Jona Umaes

Creencias

          Educado en una familia religiosa, José, de pequeño, iba todos los domingos a misa con sus padres y hermanos. En la iglesia se aburría. Se sabía de memoria todo el ritual del cura. También en casa su padre le leía, junto a sus hermanos, la biblia. Ahora que era un hombre de mediana edad aquello lo veía todo muy lejano. Si bien la educación religiosa no halló arraigo en él, sí lo hizo la vida familiar y el día a día en su casa. Esa educación que se mama y cala silenciosamente era la que realmente iba a llevar durante toda su vida.

          Después de haber tenido mil y una experiencias, aunque no fuera católico practicante, si creía en la existencia de Dios. Iba a la iglesia solo por compromisos familiares. Pensaba que para qué iba a ir a misa. Podía rezar o dar las gracias desde el silencio y la penumbra de su habitación, antes de dormirse. Había descubierto lo reconfortante que era realizar ese acto. Le aportaba paz y sosiego. Si algo le preocupaba, pensaba que todo iría mejor al día siguiente, que cada día traía su afán, ya fuera bueno o malo. Él no podía hacer nada más que lo que estaba en su mano. El resto sucedería fruto del azar, destino o como se quiera llamar. Una de las cosas que aprendió a lo largo de los años y que nadie le enseñó, fue que el sueño, ese gran desconocido que nunca se logrará entender, además de darle descanso y permitirle ver una parodia surrealista de su vida, temores y anhelos incluidos, era una herramienta poderosa de la mente. Le había ocurrido en numerosas ocasiones que justo antes de dormirse, cuando pensaba en algún problema que le preocupaba, en el transcurso del día siguiente le venía por sí sola la solución, cuando menos se lo esperaba. Al repetirse una y otra vez la misma circunstancia la única explicación que pudo darle era que su cabeza seguía trabajando mientras descansaba por la noche. Así adquirió esa costumbre y sabía que tarde o temprano la solución a sus preocupaciones surgiría por sí sola a lo largo del día siguiente o venideros.

          A pesar de no acudir a la iglesia regularmente, sí le gustaba entrar cuando estaba vacía. Pero acudía, expresamente, solo si se topaba con una, en viajes o en la misma ciudad, yendo de paseo. El ambiente que hallaba en un templo le parecía realmente único. En ningún otro sitio se respiraba esa paz y recogimiento. Prefería las iglesias pequeñas y sobrias, sobre todo si el suelo era también de piedra, aunque pocas se encontraban así. Eso aportaba más frescor aún. La atmósfera de la luz de las velas en la penumbra de los pasillos, las imágenes de vírgenes y cristos escasamente iluminadas por un atril de llamas danzantes, al compás de las corrientes de aire surgidas desde la puerta de la iglesia o el pasar de los visitantes... todo aquello solo podía encontrarse en la soledad de los templos. Durante las celebraciones era distinto. La aglomeración de la gente y la luz artificial de los focos rompía aquella quietud y tranquilidad que tanto le gustaba disfrutar cuando apenas había visitantes.

          De joven se preguntaba qué necesidad tenía la gente de acudir a la iglesia. Ahora que sus padres habían fallecido, ya no tenía ese apoyo familiar latente, que parecía no influir, pero influía. El sostén de la familia de sangre no era comparable con aliento de las amistades o la pareja. Sus padres siempre estaban ahí, pasara lo que pasara. Ese amor incondicional de padres-hijos no es comparable con nada. Los amigos vienen y van. Amistades verdaderas se pueden contar con los dedos de una mano, y el amor siempre es difícil de mantener, más en los tiempos que vivimos. En cualquier momento las circunstancias cambian y todo se desmorona. Sin embargo, el apoyo de los padres, salvo escasas excepciones, siempre está ahí. Los hermanos son caso aparte porque suelen ser fuente de conflictos profundos, siendo algunas amistades más cercanas que los de la propia sangre.

          Fue en ese momento de orfandad cuando le encontró más sentido a la figura de Dios. Y es que todos necesitamos en quien apoyarnos en los momentos difíciles. Ese ente intangible le daba consuelo. Y es que solo el hecho de expresar sus penas, le aliviaba. Desde siempre los hombres han querido creer en un ser que les escuchara y ayudara. Hasta los más ateos se acuerdan de Dios cuando están a punto de morir, en un accidente, por ejemplo. Impotentes ante lo que se les viene encima, solo les queda pedir que alguien les salve. En la actualidad, la iglesia ha pasado a un segundo plano. Escasa de vida, como los pequeños pueblos con apenas un puñado de ancianos, que solo les queda terminar sus días en el lugar donde se criaron. Antes no entendía cómo las personas, cuando les ocurría una desgracia, reprochaban a Dios lo que les había sucedido. Ahora lo veía claro. Con alguien se tenían que desahogar. Querían deshacerse de aquello cuyas almas estaba aplastando. Impotentes ante la desgracia, ya fuera fortuita o por imprudencia, solo encontraban consuelo desfogándose con quien para ellos lo movía todo, aun a sabiendas de que la alegría y el dolor forma parte de la vida.

            En una ocasión vio un documental que no tenía nada que ver con la religión. En un momento del desarrollo hablaron sobre la posibilidad de que Dios éramos nosotros mismos. Se quedó con esa idea e intentó encontrarle un sentido. Después de darle muchas vueltas llegó a la conclusión que en parte era así. Cuando rezaba o daba las gracias. ¿Con quién hablaba? Realmente lo hacía consigo mismo, aunque le gustase la idea de que Dios le escuchara. Cuando pensaba en sus problemas y era positivo en cuanto a su resolución, la solución terminaba llegando. Era un auto diálogo sin ser consciente de ello. Cuántas veces le habían dicho: “Es que tienes que creértelo. En el momento que creas en ti, todo fluye”. ¿No era eso acaso lo que hacía cada noche? Se conjuraba para que las cosas se arreglasen. Y en su vida, en los momentos clave, creérselo, tener esa seguridad en uno mismo, era lo que hacía que las cosas sucedieran o al menos se intentaba. Con el esfuerzo propio y la autoconfianza. De cualquier forma, por mucho que le pidiera a Dios, si él no se esforzaba lo suficiente, nunca conseguiría sus objetivos. Al final todo dependía de él mismo, siempre que estuviera en su mano. El azar también influía, pero no podía controlarlo. Tenía que adaptarse a esas circunstancias y actuar a partir de ahí. Dios no quería que tuviera un accidente con el coche porque un descerebrado, ciego de alcohol o drogas, se empotrase contra él. Eso son eventualidades que se dan y que no hay que reprochar a nadie salvo al indulgente. Dios estaba como apoyo, real o imaginario, cada uno que lo tomase como quisiera. Nunca como causante de desgracias. Y si Dios estaba en él o era parte de él, como de cualquiera, ¿uno mismo iba a querer una desgracia para sí mismo? Salvo las personas trastornadas autodestructivas o masoquistas, el resto de los mortales seguro que no.

          De cualquier forma, tener esa nueva perspectiva le gustó. Él no dejaría de creer, como siempre lo había hecho. Siempre le era gratificante sentirse arropado de alguna forma. También tenía momentos de debilidad y bajones. Le sentaba bien pensar que había alguien que le escuchaba. Quizás fuera el mismo, quién sabe.

 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 25.07.2020.

 

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