Jona Umaes

El estanque

          Aquella parte del bosque en el extremo de la urbe era nueva para ella. Tener una zona verde amplia y frondosa tan cerca de la ciudad era un lujo para sus habitantes. Numerosos senderos la surcaban y hasta allí se desplazaban familias, parejas y deportistas para respirar aire limpio y disfrutar de la tranquilidad. María, con una pequeña mochila a sus espaldas, tomó un camino que se desviaba de una de las vías principales, más concurrida. El sendero, aunque marcado en la tierra, parecía poco transitado. Numerosas plantas habían crecido a su alrededor, invadiéndolo, por lo que apenas era visible. Se alegró de encontrarse sola, lejos de las miradas y el griterío de los críos. Era medio día y la luz del sol se filtraba entre las ramas que mecía la ligera brisa que surgía por momentos. El verdor lo inundaba todo, los pajarillos trinaban y sol encendía las hojas verdes cuando lograba esquivar la maraña de ramas.

          Continuó por el sendero durante quince minutos hasta que llegó a una casa abandonada. Los muros derruidos dejaban ver el interior. Las vigas de madera, los restos de una chimenea y la negrura de las paredes interiores le evocaron recuerdos de la situación dramática que vivió hacía unos años. Sintió escalofríos y al mismo tiempo una sensación del calor extremo, rememorando el incendio de la que fue rescatada y que le dejó el rostro cicatrizado, al igual que su cuerpo. El camino que llevaba a la casa lo bordeaba un seto que le superaba en altura. Contemplar aquellos restos hizo que resurgiera parte del dolor mental y físico que tanto trabajo le costó dominar. Se dio media vuelta y cuando apenas llevaba unos metros andados tropezó con una piedra que le hizo perder el equilibrio. Cayó de lado sobre el seto y por la fuerza de la inercia lo atravesó quedando al otro lado del mismo. El roce de las ramas le había arañado brazos y piernas, las cuales llevaba al descubierto.

          Sentada en el suelo, blasfemó por la mala fortuna y al ver las líneas de sangre en su piel. Cuando se incorporó, se percató de que estaba en un jardín. Numerosos rosales de flores con colores vibrantes decoraban aquel recinto en cuyo centro lucía un estanque donde la luz de sol chispeaba sobre la superficie lisa. El contraste de la vegetación del bosque que había recorrido con aquello era evidente. Se preguntó quién sería el que se encargaba de mantener aquel vergel que rezumaba belleza allá donde dirigiera la mirada. Se paseó entre las flores, extrañamente lozanas, sin asomo de deterioro. Aquel lugar eclipsó por completo los malos recuerdos de hacía unos momentos, frente a la casa abandonada. Se acercó al estanque de agua cristalina. Enormes nenúfares cubrían parte del agua, entre los que lirios, lilas y flores de loto lucían con vivo colorido. En las zonas libres de plantas, peces de colores se contoneaban con movimientos armoniosos o simplemente permanecían quietos.

          María se tumbó al borde del estanque para observar con detenimiento a los peces. Sacó un sándwich que comenzó a devorar con ansia. Estaba hambrienta. Tiró una pequeña miga de pan sobre el agua y rápidamente un pez asomó la cabeza para zampársela con gusto en un movimiento rápido. Otros peces que habían percibido el impacto de la miga sobre el agua, quedaron a la expectativa al llegar demasiado tarde. Volvió a tirar una nueva miga y otro pez sacó su boca para comérsela. Pronto, todos los peces del estanque acudieron donde María echaba las migas. Se arremolinaban bajo el agua esperando su oportunidad, lo cual agradó sobremanera a María porque el estanque transparente se transformó de repente en un lienzo pintado de vivos colores en movimiento. María estaba disfrutando como no lo hacía desde hacía mucho tiempo.

          Aquel lugar era encantador. Una vez tiró la última miga de pan, los peces fueron retirándose paulatinamente al ver que no llovía más comida. El último de los peces que quedó en el lugar lucía un traje azul y verde de líneas sinuosas. Las branquias áureas bermejas y los cercos verdosos de los ojos le daban una apariencia festiva. De repente asomó la cabeza y le dijo con una vocecilla minúscula “Gracias”, escabulléndose como un rayo bajo el agua. María se quedó de piedra con la escena.

