Jona Umaes

El reloj

 

—Luis, ven a aquí un momento.

—Abuelo, no me vayas a contar otra de tus batallitas, que no tengo ganas.

—Ven, te digo. Que te voy a dar una cosa.

 

Luis se acercó. A pesar que quería mucho a su yayo, en plena adolescencia, tenía poca paciencia para escuchar otra de sus historias.

 

—Mira este reloj.

 

          Luis lo cogió. Era antiguo, de agujas, con la esfera dorada y tan solo tres números indicando el primer y tercer cuarto junto con la hora en punto. Estaba algo descolorido, pero el cristal no tenía ningún arañazo. La correa, negra y de cuero, tampoco presentaba gran desgaste. Estaba muy cuidado.

 

—¿Te gusta?

—Es viejo.

—Ya sé que tiene muchos años. Yo lo lucía cuando era joven y llamaba mucho la atención.

—Me gustan más los digitales.

—Este reloj no necesita pilas ni cargador.

—¿No?

—No, mira. ¿Ves esta ruedecita?. Pues si la giras durante un rato, es como si lo cargases de energía para que funcione todo un día.

—Ja, ja, ja, un día es muy poco…

—Bueno, para tener ochenta años, es bastante.

—¡Ochenta años! ¿Tanto?

—Sí.

—Quiero que te lo quedes. Es especial, ¿sabes?

—¿Por qué?

—Ya te darás cuenta. Póntelo, a ver cómo te queda. Ya le he dado cuerda.

 

Se lo colocó y le quedaba como anillo al dedo. Era del tamaño justo, sin sobresalir en exceso de su joven muñeca.

 

—Te queda muy bien.

—No está mal.

 

Luis disimulaba, pero el reloj le encantaba. A pesar de ser viejo, sabía que nadie llevaba uno como ese. Le daría un toque de distinción.

 

Cuando el padre se lo vio puesto, le dijo:

 

—¿Y ese reloj, de dónde lo has sacado?

—Me lo ha dado el abuelo. Dice que era suyo y que es muy bueno.

—Cuídalo bien. Es una reliquia.

—Sí— dijo orgulloso Luis.

 

Esa noche cuando se fue a dormir, no podía conciliar el sueño por el leve ruido del segundero del reloj. Tuvo que meterlo dentro del armario para no escucharlo.

 

Al día siguiente, desayunó y justo antes de salir de la casa para ir el instituto se acordó del reloj. Subió corriendo a su habitación y se lo colocó, sin pararse a darle cuerda.

 

          Una vez en clase, el profesor puso un examen sorpresa y mientras estaba reconcentrado en su pupitre con las preguntas, tuvo una sensación extraña. No escuchaba nada a su alrededor. Levantó la cabeza y todos aparecían como en una imagen congelada. El profesor en disposición de dar un paso, mirando hacia adelante y sus compañeros cual estatuas, con el bolígrafo en la mano. Se quedó boquiabierto, no se lo podía creer. Le dio por mirar la hora y observó cómo las agujas estaban igualmente quietas. Dio varios toques con el dedo sobre la esfera de cristal y la reliquia hizo un último esfuerzo para seguir su curso. Al mismo tiempo que ocurría aquello, durante esos instantes, todo a su alrededor volvió a la vida. El reloj, ya sin fuerzas, se detuvo de nuevo, al igual que sus compañeros y profesor. Inmediatamente asoció, aunque le pareciera increíble, el movimiento de las manecillas con el movimiento general a su alrededor. Comenzó entonces a darle cuerda, girando la corona hasta su tope. En ese momento todo volvió a la normalidad. Intentó olvidar el asunto y terminar el examen. Luego ya tendría tiempo de pensar y comentarlo con su yayo.

 

—¿Abuelo, sabes qué me ha pasado esta mañana con el reloj?

—Ya te has dado cuenta, ¿verdad?

Sííí, se paró y con él todo a mi alrededor. No me lo podía creer. ¿Cómo es posible?

—No lo sé. A mí también me ocurrió cuando lo usaba, solo sucede si lo llevas puesto. Pero, hay algo más.

—¿El qué?

 

El abuelo esbozó una sonrisa pícara y se marchó dejándolo en ascuas.

 

—¡Abuelo!...— dijo Luis decepcionado y al mismo tiempo intrigado.

 

          Subió a su cuarto y se echó en la cama. Con las manos bajo la nuca, mirando al techo, le daba vueltas a la cabeza, pensando en lo que había ocurrido y qué podía ser lo que su abuelo le ocultaba. Se incorporó y observando atentamente el reloj, pensó que, si podía parar el tiempo, quizás podría manejarlo a su antojo. Tiró ligeramente de la pequeña corona y giró las manecillas hacia atrás dando varias vueltas. Lo que sucedió entonces le provocó una sensación de mareo, como si estuviera subido en una atracción de feria que girase vertiginosamente. Todo a su alrededor se movía a velocidad de relámpago, y él mismo cambiaba de lugar con ese movimiento. Era como si rebobinase todo lo que había sucedido momentos antes. Cuando dejó de darle vueltas a la corona, se vio de nuevo entrando en el instituto por segunda vez ese día.

 

—¡Madre mía! ¡qué flipe!

