Jona Umaes

El portátil

 

          Como cada día, a las 20h, Juan se sentaba ante su portátil y se entretenía escribiendo un par de horas. Era su forma de evadirse de la realidad y dar rienda suelta a su imaginación. Llevaba mucho tiempo escribiendo un libro y cada día avanzaba en los capítulos un paso más. Sin embargo, el portátil que usaba tenía ya muchos años, y a pesar de que solo lo utilizaba para escribir, alguna tecla ya empezaba a fallarle y tenía que presionarla de nuevo para que se mostrase en pantalla. Era el caso de la letra “g”. A veces se exasperaba porque le retrasaba en su veloz tecleo. De tanto escribir, sus dedos parecían tener vida propia y se movían al ritmo de sus pensamientos.

 

          Llegó el día en que la tecla se despegó de su base, quedando suelta. Aun así, el comportamiento seguía siendo el mismo. A veces se atascaba y tenía que pulsar de nuevo para que el ordenador se diese por enterado. En una ocasión, ni por esas salía la letra en la pantalla. Juan perdió los nervios y pulsó machaconamente la tecla. Fue en ese momento cuando sucedió lo que nunca le había ocurrido. De los altavoces del portátil surgieron unos gemidos placenteros masculinos. De inmediato Juan cesó en su insistencia, asombrado por lo inaudito del hecho. Finalmente, la letra surgió en pantalla y los ruidos cesaron. Paralizado por la sorpresa lo primero que pensó es que el ordenador tenía un virus. Como a continuación nada sucedió, siguió con su tarea, teniendo cuidado de no pulsar muy fuerte la letra que tantos quebraderos de cabeza le daba y que ahora, además, tenía efectos sonoros.

 

          A partir de ese día, la tecla se volvió más juguetona. Por momentos funcionaba bien pero cada vez fallaba más y alguna que otra vez hacía surgir aquellos misteriosos suspiros al insistir en su pulsación. El asunto llegó hasta el punto que Juan no podía evitar reírse de aquellos sonidos, aunque pensara que tenía que tomar cartas en el asunto. Podía ser un virus dañino, a pesar de que hasta el momento solo se manifestara inocentemente. Lo llevaría a una tienda de informática, para que le fijasen bien la tecla y ya de paso le miraran el ordenador por si tenía algún bicho.
 

Así lo hizo. Había una tienda cerca de su casa y allá que fue con el portátil. Le explicó al técnico el problema que tenía la tecla que bailaba suelta, sin mencionarle lo de los ruidos.

 

—Verá, yo escribo mucho con el ordenador y esa tecla me trae por la calle de la amargura. A veces funciona bien y otras se atasca. A ver si pudiera colocarla en su sitio para que no se mueva más— dijo Juan.

 

          El hombre encendió el apartado y abrió un programa para escribir algo y probar el comportamiento de la tecla. Así pudo comprobar por él mismo que, aunque suelta, funcionaba bien en un principio, pero llegado un punto tenía que pulsar varias veces para que apareciera la letra en pantalla.
 

          En la tienda se encontraba también una mujer con su hija pequeña esperando para que le arreglaran la consola de juegos de la niña. El técnico empezó a pulsar insistentemente la tecla que fallaba porque no terminaba de salir por pantalla, y entonces, de nuevo surgieron los gemidos que tan bien conocía Juan. El hombre se quedó paralizado al escuchar los sonidos, preguntándose qué diablos era aquello.

 

—¡Pero, no le da vergüenza! — saltó la mujer iracunda mientras tapaba los oídos de su hija con las manos. ¿No ve que hay una niña presente? ¿Usted está trabajando o qué está haciendo? — A continuación, posó su mano en el hombro de la niña y se dirigieron a la salida, no sin antes espetarle algunos improperios al pobre hombre.

—¡Pero señora, que estoy comprobando el ordenador! ¡Tampoco se ponga así!


A Juan le resultó cómica la escena y no sabía cómo disimular la risa. Se giró hacia la estantería como queriendo mirar algo y que no le viera la cara el técnico.

