Jona Umaes

Hoja en blanco

 

          Hace mucho que he perdido la noción del tiempo. Tantos años encerrado te desorienta. Mi celda tiene apenas 5 metros cuadrados. Comparto estancia con mi amigo Juan, algo mayor que yo. Tenemos visiones distintas de la vida. Él prefiere pensar que estando en forma se mantiene joven y a ello dedica su mayor parte del tiempo. Cualquiera que lo viese le echaría diez años menos de los que realmente tiene. Tan solo las incipientes canas y las marcadas arrugas en el rostro delatan su verdadera edad, pero él no las ve cuando se mira al espejo. Se fija en lo que le da más importancia, sus músculos marcados y el vientre plano. Yo, sin embargo, descarto esas menudencias y me escabullo cada día de este encierro para volar libre como un pájaro que solo vuelve a su jaula cuando el sueño le apremia.

 

          Después de la cena, una hoja en blanco y un bolígrafo me espera en mi escritorio junto con un pequeño flexo. Así evito molestar a mi compañero con la luz de la celda y le dejo dormir en la escasa claridad que se refleja en el papel. Precisamente, ahora mismo, con estas palabras, estoy rellenando el vacío de esta página para darle algo de vida. Sentarse ante una hoja en blanco es aterrador. Parece que te va a engullir y te vas a perder en esa nada. Tan solo cuando comienzas a rellenarla esa sensación desaparece y ese infinito blanco se vuelve finito y concreto en una realidad, o quizás fantasía. Da igual, el caso es darle forma a algo insustancial.

 

          Es a través de este papel por donde puedo irme de esta prisión cada noche al plasmar mis recuerdos para volverlos a vivir. Hará unos días soñé con una antigua amiga. Esa palabra se me hace amarga pensando en María porque, aunque no fue mi primer enamoramiento, sí fue el que me marcó más profundamente. Durante mis estudios, nos tratábamos a diario. Ella era de poca estatura. Tenía media melena, de cabello liso y rubio apagado. Íbamos a la misma clase y yo trataba de sentarme siempre a su lado. La pecadora fumaba, pero tenía la condescendencia de exhalar el humo sin molestar. Sus gafas le agrandaban los ojos. Tan solo mostraba su pequeña coquetería en las blusas que lucía. Le gustaba mucho la moda y tenía buen gusto. Por lo demás, nunca iba maquillada y casi siempre llevaba pantalones vaqueros. Si no azules, blancos. Ella no era de la ciudad. Tenía su familia en el pueblo, pero paraba durante la semana en la vivienda de su hermano mayor, que ya estaba casado. Los viernes volvía a su casa y se reencontraba con su novio.

 

          María me contaba muchas cosas de su vida, de su familia y hasta de su pareja. Teníamos esa cercanía de los amigos que se cuentan cosas cada vez más personales en el transcurrir del tiempo. El momento en que yo comencé a verla con otros ojos no lo recuerdo. Solo tengo marcado a hierro, en el corazón, los años que no podía dejar de pensar en ella, aun sabiendo que no era para mí. Yo era entonces muy joven. No tenía experiencia y tendía a idealizar el amor. Con los años he ido deshaciéndome de ese defecto, pero siempre queda algo. Aunque recuerde el dolor, porque lo sufrí durante mucho tiempo, tengo buenos recuerdos de mi relación con ella. A veces tomábamos café o comíamos juntos cerca de donde nos daban las clases. No podía evitar perderme en aquellos ojos agrandados por sus gafas. A ella le gustaba que la mirase de esa forma. Si se hubiese sentido incómoda hubiera apartado la mirada o puesto nerviosa. Pero no, me mantenía la mirada. No había nada que ocultar. María sabía que me gustaba, y ¿para qué evitar lo evidente? Si no le agradara mi compañía no hubiéramos pasado tantos momentos juntos. Teníamos cercanía, pero guardando las distancias. Bueno, lo de guardar las distancias, no es totalmente cierto. Yo tenía cosas de crío y me gustaba hacerle cosquillas. Como sabía que las tenía, me aprovechaba de eso. Le pellizcaba muy a menudo la cintura y ella profería pequeños gritos que transcendían medio kilómetro a la redonda. Era el único juego que me podía permitir con ella porque, aunque se quejaba, igual se reía y me dejaba hacer. A mí me tenía sin cuidado que se enterase quien fuera. Hasta durante las clases lo hacía, y aunque se moderaba en su reacción, todos volvían la vista.

