Sergio Navarrete Vázquez

SIN TÍTULO

Estaba preocupado porque su enfermedad avanzaba. Presentía, quizá sabía, que le quedaba poco tiempo. Su corazón dio un vuelco cuando una mañana se abrió la puerta y entraron dos celadores, uno cargando una máquina de escribir y el otro para vigilar y actuar de ser necesario.   – ¡Me han perdonado lo del último escrito! – Me dijo que pensó, esperanzado.   El celador colocó la máquina en la mesa y se dirigió de nuevo hacia la puerta, serio, sin decir palabra y evitando mirarlo, como si algo se lo impidiera. El otro celador lo dejó salir, sin decir palabra miró con descaro a mi amigo, sonrió burlonamente, salió y cerró con llave. Los pasos de ambos se alejaron.   Con dificultad y dolor, mi amigo se levantó lo más rápido que pudo. Revisó alrededor de la máquina. Incluso debajo. Nada. No había papel, ni cinta. No habría papel ni cinta. Otro golpe, otra humillación, otra muestra de poder. Ahora así. La vez anterior quemaron delante de él el libro que acababa de terminar. La anterior a esa, justo después de haber cubierto las paredes con las palabras que lo ahogaban, entraron los celadores y las cubrieron de pintura…   Siempre había una forma.   Pasaron días. Los celadores y sus jefes y los jefes de los jefes esperaban escuchar, saber de los sollozos, los gritos, los insultos, la desesperación, el arrepentimiento. Sólo hubo silencio.   Para sorpresa de todos, una noche se escuchó un teclazo. Luego otro. A esa hora se escuchaban hasta los más recónditos goteos. Fue un escándalo, vaya. Inmediatamente se informó a los superiores. Inmediatamente se instruyó a los subordinados: “Déjenlo. No le daremos más atención de la necesaria. Ya averiguaremos lo que haga falta. Si no entiende, será lo último que haga”.   No importaba lo que tardara, todos sabían cuál sería el resultado. Sin embargo, todos se preguntaban cómo había conseguido los insumos. No sólo escribía con la regularidad de alguien que conoce el oficio, para algunos incluso era posible percibir la urgencia.   El día que cesó el ruido me llamaron, o al menos eso pretendieron, como solía suceder. En mi calidad de abogado suyo, debía estar presente. Siempre pasaba después que ellos, malditos desgraciados. Cuando llegué vi algunas caras de genuino desconcierto. Entré.   Mi amigo estaba sentado en el piso, recargado en una de las paredes. Eran evidentes su deterioro, su desgaste… las golpizas... No quise ver sus manos. No había ocasión en que no oliera a que acababan de “asear”, pero nunca quedaban del todo borradas las huellas de orina, de heces, de sangre. Mi corazón se encogió otra vez y sólo atiné a preguntarle:   – ¿Puedo verlo?   Cuando logró mover sus labios hinchados y sangrantes, dijo con dificultad:   – Si quieres.   Me acerqué a la mesa y el desconcierto me abrazó también.   – ¿Dónde está? No lo veo. Pensé que habías conseguido de alguna manera los…   – No, por eso no me creyeron. Pero está ahí. Mira con… –tragó saliva con un dolor que casi pude sentir– atención…   Incrédulo a mi pesar, me acerqué un poco.   – Sólo veo que el rodillo tiene algo así como grietas. ¡Qué malnacidos! ¡Encima te la dieron así! ¿Pero entonces cómo…?   – En el rodillo está todo – Respondió con una voz más tenue.   Volví a revisarlo, ahora usando mis lentes. El rodillo estaba lleno de surcos, formados por las letras que lo golpearon una y otra vez, incansablemente, durante todo ese tiempo.   – Pero, así es prácticamente imposible leerlo...   – No importa. Lo terminé – Dijo esbozando una sonrisa, mientras de su mirada se escapaba el brillo de la vida.       Agosto 20, 2020  
 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Sergio Navarrete Vázquez.
Publicado en e-Stories.org el 20.08.2020.

 

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