Jona Umaes

La puerta

             Como cada tarde, Alberto hacía footing por el gran parque que había cerca de su barriada. Correr una hora a diario le ayudaba a despegarse y mantenerse en forma. Aquel pequeño bosque de grandes árboles estaba surcado por numerosos senderos donde la gente paseaba o hacía deporte y los niños se entretenían con sus juguetes. Muchas parejas se echaban en la hierba al cobijo de los tilos y una nube de corazoncitos invisibles se elevaba hacia el cielo, siendo esparcidos por la suave brisa que mecía ramas y plantas. Era finales de primavera y el calor había llegado para quedarse. Los días se alargaban y la noche se hacía esperar cada vez más.

             Normalmente hacía su recorrido dentro del parque y aunque pasara una y otra vez por los mismos caminos, iba variando la ruta para que no le resultara tan monótono. Pero en esa ocasión se le ocurrió salir del parque y continuar por la acera durante un ciento de metros hasta llegar a un descampado abandonado. Allí no había carriles marcados y tenía que tener mucho cuidado con las piedras que se iba encontrando, alguna de considerable tamaño, que podían hacerle tropezar o pisarlas en un despiste y doblarse un tobillo. Igualmente había grandes clavos oxidados y objetos metálicos esperando herir el pie de algún incauto. En aquel erial yacían todo tipo de desechos: somieres, neumáticos, sillones, televisores y hasta llegó a encontrarse el esqueleto de un coche. No veía a otros corredores por allí, estaba solo, y pensó que sería mejor dar la vuelta porque se estaba haciendo tarde, pero en ese momento vio algo que le llamó la atención. A cincuenta metros vio una puerta en pie, con su marco correspondiente, en una pequeña loma en medio de la nada. Era de madera y aún conservaba su tirador de hierro medio oxidado. Lo mantenía en su posición natural unas sujeciones a cada lado, clavadas en la tierra. Cuando estaba llegando aminoró la marcha e hizo el último tramo andando sin dejar de observarla y preguntándose quién habría dejado aquello allí y por qué motivo. Una vez llegó, la observó detenidamente. La hoja estaba rajada en muchos puntos, había perdido su protección de pintura y mostraba zonas muy deterioradas, surcadas por mil arrugas. Como un crío incapaz de dominar su curiosidad asió el tirador y abrió la puerta. Al otro lado obviamente estaba el descampado, así que la cruzó y comenzó de nuevo a correr de vuelta para su casa mientras, con una sonrisa en la boca, se reía interiormente de lo que acababa de hacer.

             Una vez en la entrada de su portal, introdujo la llave en la puerta pero esta no terminaba de encajar bien en la cerradura por lo que tampoco podía girarla. La sacó y miró de cerca por si hubiera algo introducido en la hendidura. No vio nada, parecía estar bien. Como no pudo entrar pulsó en el portero de un vecino para que le abriese. Una voz metálica surgió por el altavoz, tras la malla de puntos.

—¿Si?
— Hola Eduardo, soy Alberto. Perdona que te moleste, es que no puedo entrar, no sé qué le pasa a la cerradura. ¿Puedes abrirme, por favor?
— ¿Alberto?, no conozco a ningún Alberto. Creo que se ha equivocado de portal. —y colgó sin más.

Se quedó pensativo, igual se había despistado y estaba en otro bloque, todos eran similares en su barriada. Miró el número situado sobre la puerta, no se había equivocado. La contestación de su vecino tampoco le pareció normal, si se conocían desde hacía años. Tocó el portero de otro vecino.

—¿Quién es? —esta vez escuchó la voz de una mujer.
—El cartero, ¿me abre por favor?
—¿A estas horas? —Alberto volvió a pulsar el botón.
—Vale, vale, ¡que me va a dejar sorda!

             Un sonido eléctrico surgió de la puerta, señal de que tenía vía libre. Una vez en el portal, se dispuso a entrar en su casa pero de nuevo la cerradura se resistía. ¿Pero qué pasa hoy? pensó. Tras un rato intentando introducir la llave, de repente la puerta se abrió.