 

―¿Te falta mucho? No puedo dormir.

―¡Joder, Juan! ¡Que es muy poca luz! Date la vuelta y mira a la pared. Ya me queda poco.

―Es que hoy no sé qué me pasa. No logro conciliar el sueño.

―¿No te ha respondido Inma?

―No, estará tonteando con otro. Ha leído el mensaje y sigue en línea.

―Le habrás dicho algo que le ha molestado.

―No creo. Esa no se deja pasar una. Me hubiera llenado la pantalla de barbaridades con emoticonos.

―Bueno, no te preocupes, que ya contestará. Voy a seguir con lo mío, que se hace tarde.

 

          Como he dicho anteriormente, lo habitual en ella era ir sencilla. Ni pizca de maquillaje. Una tarde, antes de entrar a clase, apareció muy pintada y arreglada. Tanto, que no la reconocí. No llevaba las gafas de siempre y su aspecto era radicalmente distinto. Acostumbrado a verla al natural, se me hizo raro. Era como si fuera otra persona. No me pareció para nada atractiva, supongo a causa de la impresión. Menos mal que solo se presentó de esa guisa ese día. De verla de continuo de esa manera, se me hubieran ido todos los pájaros de la cabeza, cosa que no ocurrió, naturalmente.

 

            En una ocasión, estábamos en unas mesas de estudio. Eran amplias y nos sentamos uno frente a otro porque no había más sitio libre. A todo lo largo de la mesa había un soporte de madera con luces apuntando hacia abajo, justo en medio de cada lado. Allí no se podía hablar normal porque molestabas a la gente. Había que hacerlo en voz baja. Hablábamos en susurros bajo el soporte de luces, pero como no nos escuchábamos bien, nos pusimos de pie y nos aproximamos todo lo que pudimos sobre la luz. Nuestros rostros se acercaron apenas a 10 centímetros, de forma que percibía su calidez. Tenerla tan cerca hizo que un cosquilleo me recorriera el cuerpo. Ella no sé lo que sentiría, pero para nada se la veía incómoda. Con tan solo acercarme un poco más la podía haber besado allí mismo y nadie hubiera visto nada porque cada uno estaba en lo suyo. Pero nos dijimos lo que fuera, que no recuerdo, referente al estudio y nos volvimos cada uno a su sitio.

 

            Cuando ella volvía los viernes a su pueblo en el bus, yo la llamaba a su casa y hablaba con la madre. Le preguntaba si había llegado ya. Su madre era muy agradable. Charlábamos un rato hasta que ella llegaba y se ponía al teléfono. Solo lo hacía para preguntarle por el viaje y por escuchar una vez más su voz. Fue la rutina de cada viernes durante años. De su novio recuerdo poco de lo que me contó. Era mayor que ella, empresario y estaba construyendo una casa para cuando se casasen. Obviamente, mis opciones con María eran nulas, a pesar de nuestra buena relación. Yo era un simple estudiante, y no me había independizado aún.

 

            Un viernes le dije que se quedara en la ciudad. Que podíamos dar una vuelta o ir al cine. Me respondió que no podía, que tenía que volver. Yo le insistí, acaramelado, con un leve contacto en la cintura, pero no dio su brazo a torcer. Los años pasaron y le ayudé a terminar sus estudios, porque yo ya los había acabado. Cuando ella al fin terminó, apenas nos veíamos. A pesar de la falta de contacto, hablábamos esporádicamente por teléfono. A veces me llamaba, cuando tenía que venir a la ciudad por cualquier asunto, y así poder vernos. Pero la distancia nunca perdona, y cada uno siguió su vida. Con el tiempo perdimos todo el contacto y el olvido se encargó del resto.

 

―¡¿Has terminado ya?!

―¿Todavía estás despierto?

―¡Apaga la puta luz de una vez!

―Vaya con Inma. ¡Te va a volver majara!

―¡Maldita mujer!

―Te compadezco, Juan.


 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 12.09.2020.

 

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