 

—Y esos sonidos, ¿de dónde salen? —preguntó el hombre— Juan se volvió, recuperando la compostura, para responderle.

—Eso también le ocurre al ordenador. No le dije nada para que lo comprobase por usted mismo, porque pensaba que no me iba a creer.

—¡Podía haberme avisado! ¡Qué mal rato con la mujer! En fin, tiene toda la pinta que se trata de un virus. Bueno, por lo pronto le arreglaré la tecla y luego le pasaré un antivirus y miraré más detenidamente los programas que tiene instalados. Ya le llamaré cuando lo tenga listo.

 

          El técnico arregló la tecla suelta, pero por más que buscó entre los programas instalados, no encontró qué era lo que podía causar aquel sonido gozoso. Los antivirus que utilizó tampoco detectaron nada. Aquello tenía su gracia, lo preocupante era que podía ir a más con el tiempo y quién sabe si otras teclas podían verse afectadas o produjera algún estropicio en el portátil.
 

          Cuando Juan recogió el ordenador quedó satisfecho a medias al informarle el técnico que no había podido quitar el virus. Le dijo que lo mejor que podía hacer era restablecer el portátil de fábrica y asunto resuelto. Le comentó que esa funcionalidad la tenían todos los portátiles y le anotó en un papel como debía proceder cuando se decidiese a hacerlo.
 

          Al llegar a casa, entre una cosa y otra llegaron las 20h. Se sentó y continuó con su historia. Pensó que dejaría para otro momento lo de reiniciar el portátil como le había dicho el técnico. Cuál fue su sorpresa, que estuvo un buen rato escribiendo sin problema. La tecla no fallaba y pudo avanzar notablemente en su libro. Pero, cuando menos se lo esperaba, empezó a atascarse de nuevo. Su gozo en un pozo. Fallaba muy de poco en poco al principio, hasta que llegó un punto que era imposible. Volvió a aporrear la tecla impaciente y de nuevo surgieron aquellos gemidos molestos.
 

          Exasperado dejó la escritura y como pocas veces hacía, activó la wifi para leer las noticias en internet. No tenía por costumbre conectarse a la red. No se fiaba de que alguien le pudiera espiar por la webcam o le entrase algún virus a través de una página. En aquella ocasión se conectó, pero tuvo la preocupación de tapar la cámara del ordenador, por si acaso. Estuvo un buen rato leyendo hasta que le entró sueño y apagó el portátil.
 

          Pasaron los días y una noche viendo las noticias hubo una que le llamó la atención. Hablaban de un nuevo virus que había surgido hacía pocos días y que se había propagado por miles de hogares y empresas. Lo habían bautizado con el nombre de “Virus del punto G”. El bicho hacía que la tecla de la letra g comenzará a fallar poco a poco y cuando la gente se impacientaba y la pulsaban repetidamente, entonces surgían sonidos eróticos por los altavoces, de ahí el apelativo. Aún no habían dado con la solución al problema. Las empresas de antivirus no habían tenido éxito en su detección y eliminación. Ofrecían sustanciosas cantidades de dinero a quien resolviera el misterio y así se acabara aquella pesadilla que se propagaba sin control.
 

          Surgieron todo tipo de anécdotas, hasta cierto punto graciosas, aunque muy molestas para los perjudicados. Aquellos sonidos manaron de altavoces en mitad de clases, conferencias y actos públicos, y todo porque tenían que hacer uso del teclado y la letra en cuestión fallaba. Los asistentes a las ponencias, en un principio, estallaban en risas por los sonidos eróticos amplificados, pero cuando vieron que sus propios ordenadores también habían sido infectados, clamaban al cielo, irritados.
 

          Juan no se lo pensó dos veces. Hizo copia de sus documentos y restableció de fábrica el portátil, sin molestarse en poner la clave de su wifi para conectarse a internet. No quería más problemas con el virus.
 

          Y ahora, usted que está leyendo estas líneas, si por casualidad le surgiera este problema con su portátil, acuérdese de esta historia y no se impaciente con la tecla placentera, vaya a verse en una situación comprometida que le pueda causar perjuicios irreparables.

 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 31.10.2020.

 

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