—¿Se puede saber qué está haciendo? —Aquello descolocó a Alberto.
—Estoy intentando entrar en mi casa, ¿quién es usted? —dijo con tono airado.
—¿Cómo que su casa?, lárguese si no quiere que llame a la policía.
—Pero... —el otro cerró la puerta de golpe, dejándole con la palabra en la boca.

Alberto no se achicó y comenzó a tocar insistentemente el timbre y a aporrear la puerta. Esta se abrió de nuevo y apareció el hombre con un bate de beisbol.

—¿Cómo le tengo que decir que se largue? —dijo alzando el bate de forma amenazadora.

             Alberto se echó para atrás asustado y dio media vuelta saliendo del portal. No podía creer lo que estaba ocurriendo. Aquel era su bloque, estaba claro. No había confusión posible. Aquello no se podía quedar así. Cogió su coche y se dirigió a la comisaría de policía. Una vez le tocó su turno, habló con un funcionario para interponer una denuncia. Cuando el policía le pidió el carnet y lo buscó en el programa del ordenador, siempre le saltaba el aviso de “No encontrado”.

—¿Qué le pasa a esto hoy? No hay manera de que encuentre el DNI. ¡Ya lo he metido tres veces!

             Desesperado se lo dio a un compañero para que lo buscase, por si le estaba fallando el ordenador. El resultado fue el mismo. Por más que lo intentaba el programa no encontraba los datos de Alberto. Los dos policías observaron el documento y parecía todo correcto.

—La verdad es que no lo entiendo, acabo de atender a otra persona sin problema. Disculpe, debe haber una incidencia en la red porque no encuentra su documento de identidad. Vuelva en otro momento si no le importa.

             Vaya día que llevo, pensó Alberto. Primero lo de casa y ahora el DNI. Bueno, paciencia, no perdamos los nervios. Cogió de nuevo el coche y se dirigió a casa de sus padres. En algún lado tendría que quedarse mientras solucionaba lo de su vivienda. Cuando llegó, aprovechó que estaba entrando una vecina del bloque para pasar tras ella. Tocó el timbre del piso y en la puerta apareció su padre.

—Hola papá. No te vas a creer lo que me ha ocurrido. Iba a…
—¿Perdone?, mire es tarde y no tengo tiempo de bromas. Yo a usted no le conozco de nada. —Alberto se quedó cuajado, sin saber cómo reaccionar. Tras unos segundos en blanco al fin logró articular algunas palabras.
—Pero papá, soy yo, Alberto, tu hijo.
—Le repito que no sé quién es. ¿De dónde se saca que es mi hijo? Yo no tengo hijos.

Al ver que Alberto se le desencajaba el semblante y hacía amago de caerse por el shock, el hombre le dijo preocupado:

—¿Se encuentra bien? Tiene mala cara.
—Yo…, no puedo creerlo —dijo en un susurro, a punto de derrumbarse.

El otro lo asió del brazo para evitar que acabara cayendo y le ayudó a pasar a su casa. Lo llevó al salón y le ayudó a sentarse en el sillón.

—Espere un momento, voy a traerle un vaso de agua.

             En la cocina, la mujer comenzó a echarle una reprimenda al marido, que cómo se le ocurría meter en la casa a un desconocido. El marido le explicó que se iba a desmayar, que en cuanto se recuperase le acompañaba a la salida. Ambos fueron al salón y el hombre le dio el vaso a Alberto.

—¿Se encuentra mejor? —dijo el hombre.

Alberto al ver a la madre, dijo:

—Mamá, ¿tú tampoco me reconoces?

La mujer se quedó extrañada. Pensó que Alberto estaba desvariando y disimuladamente apretó el brazo del marido, como diciéndole que sacase a aquel loco de la casa.

—Tiene mala cara. Beba un poco de agua, le sentará bien —dijo la mujer.
—Ya veo que no me reconocéis — dijo en una pausa después de tomar un trago—. Esto es una pesadilla, pero puede demostraros que realmente soy vuestro hijo —Sacó su carnet y lo mostró.
—¿Verdad que os llamáis Julia y Pedro? Os casasteis el trece de agosto de mil novecientos ochenta, tenéis dos hijos, Pedro, mi hermano mayor, y yo. Tú, papá, has trabajado de farmacéutico y tu mamá, de maestra de primaria. Los dos sois de Frigiliana y casi toda nuestra familia es de allí.

