Jona Umaes

A la lumbre

 

          La casa se encontraba entre olivares y almendros, lo suficientemente lejos del pueblo para requerir vehículo en los desplazamientos. Era una noche de invierno y un grupo de amigos habían alquilado el alojamiento rural para el fin de semana y pasar buenos ratos de fiesta y diversión. Por su puesto, alcohol no iba a faltar, pero tampoco los buenos chuletones, chorizos, chistorras, carne para pinchitos y brochetas. Entre los jóvenes estaba el “profesional” de la paella y el “barman”, especialista en cócteles para pillar buenas cogorzas.

 

          En aquella isla en medio de la nada podían poner la música todo lo alta que quisieran, poniendo a prueba la resistencia de los bafles. Nadie se quejaría ni se enteraría de nada de lo que allí sucediese. Entre los chicos se encontraba Alberto. Contrariamente a la mayoría, no le gustaba el alcohol fuerte. Prefería un buen Rioja. Como sabía que los otros iban a comprar vino de cartón para sus brebajes, avisó al resto de que él se encargaría de ese tema. Llevaría algunas botellas de calidad, sin tirar la casa por la ventana. Él era el que vivía más lejos del lugar y tenía que recorrer más kilómetros. Por el camino, recogió a su amiga Carolina. El resto se organizaron en grupos para ir apiñados en un par de coches.

 

          La casa era bastante grande, con numerosas habitaciones, cocina amplia, salita y salón con chimenea. La salita, contrariamente a lo que se encuentra en una vivienda normal, era bastante amplia. Tenía en el centro una enorme mesa rústica alargada, donde podían reunirse una docena de personas. Ellos eran quince, pero, aunque estuviesen un poco apretujados, se las apañarían. Buscaron sillas por toda la casa y las acoplaron alrededor de la mesa como pudieron, la cual lucía repleta. Entre vasos, platos, cubiertos, cuencos rebosantes de papas, doritos y otros manjares, formaban una selva de picoteo y bebidas espirituosas. Un tufillo a carne proveniente de la parrilla de la cocina aromatizaba el ambiente.

 

          El trasiego entre la salita y la cocina era continuo. Cada uno con su plato de plástico, iba y venía con un trozo de carne chamuscada al punto, digna de admiración de ojos que parecían salirse de sus órbitas. Era sábado y la noche larga, pero para Alberto no lo iba a ser tanto. Al día siguiente debía estar en su casa y no podía trasnochar. La noche anterior, después de la llegada del grupo por la tarde, montaron la primera juerga, y todos sin excepción sucumbieron al alcohol y a los excesos. Pero esa noche, Alberto debía moderarse porque tenía que regresar, y amanecer en su casa.

 

          Con la barriga llena y unas cuantas copas de vino en el cuerpo, se fue para el salón, al calor de la chimenea. La única luz que había allí era la que salía de la lumbre del fuego. La claridad artificial de las bombillas de la salita moría al poco de sobrepasar la puerta del salón. Alberto continuó degustando su copa acomodándose en el sillón. El sopor se hizo dueño de él, alentado por la calidez que emanaba de la chimenea. Observaba el baile de las llamas como hipnotizado.

 

          Después de despedirse, salió al exterior y el impacto gélido de la oscuridad hizo que aligerara el paso para introducirse en el coche. Su aliento traspasaba la bufanda que le tapaba la cara, formando nubes que le impedían ver bien por donde pisaba. Una vez en el coche se frotó las palmas de las manos y las ahuecó para aprisionar su aliento y así entrar en calor. Para llegar a la carretera, debía recorrer un tramo de camino de tierra y armarse de paciencia ante el traqueteo continuo producido por baches y piedras del recorrido. Al fin llegó al asfalto y giró a la derecha.

 

          Quizás fuera por el efecto del vino, pero aquella carretera se le estaba haciendo eterna. Sabía que el cruce de la nacional no estaba lejos, pero conducir de noche suele desorientar y las distancias también parecen más largas. Pasaron los minutos y aquella larga recta parecía no tener fin. No estaba tan bebido para haber equivocado el camino. La señal de cruce no daba señales de vida. Tan solo veía discos de velocidad y advertencia. Al cabo del rato al fin vio la señal de cruce. Pero no, no era la que él esperaba. Era una indicación avisando de incorporación a vía. Conforme se iba a acercando aminoró la marcha y se paró junto a ella. No podía creer lo que veía. Era el camino de tierra que llevaba a la casa donde estaban sus amigos y de la que había salido hacía unos momentos.

 

          Pensó que estaba más bebido de lo que creía. ¿Cómo era posible que hubiera llegado al punto de partida sin haber tomado ningún cruce? Soltó algunos improperios a la nada y retomó el camino. Esta vez estaría más pendiente de no saltarse la salida. Pero se topó de nuevo con un largo trayecto sin bifurcaciones y al cabo del rato llegó al mismo punto de antes. Detuvo el coche junto a la señal. Cualquiera en situación hubiera sido presa del pánico. Pero él estaba bebido y el miedo se había vestido de ira. Soltó lo que no está escrito por la boca y pisó a fondo el acelerador, decidido a salir de esa maldita carretera. Se le estaba haciendo tarde y echaba de menos la cama.

