Jona Umaes

Un aroma peculiar

 

          Se acercaban las fiestas navideñas y el paseo del parque estaba repleto de puestos donde vendían toda clase de artículos, aunque por ser esas fechas, sobre todo adornos de navidad y dulces. Pedro no solía ir al centro, pero como ya estaba de vacaciones, se dio un paseo esa tarde para empaparse del ambiente de luces de colores y música que emanaba por doquier.

          Al recorrer los puestos, no sabía hacia dónde dirigir la vista, dada la gran variedad de productos en los stands. No podía faltar, por supuesto, los negocios de colgantes artesanales de plata y alpaca, con vistosos diseños y piedras de colores. Así fue recorriendo tranquilamente el paseo hasta que llegó al último de los puestos. En él vendían velas de distintos tipos y aromas. También, candeleros de diversos tamaños y formas, así como pequeños faroles. Las velas en su interior emitían una luz cálida y movediza. El ambiente que se respiraba en aquel puesto embriagaba los sentidos. En algún lugar en ese mar decorativo, una vela encendida, emanaba un aroma que se introducía por las fosas nasales y atraía irresistiblemente a los viandantes.

 

—Perdone, ¿de dónde viene ese olor tan peculiar? —quiso saber Pedro.

—¿Le gusta? De esta vela —la mujer levantó la tapa de una figura que rezumaba luz y humo blanco a través sus numerosos orificios. La tendera estaba próxima al invierno de su vida, evidenciado por las arrugas que inútilmente intentaba disimular con la ayuda de cremas antiedad.

 

          Al liberar de su prisión a la cera que se consumía, una espesa nube blanca ascendió, intensificando aún más el aroma. La vela era un pequeño cono cuya punta brillaba incandescente, lanzando al aire jirones de humo.

 

—¿Qué olor es ese?

—Dama de noche.

— Huele realmente bien. ¿Tiene más tipos de aroma?

—Sí, claro —dijo la mujer señalando un mantel con numerosos conos de colores, cada uno con una etiqueta identificativa—. Por cinco euros se lleva diez. Elija los que quiera. Son totalmente naturales y artesanales. No los encontrará en ningún otro sitio.

 

          Pedro cogió varios conos iguales al que se estaba quemando y que tanto le gustaba el olor y otros que eligió al alzar. Sacó un billete de cinco euros y cuando la mujer los tomó, algo mágico sucedió. El papel hizo de conexión entre las manos que lo sostenían. Pedro vio en esos instantes a la mujer con unos años de menos, de forma tenía ante sí una joven de cabellos lustrosos, piel tersa y mirada viva. Lo observaba con una sonrisa enigmática. Él, a causa de la impresión, soltó el billete como si hubiera recibido una descarga eléctrica y la visión se esfumó, contemplando de nuevo a la señora mayor del puesto.

          De vuelta para su casa, se preguntó si aquello que le había sucedido no tendría relación con el aroma de la vela, que le había provocado una alucinación. Ya en su hogar, cenó y en la cama, continuó leyendo el libro que tenía en la mesita. Antes, había encendido uno de los pequeños conos que compró. Lo dejó en el pasillo para que el aroma se expandiera por toda la casa. Al poco tiempo de encenderlo la fragancia llegó a su dormitorio. Olía bien, pero para nada como el que la mujer tenía de muestra en su negocio.

 

          “Vaya, vaya. ¡Vieja pícara! Seguro que le echó algún aceite aromático para que oliese mejor. Bueno, cinco euros no es nada. Haré como ella. Compraré algunos tarritos de esencia y probaré echarlos a los conos antes de prenderlos”

 

          Siguió leyendo el libro y aquel humo blanco se fue colando más y más en su habitación. Levantó la vista y vio la nube clara formando girones graciosos en el aire. Tal como le ocurrió en el puesto, experimentó una nueva alucinación. Ante sí, aquella bruma blanca comenzó a tomar forma paulatinamente hasta adoptar la figura de una mujer. Esta flotaba en el aire como danzando, contoneando su cuerpo hipnóticamente. La figura femenina, sin cejar en su vaivén, extendió la mano hacia Pedro, invitándole a tomarla. Él no salía de su asombro, pero carente de voluntad para resistirse extendió su mano y asió la de la chica. En ese momento su cuerpo se volvió tan liviano que comenzó a flotar. La joven tiró de él y ambos ascendieron hacia arriba. Pedro se vio a sí mismo en la cama, con los ojos cerrados y el libro en el pecho, totalmente relajado. En su ascenso, atravesaron todo el edificio hasta salir al exterior.

