Jona Umaes

Apnea

         Su matrimonio hacía agua, después de quince años y un hijo en común la convivencia se tornó insoportable para ambos. Aquello no tenía solución y lo mejor para los tres era la separación. Una relación malavenida es el peor de los infiernos y el “pegamento” que representaba el hijo de ambos ya no era lo suficientemente fuerte para soportar aquel peso. Juan lo sabía bien y sobre todo pensando en el niño, que se mostraba más irritable y había bajado su rendimiento escolar. Lo primero que hicieron fue separarse físicamente, luego ya arreglarían los papeles.

        Juan sufría de ansiedad. Quizás lo llevara en los genes pero durante el matrimonio se agudizó notablemente, teniendo que echar mano de pastillas para sobrellevarla. Ahora que estaba solo, debía guardar el período de luto sentimental. Después de tantos años, tenía que irse haciendo a la idea paulatinamente de la ruptura y su tara no era precisamente una ayuda para sobrellevarlo. Por otro lado estaba el tema de la apnea. De joven, tuvo episodios y sin ser algo que le sucediera continuamente le afectaba en su día a día, teniendo despertares en los que se encontraba agotado por ese motivo. Y no era un trastorno baladí, en ocasiones se incorporaba bruscamente porque se ahogaba literalmente, luego, tras unos momentos en que se calmaba volvía a dormirse sin más, pero esos cortes en el sueño le pasaban factura por la mañana. En su época de estudiante llegaba a las clases medio dormido y durante su vida matrimonial más de lo mismo, lo cual era motivo de discusión sobre todo a la vuelta del trabajo, cuando el cuerpo decía “hasta aquí hemos llegado”, se echaba la siesta del siglo para aguantar el chaparrón luego.

       La vida de separado le vino grande al comienzo, pero tras unas semanas lúgubres comenzó a remontar. Retomó su afición por correr y quemando los extras de grasa recuperó la forma, sin embargo, el tema de la apnea se agravó, y en ello tuvo mucho que ver su problema de ansiedad que también se acentuó con la separación. Apnea y ansiedad, mala combinación según los médicos. Tuvo una mala racha en que se despertaba todas las noches con ahogamientos más o menos leves y el consecuente cansancio durante el día. Lo pudo llevar durante un tiempo hasta que una noche su cuerpo no le dio la gana respirar durante unos minutos. Se despertó tan bruscamente como un náufrago a punto ahogarse, dando bocanadas al aire buscando oxígeno cual pez fuera del agua que se le va la vida.

       Tenía mal cuerpo y se levantó a beber para refrescarse la garganta seca. Le había dado fuerte en aquella ocasión, pero habituado a esos episodios, aunque más leves, no le dio importancia y se volvió a acostar esperando dormirse rápidamente. Todo lo contrario, no conciliaba el sueño y seguía respirando con dificultad. Sintió frío y los dientes le comenzaron a castañear. Se levantó para abrigarse un poco más y volvió a la cama, pero seguía teniendo frío. El cuerpo comenzó a temblar. “Dios, qué me está pasando”, pensaba. Así estuvo un rato sin poder pegar ojo. Luego vino el mareo, tenía la sensación que iba a perder el conocimiento de un momento a otro. Eso le asustó, se levantó y comenzó a andar por la casa para entrar en calor, así estuvo un buen rato sin éxito, la sensación de frío no desaparecía. Se sentó en el sillón e intentó calmarse respirando profundo, todo eso le estaba poniendo muy nervioso y no hacía más que decirse “tranquilo, ya se pasa, respira despacio”. Nada de lo que hacía funcionaba, tenía molestia en el corazón y dolor en el brazo izquierdo. Aquellos síntomas le sonaban de algo y el mareo no se iba. Llamó a urgencias y explicó, con respiración entrecortada, lo que le ocurría. Tras preguntas exasperantes al otro lado del teléfono, el de turno le espetó que se tomase una tila doble y se calmase, que si no mejoraba llamase otra vez. Juan se contuvo y se tragó la retahíla de improperios que se le pasaron por la cabeza. Tomó la tila doble y aquello no iba a mejor, temió perder el conocimiento, cada vez le costaba más respirar. Volvió a llamar para decir que mandaran una ambulancia de una vez, que se había puesto peor. La espera se le hizo eterna en el sofá, con la cara blanca como la leche se apretaba el corazón con la mano, por el dolor. Cuando llegaron, salió por su propio pie, rechazando la ayuda que le ofrecían. En la parte de atrás del vehículo, el zarandeo le estaba mareando más aún.

