Ricardo Guerra Victoria

DE PANDEMIAS Y NOSTALGIAS

De Pandemias y Nostalgias

El mundo está en crisis, el mundo está angustiado, una pandemia sin precedentes azota sin piedad a la humanidad, se muere de asfixia, el mundo está triste…Ella no está conmigo, mi corazón está triste, más no por su ausencia, sino por su presencia intangible en mis recuerdos. Mi corazón bohemio, gitano, inquieto, enamorado del amor, siempre dispuesto a amar y sin miedo a padecer las nostalgias de tantos amores que le han dejado huellas, ese corazón quiere hoy escribirle a Ella, quien fue su razón y su locura, quien fue su estrella.

En los serpenteantes senderos de mis memorias,  se mezclan en delirios calidoscópicos, imágenes de su rostro, el calor de su cuerpo, lo dulce de sus besos, los sonidos de su voz y los aromas de sublime matiz que su piel me regaló, la tibieza de mi mano sobre el terciopelo de su vientre sintiendo aquellas pataditas de la vida naciente, la miro, la recuerdo.  Mientras tanto, una voz en mi subconsciente me pide apaciblemente, que al hablar de Ella y contar esta historia, no hable de adulterios, ni de infidelidades, ni de egolatría desmedida. Esa voz en mi cabeza, me pide que recuerde la tarde de aquel sábado decembrino, donde una sugestiva sonrisa y su hechizante cabello natural de color negro azabache (que la hacía destacar de entre todas, cual vibrante esplendor venusino en el cielo al atardecer), provocaron en mi el deseo incontenible de tenerla, haciendo apología del adulterio que yo mismo cometería, y provocando que ambos fuéramos instintivamente infieles, ahí plasmada quedaba la prueba de nuestra naturaleza, ella grácil, seductora y coqueta, yo embriagado del deseo de poseerla y en mi mano una cerveza. La voz en mi mente, me suplica recordar que así la conocí, que así la acepté y que así la amé, con sus demonios y sus virtudes, como jamás lo hice antes de Ella y como jamás lo haré durante el resto de mi vida, aunque algún día otra estrella guíe mis pasos.

Avanza la pandemia y más seres humanos mueren en soledad por esta enfermedad, la familias se unen, se perdonan, se consuelan, se apoyan afrontando el miedo, unos con dogma otros con ciencia, pero todos en alerta, sabiendo que no habrán despedidas, no existirá un último beso, ni siquiera un “adiós mi amor”, para los desventurados que en este virus pierdan su vida. Así en este confinamiento obligatorio por cuarentena, la tomo de la mano en mis remembranzas, y nuevamente esa voz en mi cabeza me pide decirle, que Ella está aquí cuidando a nuestros hijos, que aún sentimos su presencia, que su voz nos calma y hace más llevadera esta pena colectiva de carcelario confinamiento.

Otro día termina y por momentos, es común que una sonrisa se dibuje en mi rostro, al pensar que tuve la dicha de tenerla por más de dos décadas, que me llenó la vida y sin darme cuenta, me hizo el hombre que he podido llegar a ser. A veces una lágrima se escapa de mis ojos cuando pienso que hoy no está conmigo, pero al instante acepto, que Ella, siempre fue más de lo que yo alguna vez merecí, que si la vida me dejó tenerla todos estos años, debería sentir orgullo y alegría del privilegio que significó para mi su existencia, y aunque nunca volveré a ser el mismo sin Ella, jamás hubiese tocado el cielo con las manos si no la hubiese conocido.  Es muy fácil aceptar que Ella lo fue todo para mi, y durante algún tiempo al menos, Ella fue toda mía en su completo candor; esa felicidad me acompañará hasta el último de mis días.

Mía, cuanta egolatría de mi parte al llamarla Mía, siendo evidente que Ella nunca ha sido de nadie, y nunca lo será, su alma es libre, su ser es libre, su amor es libre; Ella nunca fue Mía, Ella nunca fue Mía… pero tal vez si lo fue y ninguno pudo entenderlo, tal vez en algún momento en algún tiempo, Ella cerró sus alas y se posó en mi alma, tal vez mi alma tampoco pudo comprenderlo; aún así llevaré sobre mis hombros el peso de todas mis decisiones, y aunque no le haya agradecido las veces que pude hacerlo, con la vida que aún pueda quedarme, le haré honor a su recuerdo. Qué es la eternidad, sino quizás sólo un momento, qué es un amor eterno, sino tal vez algo que se lleva en las venas y que nos recorre la mente sin necesidad de un cuerpo.

Ella…vaya combinación mágica de virtudes y pasión, la voz en mi cabeza me da la razón cuando digo, que Ella vale hasta el dolor de su partida, de su ausencia en mi vida; que Ella merece absolutamente todo lo que un hombre deba ser y hacer para darle felicidad, y que aunque camine yo eternamente la senda de La Divina Comedia, si la vuelvo a encontrar en otra vida, volvería a abandonarlo todo por Ella, sin importar si sólo la tengo un día, porque ese día bien valdría la vida misma; y si sufro eternamente su desamor y su ausencia sin despedida, será un precio justo que pagaré hasta el fin de los tiempos, por la dicha de haberla tenido en mis brazos, en mi corazón y en mi alma.

Ella…es particularmente hermosa, es tierna, no es perfecta, y nunca promete serlo, es simple en su esencia y sencilla es su belleza, comete errores y aunque a veces no lo parezca, Ella es simplemente otro ser humano que se aferra a la vida, que grita en silencio el dolor de sus desaciertos y llora desde el alma su tristeza, que se vuelve a vestir de nobleza en cada amanecer y que siente miedo como cualquiera, y aún así, sigue adelante como nadie más lo haría. Ella es quizás, el ser humano más imperfectamente grandioso que la vida pueda brindarle a seres indignos de su existencia.

La pandemia terminará, y si de algo estoy seguro, es que al pasar este momento de inflexión de la historia humana, sus pasos caminarán con firmeza en la dirección de su corazón, y bien merecería Ella, que esa senda esté delineada con la sangre misma de quien sueñe con tenerla, bien merecería que al final de esa senda esté alguien dispuesto a dar hasta su propia vida por Ella, alguien que tenga la entereza de valorarla como Ella se merece, y sobre todo, alguien que tenga el valor de dejar la puerta abierta, para que sea libre de volar, cuando así lo quiera Ella.

El mundo llora, y tal vez también lo haga Ella,  y aunque lamente hoy no poder enjugar sus lágrimas, ofrezco al universo una gota de mi sangre por cada perla que sus ojos hayan derramado en este capítulo de la historia, esperando que la madre tierra me sustente, hasta verla otra vez radiante, brillando en todo su esplendor, aunque sea en otro cielo y siendo de otro su estrella.

 La pandemia y la tristeza terminan, el mundo vuelve a su senda, yo la recuerdo a Ella.

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Ricardo Guerra Victoria.
Publicado en e-Stories.org el 11.09.2020.

 

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