 

          Después de unos kilómetros vio una señal de la que no se había percatado las dos veces anteriores. Era un desvío a la izquierda. Un cartel de madera con las letras rojas indicaba “Camino del lagar”. Dudó si seguir adelante o coger el desvío. Pensó que quizás esa carretera enlazase con la que debía de tomar, puesto que llevaba la misma dirección. Decidió girar y continuar por allí. Al principio la carretera tenía buen piso, pero conforme avanzaba esta se iba deteriorando y estrechando. Llegó un momento en que dudó que por allí pudieran circular dos coches en ambos sentidos. Tuvo que aminorar la marcha también debido a los continuos baches.

 

          Había dejado una carretera para meterse en otra peor. No solo presentaba baches, sino que dejó de ser llana para pasar a continuos tramos de subidas y bajadas. De repente el piso mejoró y los baches desaparecieron. El asfalto en perfecto estado invitaba a pisar el acelerador. Alberto agradeció el detalle incrementando la velocidad. Algunas de las subidas tenían tal desnivel que cuando llegaba a lo más alto le parecía que fuera a salir volando. Pero no, luego le seguía una larga y suave bajada. La preocupación fue haciendo acto de presencia conforme se le iba pasando el efecto del alcohol.
 

          En una de aquellas subidas, cuando llegó a lo alto, se encontró que el asfalto pasaba a ser tierra y entonces, comenzó un descenso vertiginoso por una pendiente tan pronunciada que hacía inútil el pedal del freno pues las ruedas no lograban el agarre suficiente para detener el coche. Alberto parecía estar en una atracción de feria, con tanto bache y derrape de ruedas. Los árboles desfilaban a paso ligero a ambos lados del vehículo y temió estrellarse en aquel descenso inacabable.

 

          Al fin terminó aquel calvario que casi le hace echar la pota. Tenía el estómago revuelto y transcurrieron unos segundos hasta que la vista se estabilizó. Todo lo que había al alcance de los faros parecía moverse de un lado para otro. Las ruedas, pudieron finalmente agarrarse al asfalto de otra carretera y detener el coche. Después de tranquilizarse, continuó por la vía, sin saber adónde le llevaría. Aún con el susto del descenso en el cuerpo, por primera vez aquella noche, el miedo se adueñó de él. De nuevo, la carretera parecía no tener fin, hasta que divisó una señal de desvío a la derecha. Como no veía salida siguiendo recto, tomó la nueva carretera. Esta resultó ser el acceso a una enorme casa. El asfalto se convirtió en grava y el camino terminó en una rotonda, justo al pie de la entrada. La casa parecía estar abandonada. No había luz en su interior. Detuvo el coche en la puerta, pero sin parar el motor. Se estiró un poco hacia delante para ver mejor hasta donde llegaba la luz de los faros. De repente, notó una mano fina y huesuda que le presionaba el hombro por detrás. Pegó un respingo y gritó del susto.

 

—¡Alberto!, ¡te has quedado frito!

 

          Alberto desorientado, vio la chimenea ante sí, aún con el corazón acelerado. Miró hacia atrás. Era una de las chicas del grupo, que le hablaba con una sonrisa estúpida, fruto de la cogorza que llevaba encima.

 

          Cuando se tranquilizó, suspiró aliviado por haber despertado de aquel mal sueño. Se incorporó, y se dirigió hacia la salita. Aquello parecía una batalla campal. Ante el escenario caótico de botellas vacías, vasos volcados y jóvenes en lamentable estado de embriaguez, decidió quitarse de en medio.

 

No me he perdido nada dijo Alberto. Me largo de aquí.

 

          Salió afuera y se introdujo en el coche. Tomó por segunda vez esa noche, aquel camino de tierra que desembocaba en la carretera. Giró a la derecha y tras unos kilómetros vio el desvío del “Camino del lagar” a la izquierda. Continuó recto, inquieto por el recuerdo del sueño. No tardó en llegar al cruce de la nacional y suspiró aliviado al encontrar aquella bendita bifurcación. Tras detenerse y ver que podía incorporarse, giró a la izquierda y cuando comenzaba a ganar velocidad, sintió una mano huesuda en el hombro. Pegó un respingo y lanzó un grito prolongado mientras perdía el control del coche, que iba directo hacia la cuneta. Por suerte pudo frenar a tiempo. Cuando se giró hacia atrás, aterrorizado, vio como Carolina se partía de la risa, medio borracha, por la reacción de él y la cara de espanto al girarse. Se había quedado dormida en el asiento de atrás, buscando un lugar tranquilo.

 

¡La madre que te parió! ¡Carolina!

 

 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 05.12.2020.

 

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