      Ya en urgencias, le tomaron los datos y tras unas preguntas rápidas le inyectaron un sedante y lo dejaron en una silla de ruedas, en pleno pasillo, porque aquella noche había mucha gente esperando atención. Allí se quedó esperando a que le llegara su turno. Llamó a su padre, que ya estaba dormido, y le dijo que fuera a urgencias, que estaba esperando que le atendieran. Allí sentado, a Juan le pareció que se le iba la vida y se emocionó. No pudo contener las lágrimas, era muy joven para aquello que le estaba ocurriendo. No quería morir, tenía toda la vida por delante, y es que el dolor en el corazón continuaba y temía que fuese a peor. Cuando llegó su progenitor se calmó un poco. Tras el reconocimiento que le hicieron, la doctora le dijo que el corazón lo tenía bien, gracias al deporte que hacía, y que la reacción del cuerpo era normal al estar tanto tiempo sin respirar, que seguramente todo había sido producido por la ansiedad y que cuidase ese tema. Juan se quedó más tranquilo, pero lo que le había dicho ya lo sabía él y respecto al dolor en el pecho, la médica no le dio la mayor importancia.

       Aquella noche fue un antes y un después en su vida. Tras aquello, los primeros días se iba a la cama con el miedo en el cuerpo a que le volviera a ocurrir. Tomó cartas en el asunto pensando que cualquier noche se iba para el otro barrio, así que comenzó a confeccionar una lista de cosas que, durante tanto tiempo, había ido postergando. Le encantaba viajar, la fotografía, leer y un sinfín de cosas que tenía en la cabeza y nunca hacía. Así fue como, de haber tenido un pie en el hoyo, remontó el vuelo y descubrió la alegría de vivir. Ya no dejaba nada para el mañana, se dedicó a vivir al día. Se compró una buena cámara de fotos y no perdía ocasión para salir a viajar y perderse por los lugares más recónditos. Desterró de su vocabulario las palabras: aburrimiento, apatía, desgana y tristeza. Se apuntó en un grupo de Facebook de chistes y videos graciosos, y todos los días se hizo el hábito de verlo. Aquello que parecía una tontería no lo era tanto, descubrió los beneficios de reír a diario y lo notaba hasta en la salud. El deporte era otro de los pilares de su nueva vida, intentaba hacer un poco cada día. Se volvió muy activo sin dejar un instante en blanco en su agenda, se acostaba a veces pasada la media noche y aun así, por la mañana se encontraba fresco para ir al trabajo. Al fin le encontró sentido al dicho “El tiempo es oro”, y es que, independientemente de lo que le ocurrió, sabía que no se puede confiar en el futuro, que de la noche a la mañana te ves en un hospital y te cambia la vida por completo. No, a él ya no le iba a pillar desprevenido, fuera preocupaciones sin sentido, iba a sacarle hasta la última gota de jugo a lo que le restase de vida.

     Ganó en calidad de sueño y se deshizo de un plumazo de los ahogos continuos, pasando a ser algo anecdótico. Retomó su vida social, ahogada por un matrimonio que le exigía total disponibilidad y responsabilidad. Ahora estaba solo y era distinto, solo tenía que rendir cuentas a sí mismo. Se preguntó si con su nueva actitud ante la vida su vida familiar hubiera sido distinta. ¿Quién sabe?, pero ya no importaba. Había pasado página y solo contaba el presente.

 

Feliz es solo el hombre bien templado

que de hoy se hace dueño indiscutido,

que al mañana increparle puede osado:

"extrema tu rigor, que hoy he vivido".

 

                                          Horacio

 

 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 11.04.2020.

 

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