La pareja no cabía en su asombro de todo lo que escuchaban. ¿Cómo era posible que supiera todas esas cosas aquel desconocido?

—¡Basta ya!, ¿quién es usted?, ¿cómo sabe todas esas cosas? —saltó la mujer.
—Os lo estoy diciendo, soy vuestro hijo. ¿Por qué no me reconocéis? —Alberto estaba a punto de deshacerse en lágrimas.
—Sí, tuvimos un hijo llamado Pedro —dijo el hombre con tono apenado—, pero murió siendo joven en un accidente. Cayó a un pozo en el campo.
—¡Nooo!, yo estaba con él en aquel momento y lo cogí a tiempo para que no cayese —dijo Alberto alarmado.
— ¡Deje de decir sandeces! —le espetó la mujer— Termínese el agua y salga de nuestra casa.

El hombre acompañó a Alberto a la salida y antes de salir le dijo con el semblante melancólico:

— No sé cómo puede saber todas esas cosas de nosotros. Mi mujer, a raíz de aquello, tuvo una depresión muy fuerte y decidió que no tendría más hijos. Por favor, no vuelva por aquí.

             Alberto salió a la calle hundido. Cuando se metió en el coche ya no pudo contener más las lágrimas mientras pensaba por qué le estaba sucediendo todo aquello. Sin casa, sin familia, cogió el teléfono y llamó a su pareja. Al otro lado de la línea, la voz de una mujer respondía extrañada por la llamada. No conocía a ningún Alberto y colgó. Insistió llamándola de nuevo, porque no le había dado tiempo a explicarse, y ella le dijo que no la molestara más, que la próxima vez sería su marido quien respondiese.

             Tras los tres primeros mazazos aquella reacción se la esperaba, pero no se resignó y uno por uno fue llamando a sus mejores amigos. De todos obtuvo la misma respuesta. Aquello le superaba, se sentía el ser más desvalido de la tierra. Fue con el coche cerca de su trabajo y aparcando en un sitio algo resguardado, pasó la noche en la incomodidad del asiento, pensando y dándoles vueltas la cabeza hasta que se quedó dormido.

             Cuando amaneció, salió a desayunar al bar que solía acudir en el descanso de su jornada laboral. Tenía un aspecto deplorable, aún con la ropa de deporte, sin afeitar y despeinado. El que servía en la barra lo miraba desconfiado. Por supuesto no le reconoció, eso ya lo daba por hecho Alberto, pero él solo quería echarse algo al estómago, vacío desde la media tarde del día anterior. En el aseo, se atusó el pelo y refrescó la cara. Se dirigió a su trabajo y cuando llegó al edificio, en la conserjería no encontró su amigo Pablo. Años atrás, le había echado un cable, recomendándole en su empresa para trabajar en la recepción. Se encontraba sin empleo y deprimido por haber cortado con su novia. Pablo nunca supo cómo agradecerle lo que había hecho por él sacándolo del hoyo en que se encontraba, pero ahora él tampoco estaba allí. Paso de largo y aunque el recepcionista le preguntó que a dónde iba, hizo caso omiso y comenzó a correr, cogiendo el ascensor con la intención de ir a su puesto de trabajo. Cuando llegó, vio en la entrada a una mujer que no era su secretaria. Igualmente pasó de largo y abrió de golpe la puerta del despacho. Un grupo de personas alrededor de una mesa oval atendían la presentación de un ponente y todos volvieron la vista para mirarle ante el estruendo de su llegada. Alberto recorrió con la mirada la estancia y a los presentes. Todos eran desconocidos y nada estaba como él esperaba. El vigilante de seguridad y el conserje entraron, tras unos segundos, a la carrera y ambos le agarraron de los brazos para llevárselo.

—Disculpen, se ha colado este intruso en el edificio y no hemos podido retenerlo antes —dijo el vigilante.