 

          Entró en su clase, pero como no quería volver a revivir lo sucedido por la mañana, tiró de nuevo de la ruedecilla para adelantar la hora hasta el instante en que estaba en su habitación. De nuevo las imágenes se sucedían precipitadas. Ya en su cama, le entró un ataque de risa, excitado por la experiencia, hasta que se calmó. Pero su mente no quiso parar de elucubrar y le rondaron varias ideas por la cabeza. Como era ya la hora de comer, lo dejó para la tarde.

 

          Una vez en la mesa, almorzando con su familia, Luis observaba a su abuelo. Este lo notó y levantando la vista del plato, al instante advirtió que su nieto había descubierto el poder del reloj y le hizo un guiño de complicidad. Sonriendo, el otro bajó la mirada para disimular. No quería que sus padres supieran su secreto.

 

          Ya por la tarde, se dispuso hacer uno de los experimentos que había pensado. Adelantaría las manecillas unas cuantas horas, a ver qué sucedía. Así lo hizo. De nuevo todo giró a su alrededor y cuando paró de darle vueltas a la corona se encontró en otro lugar. Estaba en una calle cerca de su casa. El reloj de una parada de autobús que tenía al lado marcaba las 20:05, justo donde había detenido las manecillas Luis. Pensó entonces que podría adelantar aún más, hasta el día siguiente, mirar el resultado de la primitiva y regresar al día anterior para jugar la apuesta. Con un poco de “suerte” podría cambiarle la vida, a él y a todos los suyos. Así lo hizo, se fue hacia el futuro un día y luego regresó al instante inicial, en su habitación. De tanto ida y venida, se estaba acostumbrando a los traslados temporales y ya apenas notaba mareo. Por la tarde, se fue a la administración de loterías más próxima y apostó la combinación, de la que tomó nota, para el día siguiente, pero le extrañó que las cosas no sucedieran tal como en su viaje en el tiempo. No se detuvo cerca de ninguna parada de autobús.

 

          Al día siguiente, cuando vio el resultado de la lotería, el número no coincidía con el que tomó nota en su aventura temporal. Se preguntó qué había podido suceder. Dándole vueltas al tema llegó a la conclusión que el futuro que vio era producto de su presente en el momento de adelantar las agujas. Al cambiarlo, comprando lotería, a la que nunca jugaba, cambió a su vez el futuro.

 

          Repitió la experiencia, de nuevo, ese mismo día. Le quedó mal sabor de boca con el tema de la apuesta. Adelantó el reloj unas horas. Se encontró entonces en el hospital. La madre había tenido un percance en la cocina. Mientras hacía la comida, algo de agua cayó en el aceite hirviendo y en el crepitar de este, una gota le llegó hasta el ojo, produciéndole una quemadura muy dolorosa. Estaba muy asustada, temiendo que le afectase a la vista.

 

          Luis volvió a su presente y se preocupó de que aquel incidente no ocurriera. Así fue, se quedó en la cocina con su madre mientras preparaba el almuerzo, logrando impedirlo. De esa forma se dio cuenta el verdadero valor del reloj. Podía evitar con él accidentes o fatalidades que pudieran producirse en su entorno.

 

          Comentó la experiencia que había tenido con su abuelo y este le dijo que él ya había pasado por aquello. Hacía como él, evitar percances futuros a sus seres queridos o conocidos. Pero dejó de hacerlo por algo que le ocurrió, guardando el reloj para no volverlo a utilizar. Le contó que, en una ocasión, se adelantó unas horas en el tiempo. Vio cómo su vecino de entonces tenía un accidente en la puerta de su casa. Un conductor borracho se lo llevó por delante al salir a tirar la basura. Estaba muy grave y se temía por su vida. Así que, cuando regresó a su presente de entonces, evitó que ocurriera el accidente. Hasta ahí todo fue bien, pero ese mismo día se enteró de que el vecino y su esposa habían fallecido por la explosión de la bombona de su cocina. Aquello le marcó sobremanera y le produjo un sentimiento de culpa que tardó en superar. Por evitar el atropello se desencadenó otra tragedia peor. Eso le abrió los ojos y se dio cuenta de que el futuro era imprevisible y que era mejor dejar que las cosas que tenían que suceder, sucedieran.

 

          Además, le avisó que el reloj se podría estropear con tanta manipulación, teniendo consecuencias imprevisibles. Lo mejor era usarlo para lo que estaba pensado, saber la hora y nada más. Si quería revivir alguna circunstancia feliz que hubiera tenido unas horas antes, tampoco estaba mal. Él lo había hecho también, pero siempre con moderación.

 

—¿Y si regreso al pasado unas horas y cambio alguna situación negativa que haya sucedido para que no ocurra?— dijo Luis.

—Eso es peligroso, porque cambiarías el presente. Cuando regresaras a él, todo sería distinto y podría ocurrir lo mismo que al cambiar el futuro, las consecuencias serían imprevisibles porque no puedes controlar todo lo que sucede, ni a ti, ni a los demás. Preocúpate de tu presente, que es lo único sobre lo que puedes tener control. El resto no está en nuestras manos.

 

          Luis, tras pensarlo detenidamente y algo decepcionado, devolvió el reloj a su abuelo para que lo guardara de nuevo. A su vez, su yayo quedó satisfecho al conseguir que su nieto aprendiera una lección que nunca olvidaría.

 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 13.06.2020.

 

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