Jona Umaes

Más allá de la imagen


—Mamá, hoy viene a comer Toñi.

—¿Ah, si? Ya era hora que me la presentaras.

—No tengas tanta prisa, que te veo venir. ¿Qué vas a hacer de comer?

—No, sé. ¿Gazpachuelo y unos lenguados?

—¡Mmmm, qué rico! Ya me está entrando hambre.

—Ja, ja. Te conozco como la madre que te parió.

 

          Enrique se acercaba peligrosamente a la treintena. Aún sin poder emanciparse por la falta de trabajo, dedicaba sus esfuerzos a formarse. En uno de esos cursos es donde conoció a Toñi. Hacía tiempo que quería hablarle de un tema, pero para eso necesitaba que fuese su casa.

 

          La comida transcurrió sin incidentes. La madre, aparte de ser simpática, era muy observadora y en las pausas o cuando ella no intervenía, no perdía ocasión de radiografiar a Toñi con la mirada. Enrique lo sabía bien, conocía perfectamente a su madre y era algo que no podía evitar.

 

          Cuando terminaron el postre, él le dijo a Toñi que fueran a su habitación, que quería enseñarle algo.

 

—Mamá, vamos un rato a mi cuarto, a estudiar. No nos molestéis, ¿vale?

—¡A sus órdenes, mi sargento! —respondió divertida la madre, cuadrándose en gesto marcial—. Enrique le sacó la lengua en respuesta y se despidió con una sonrisa. Los jóvenes subieron al piso de arriba, donde él tenía su habitación.

 

—¡Qué sorpresa! No imaginaba que fueras tan organizado. ¿No lo habrás ordenado todo porque venía yo, ¿verdad? —dijo Toñi, ladina.

—¿Cómo? ¿Por quién me tomas? —dijo Enrique, después de tragar saliva. “Menuda pilla”, pensó—. Verás, hace tiempo que quería enseñarte algo.

—¿El qué?

—Es un poco delicado. Te puede chocar al principio, pero luego estoy seguro de que te va a gustar. Dame tu mano —y se la cogió veloz, pillándola desprevenida.

—¡Eh! ¿Qué vas a hacer? —dijo ella, tirando hacia sí, desconfiada.

—Tranquila. ¡Es toda una experiencia, te lo aseguro!

 

          Ambos se dirigieron hacia la pared donde había colocado el póster de una imagen en la que se veía el paseo de un parque. El cielo lucía gris y el suelo de tierra estaba repleto de hojas. En letras grandes, un rótulo indicaba: Londres.

 

—¡Mira qué maravilla! —los dos estaban frente a la fotografía.

—Sí que es bonito, ¿y?

—Ahora verás —y llevó la mano de Toñi hacia la foto—. Sus manos desaparecieron hasta más allá de la muñeca. Ella lanzó un grito de espanto.

—¡Chsss! ¡Que nos van a oír!... ¡No grites! —e hizo que resurgieran de nuevo, como si nada hubiera ocurrido. Ella se miraba las manos, asombrada, girándolas, en busca algún posible daño que no existía.

—¡Guau! ¿Qué ha pasado? ¿Haces magia?

—Más o menos —dijo él, socarrón.

—¡Quiero más! —dijo ella, encantada con lo que acababa de suceder.

—¿Sí?, ¡pues, ahora verás! —la cogió por sorpresa en brazos y ambos atravesaron, como si nada, la fotografía, que los engulló como si estuviera hecha de gelatina.

 

          Habían pasado a la realidad que representaba la foto. Él hizo que se girara y vieron cómo la fotografía, que ahora parecía un holograma, iba desapareciendo paulatinamente desde el marco hacia el centro, hasta convertirse en un punto centelleante, que igualmente se esfumó.

 

—Tengo miedo, Enrique. ¿Sabes lo que haces? ¿Cómo volveremos ahora? —dijo ella, inquieta.

—No te preocupes. Está todo controlado. He hecho esto muchas veces. Vamos a dar una vuelta por la ciudad y te cuento.

 

          Él le explicó, entonces, cómo fue su primera vez. Todo ocurrió el día que quiso decorar un trozo de pared desnuda con un póster del puente de San Carlos, de Praga. Le encantaba aquella fotografía, a pie de calle, con las farolas encendidas y el cielo encendido del atardecer. Sin esperarlo, pegó un traspié con la alfombra del suelo y fue derecho a estamparse contra la fotografía. Hizo el ademán de parar el golpe con las manos y, entonces, fue engullido como había sucedido hacía un momento con Toñi y él. Se vio repentinamente en Praga por arte de magia. No podía creer lo que había sucedido y le aterró el ver como la foto que había atravesado desaparecía, y verse en aquel lugar sin saber qué hacer.