             Se lo llevaron sin dificultad. Alberto no opuso ninguna resistencia, era un hombre sin vida, ya no le quedaba nada, toda su existencia anterior había desaparecido. Una vez en la calle, caminó a la deriva, sin saber donde ir. Se encontró a varios indigentes, tumbados sobre cartones en la acera, harapientos y con la piel ennegrecida de la suciedad adherida. Él era uno de ellos, un don nadie, un solitario que lo había perdido todo sin saber la razón.

             Finalmente regresó a su coche y se dirigió al parque donde solía correr. Una vez aparcó, paseó por los senderos e hizo el mismo recorrido al que estaba habituado. Salió del recinto y continuó andando hasta llegar al descampado. A lo lejos vio la puerta que tanta gracia le hiciera el día anterior. Fue hacia ella y se paró de nuevo para observarla.

—Hola vieja amiga. De nuevo nos encontramos. Te parecerá mentira, pero me siento el ser más desamparado sobre la tierra. Tú, sin embargo, luces muy bien a pesar de todo, vieja, solitaria, maltratada por la intemperie, pero erguida y orgullosa en esta nada. ¿Cuál es tu secreto?

Entonces, vio unas palabras grabadas en la madera que le habían pasado desapercibidas la primera vez que estuvo allí.

“Si sales a través de mí, volverás a entrar con algo nuevo en tu mochila”

             ¿Salir?, ¿entrar? Rodeó la puerta y la volvió a cruzar, entrando como decía la inscripción. Ahora ya no sonreía como la primera vez. Cuando anduvo un ciento de pasos, volvió la vista atrás y se despidió mentalmente de ella. Llegó al parque y se paró en un quiosco para comprar un paquete de pipas.

—Tienes mala cara, Alberto. ¿Van bien las cosas?

Aquellas palabras le sonaron a gloria. Se le dibujó una tremenda sonrisa en la cara y comenzó a reírse.

—¿Qué te pasa? ¿Vienes medio moribundo y ahora te da un ataque de risa?

Alberto entró en el quiosco y dio un fuerte abrazo a su amigo mientras le decía:

— Gracias, no sabes la alegría que me has dado.

             A continuación, se fue corriendo hacia su casa como alma que lleva el diablo. Cuando llegó y quiso introducir la llave en la cerradura del portal le temblaba la mano. Encajó a la perfección. Igual ocurrió con la puerta de su casa. Una vez dentro se sentó en el sillón, reclinó la cabeza hacia atrás y suspiró profundamente. Lo primero que hizo fue llamar a su novia.

—¿Elisa?
—Hola cariño. ¿Dónde te metes? Estaba preocupada. Ayer te estuve llamando y el móvil decía que tu número no estaba disponible.
—No sabes lo que me ha ocurrido, luego nos vemos y te cuento. Voy a llamar a mis padres. ¡Te quiero!
—Ja, ja, ja. Yo también te quiero. Hasta luego.

Habló con su padre, quería asegurarse que todo estaba en orden y preguntó por su hermano. Poco a poco fue tranquilizándose, todo había vuelto a la normalidad.

             Con aquello que le sucedió, Alberto se dio cuenta de una cosa de la que nunca se había percatado. No es solo que cada persona sea un mundo, con sus peculiaridades e idiosincrasia. Yendo más allá, forma parte de una red de personas, todas interconectadas y dependientes entre sí, su círculo cercano y único que a su vez interactúa con el resto de círculos de personas desconocidas. Cuando él experimentó su inexistencia, todo cambió. Sus seres queridos tenían otras vidas, su novia se había casado con otro, no pudo salvar a su hermano, ni su amigo trabajaba en su empresa. Un torbellino de cambios que conformaba un nuevo mundo, y tan solo porque él faltaba. Era como quitar un naipe de un castillo, para que todo se desmoronase. Aquel pensamiento le produjo vértigo y una sensación aplastante.

Todos y cada uno de nosotros formamos la realidad que vivimos y no otra.

Ahora, sé tú el protagonista. ¿Cómo sería tu mundo sin ti?
 
 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 25.04.2020.

 

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