 

—¿Dónde me llevas? —preguntó Pedro.

 

          No obtuvo respuesta, pero a continuación ambos aceleraron tanto que él perdió momentáneamente la consciencia hasta que se pararon en un edificio que se parecía mucho a su lugar de trabajo. Descendieron hacia un despacho y para su asombro vio a alguien tras una mesa que se parecía mucho a él. Tardó unos segundos en reconocerse. Estaba más mayor, el cabello gris y el rostro estropeado, pero se encontraba en un lugar con bastante más caché que su habitual puesto de trabajo. Volvió la mirada hacia la chica y se encogió de hombros esperando una explicación. Ella no hizo ningún gesto. Permanecía junto a él sin aclararle qué hacían allí.

          Tras unos minutos en aquel lugar, la chica tiró de nuevo de la mano de Pedro y en otro viaje fugaz se transportaron a la universidad. Se pararon junto a un grupo de chicos. Él creyó reconocer a su hijo entre los jóvenes. Hablaban sobre sus estudios de Medicina y por alguna razón mentaban a sus padres. Estos les ayudaban en sus tareas porque la mayoría eran médicos. Sus palabras evidenciaban orgullo y apego. Sin embargo, Pedro veía que su hijo no decía nada. Se limitaba a escuchar y parecía poco integrado. Eso le dio qué pensar. Nunca había tenido una buena relación con él y con el tiempo se habían ido distanciando, más aún tras divorciarse de su mujer. Volvió de nuevo la vista hacia la chica, aun sabiendo que no iba a darle explicación alguna. No le gustó ver a su hijo en esa situación, quizás porque se sentía culpable de no haberle dedicado tiempo y haber descuidado su relación.

          Sin esperarlo, la chica volvió a darle un nuevo tirón, transportándose ambos, a velocidad de relámpago, a la casa de sus padres. Se plantaron en el salón. Allí únicamente estaba su madre. El corazón se le encogió y la angustia le sobrevino de repente al no ver a su padre. Vio a su madre muy mayor, con la mirada perdida en la televisión encendida, con sus pensamientos en otro lugar. A Pedro le vinieron recuerdos de cuando estaba casado. No se portó bien con sus padres entonces. Apenas iba a verlos y en su matrimonio las cosas iban de mal en peor. Hacía aguas y todo presagiaba un mal final. En esa visión él no estaba allí con su madre, quizás cuando más le necesitaba. Parecía no tener a nadie que la cuidara. De nuevo fue presa de la culpabilidad y no pudo evitar emocionarse.

          La chica se lo llevó de allí y lo devolvió a su habitación. Pedro cayó sobre sí mismo suavemente como una pluma y entonces abrió los ojos. Contempló unos instantes más a la chica que flotaba frente a él y vio cómo su figura fue deshaciéndose para volver a su forma original, una simple nube de humo hecha de girones en movimiento.

          Esa noche no pudo dormir pensando en el viaje que había hecho. Seguía aturdido por el efecto del aroma que desprendía la vela. En ese estado de embriaguez, una brizna de lucidez que aún resistía le hizo convencerse de que algo tenían las velas que le hacían alucinar. Conforme pasaba el tiempo, el cono terminó de apagarse y el humo dejó de tener efecto. A esas horas de la madrugada nada podía hacer más que pensar en lo sucedido. A pesar de ser como un sueño estando despierto, lo que la chica le había querido decir no dejaba de ser verdad. Había descuidado a su familia y aún no era demasiado tarde para poner remedio.

 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 26.09.2020.

 

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