          Todo aquello le parecía un sueño, el jardín, las flores, los peces. Cuando la superficie estaba a punto de calmarse por la fuga del último pez, María se vio reflejada en ella. Su rostro oscilaba suavemente en el agua ondulada. Para su sorpresa, la imagen carecía de las cicatrices que contemplaba cada día en el espejo de su baño. Verse de nuevo con su apariencia sana la emocionó. Se quedó embobada con su reflejo, el cual había cesado de moverse y lucía quieto como una foto.

          La visita a aquel jardín había sido como un baño de alegría. Nunca hubiera imaginado un lugar tan adorable, pero se hacía tarde y debía volver. Se incorporó y miró a su alrededor, intentando localizar alguna salida en el seto. No la había, así que se aproximó al lugar por donde había caído y como las ramas del seto habían cedido por su paso, esa zona estaba algo más abierta que el resto. Podría traspasarlo de nuevo con más facilidad. Durante el tiempo que había permanecido en el jardín había olvidado sus arañazos. Observó de nuevo la señales en su piel. Retrocedió unos pasos y se abalanzó sobre el cerco de espaldas a él y con los brazos encogidos para evitar el mayor número de roces posible. Cayó al otro lado, sobre el camino. A pesar de escozor, volvió a su casa contenta de haber descubierto un lugar que nadie conocía y al que podría volver cuantas veces quisiera. La próxima vez acudiría con brazos y piernas cubiertos para sobrellevar mejor el suplicio de atravesar el seto.

          Por el camino de vuelta, su mente continuaba en el estanque, en el reflejo del agua, los peces y las flores del jardín. Una vez en casa, cenó y preparándose para dormir, contempló en el espejo del baño su rostro cicatrizado. Fue un postre amargo para un día espléndido, pero esa era su realidad y tenía que aceptarlo. Aquella noche soñó con su estanque y los peces de colores.

          Al día siguiente volvió al bosque y fue en busca de su jardín secreto. Atravesó el seto protegiéndose brazos y piernas. Se sentó al borde del estanque a contemplar el agua. Mientras comía, iba soltando pequeñas migas al agua. Los peces acudieron de inmediato. Solo cuando no tenía más comida para compartir, de nuevo el pez del día anterior sacó la cabeza y dijo con su vocecilla “Gracias guapa”, haciendo sonreír a María. Volvió a mirar su reflejo en el agua y una vez más pudo observar su rostro suave, sin cicatrices ni arrugas deformes. Se palpó su piel áspera sin perder de vista la imagen en el agua. Vio como sus manos acariciaban una piel sana y suave.

          Así, día tras día acudía al estanque para verse hermosa en su espejo líquido. Los peces se habituaron a ella y esperaban su llegada con impaciencia. Ya no tenían miedo de su presencia ni se escabullían. Al contrario, parecían darle la bienvenida cuando la veían aparecer, alborozados. Hasta podía darles de comer con la mano, ellos se acercaban sin temor y comían de sus dedos.

          Una noche, después de cenar, se dirigió al baño y al verse en el espejo, sucedió algo inesperado. Las cicatrices que marcaban su rostro ya no le eran tan desagradables. Permaneció un buen rato contemplándose y luego se acostó. Antes de dormirse pensó en ello. Aquello era la evidencia de que había cambiado su forma de verse y juzgarse, quizás porque su estado anímico era mejor. Sus visitas al estanque la habían transformado, desterrando el autorrechazo por su rostro cicatrizado. Había vida más allá de su apariencia. El jardín del estanque era una prueba de las maravillas que había por descubrir y que le pasaban desapercibidas por amargarse la existencia a causa de su tara. Una vez aceptó lo que no podía cambiar, su mente se abrió y pudo ver la realidad y a ella misma con otra perspectiva.

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 11.07.2020.

 

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