          Mientras recorría la ciudad intentando asimilar lo que había sucedido, pensó que lo mejor era acudir a la policía en busca de ayuda. Chapurreaba algo de inglés y así pudo hacerse entender. Por supuesto no les contó lo que había ocurrido, pero les dijo que se veía sin blanca y necesitaba llamar a su familia. Le permitieron hacer unas llamadas. Por mucho que lo intentó no pudo hablar con nadie. No cogían el teléfono en su casa, ni a los amigos que llamó. Agradeció a los agentes su ayuda y volvió a deambular por la ciudad, pensando qué podía hacer. Decidió que volvería al puente, y se quedaría allí sentado, esperando que algo sucediera. La noche había cerrado ya y hacía un frío que pelaba. Él no tenía ropa adecuada para aquel lugar y temió coger un constipado. De repente las campanas de un reloj dieron las siete. No se veía un alma por la calle y la niebla cubría gran parte de la zona más elevada de la ciudad, amenazando dejarse caer sobre el puente también. Entonces, vio como la fotografía volvía hacer acto de presencia en el mismo lugar donde le dejó, justo al lado de donde él se encontraba. No se lo pensó dos veces. Se aproximó y metió primero un pie, y al ver que desaparecía, hizo lo propio con el resto del cuerpo. Aterrizó de nuevo en su habitación. El alivio y la alegría que sintió de estar de regreso en casa, quedaría grabado por siempre en su memoria. Miró el reloj y se percató que la hora no había cambiado en su habitación. Era como si el tiempo se hubiera parado en el momento que cruzó la pared.

 

—¡Madre mía! Debiste pasarlo mal, allí solo, sin saber qué hacer —dijo Toñi.

—No se lo recomiendo a nadie. Cuando regresé a la habitación, quité la foto y puse la mano sobre la pared para ver qué ocurría.

—¿Y qué pasó?

—Que estaba dura y fría.

—Entonces, solo sucede cuando hay colocada una foto —concluyó ella.

—Eso es. Desde entonces, he estado haciendo turismo a través de las fotografías que he ido colgando.

—¡Qué guay!

—Sí. Ya conoces mi secreto. ¿Te gusta?

—Claro, pero tengo una pregunta. ¿La fotografía siempre reaparece a las 7?

—Sí.

—¿Y qué ocurre si alguien la atraviesa y aparece en tu habitación?

—Eso no puede ocurrir. Solo pueden traspasarla y volver, los que hicieron el viaje de ida. Lo sé porque en una ocasión me vi en un aprieto. Me perseguían unos cacos y por suerte daban las 7 en esos momentos y pude regresar a casa. Ellos intentaron hacer lo mismo, porque iban justo detrás de mí, pero no lograron cogerme. Para ellos era solo una imagen en el aire y la atravesaron.

—¡Menos mal!

—Bueno, vamos a aprovechar para hacer un poco de turismo y regresamos a las 7, ¿te parece?

 

          Pasaron un día muy bueno en la ciudad y, cerca de las 7, volvieron al paseo donde les había dejado la fotografía, esperando que reapareciera. Así ocurrió, y atravesándola se encontraron de nuevo en la habitación.

 

—Me lo he pasado muy bien. Gracias Enrique —y le dio un beso en la mejilla.

—Otro día, si quieres, vamos a otro lugar.

—Sí, me encantaría. ¿Dónde podríamos ir?

—No sé. Elige tú. Yo ya he estado en muchos sitios. No quiero repetir. Mira esto —. Enrique se dirigió a un armario y al abrir la puerta aparecieron un montón de pósteres enrollados—. He estado en todos estos sitios.

—¡Madre mía! ¿Puedo verlos?

—Claro.

 

          Fueron abriendo los rollos y Toñi se encontró imágenes de ciudades y paisajes de todo tipo. Se dio cuenta de que todos tenían algo en común. Eran fotografías a ras de suelo.

 

—¿No tienes fotos hechas desde lejos o desde las alturas?

—No. Es que cuando vas a esos sitios, vas a parar al mismo plano en el que está hecha la foto. No me gustaría ir a parar a un cielo abierto y caer sin paracaídas. Aunque podría comprarlo y vivir esa aventura. Lo malo es que la vuelta sería harto difícil.

—¡Es verdad, no había caído! —y ambos rieron por la palabra que había empleado.

—Bueno, pues ve pensando a dónde te apetece ir. Si quieres visitamos algunas tiendas donde vendan pósteres de ciudades. Yo conozco varias.

—Vale, ¡buena idea!

