un billete de 50 en el sombrero mientras le decía:

-¡Sublime!. Nunca olvidaré su interpretación del "Bolero" de Ravel.

El hombre hizo una reverencia inclinando la cabeza.

Cuando me disponía a seguir mi camino, me fijé en el viejo estuche del instrumento que descansaba junto a su dueño. Atisbé unas letras grabadas en una plaquita argentada que había perdido todo su brillo: “London Philharmonic Orchestra

Continué mi camino con la imagen del músico en mi cabeza y pensando en los vuelcos que da la vida.
 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 15.02.2020.

 

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