 

          De esa forma, fueron comprando pósteres y viajando por distintos lugares. Hasta que un día ella se preguntó qué pasaría si pusieran una fotografía antigua. ¿Viajarían al pasado? Lo habló con Enrique y decidieron vivir la experiencia. Compraron una foto antigua, en blanco y negro, de Nueva York. A pesar de haber cruzado muchas imágenes y visitado multitud de sitios, siempre escogieron fotos a color y relativamente cercanas a su presente. Aquello era una experiencia nueva.

 

—¡Uff!, ¿te puedes creer que estoy nerviosa?

—Yo también. Es la primera vez que hacemos algo así.

 

          Cuando cruzaron la fotografía, viajaron al Nueva York de 1969. Y no solo eso. Al ser en blanco y negro, todo lucía sin color, incluidos ellos mismos. Fue una experiencia excitante que nunca olvidarían. Era un mundo nuevo que tan solo habían visto en algunas fotografías. Los coches, la vestimenta de la gente, las cabinas de teléfono... Todo era distinto a su realidad.

 

          Después de aquella aventura, quisieron ir más allá. Se preguntaron qué ocurriría si viajasen a través de una fotografía de cuando ellos eran pequeños. Rieron sin freno imaginando cogiéndose en brazos a sí mismos, o ver a sus padres igual de jóvenes que ellos. No pudieron con la curiosidad y allá que fueron a ampliar una foto en que la Toñi jugaba con una muñeca en un parque, con su madre sentada al lado, leyendo una revista.

 

—¿Estás lista? Te veo un poco nerviosa —dijo Enrique.

—Sí, esto es muy fuerte. Madre mía. Espero que no las asustemos cuando aparezcamos.

—No había caído en eso. Tampoco sabemos si viajar a tu pasado podría afectar a tu presente. Imagina que cuando regresemos, le preguntas a tu madre si se acuerda de un día que estabas con ella en el parque, de pequeña, y de repente surgieron de la nada dos chicos…

—Ostras ¡Es verdad! Esto es de locos.

—¿Te lo estás pensando?

—¡Nada de eso! ¡Vamos al lío! —y allá que fueron.

 

          Cuando se acercaron a madre e hija, Toñi le dijo a Enrique: “Tú, sígueme la corriente”.

 

—¡Mira cariño! ¡Qué niña más preciosa! ¿Cómo se llama? —preguntó Toñi a su madre.

—Toñi.

—¡Que nombre más bonito! ¡Mira que ojazos tiene, Enrique!

—No te recrees contigo misma —susurró Enrique al oído de Toñi. Como contestación recibió un pisotón con disimulo—. Toñi se puso en cuclillas para observarse a sí misma más de cerca.

—Tiene una niña muy bonita —le dijo a su madre.

—Gracias. Pero cuando se pone a llorar… tiene un timbre que se entera todo el bloque —Enrique intentó ahogar la risa sin mucho éxito y Toñi se giró para fulminarle con la mirada.

—Quizás llegue a ser soprano —apuntó a su madre.

—Sí, le gusta mucho la música. Cuando ponemos la radio en casa, se mueve con ritmo.

 

          Toñi se incorporó para observar mejor a su madre. En esa foto era más joven que ella. Era curioso que no la reconociese, a pesar del parecido. La madre también se fijó en ella, pero ¿cómo iba a imaginar que estaba hablando con su propia hija? Entonces, a Toñi se le ocurrió una idea.

 

—Mira, allí hay una tienda de música. Vamos rápido antes que se marche mi madre —dijo Toñi a Enrique, por lo bajini.

 

          Allá que fueron, y a los diez minutos ya estaban de vuelta. Se acercaron de nuevo a madre e hija.

 

—Disculpe, ¿aceptaría un regalo para su hija? Es una tontería, pero me haría ilusión que lo luciese su niña —y a continuación le enseñó un pequeño objeto envuelto en papel de regalo. La madre dudó si aceptarlo. Toñi le apremió a que lo cogiera.

—¿Por qué se ha molestado? ¡Que apuro!

—¡Venga, ábralo! Le gustará. —insistió Toñi con una sonrisa—. La madre finalmente lo tomó y abrió el paquete. Era una horquilla con forma de flauta plateada.

—¡Qué bonita! Muchas gracias, de verdad. Ahora mismo se la pongo —cogió a su hija en brazos, pinzando su flequillo con los dedos, para colocarle la horquilla—. Toñi no cabía de gozo al verse a sí misma con la horquilla en el pelo, en brazos de su propia madre.

—Bueno, pues hasta luego —se despidió sonriente Toñi con la mano, y Enrique hizo lo propio.

—Hasta luego, y gracias de nuevo —dijo su madre.

 

          Los dos jóvenes continuaron paseando por el parque. Durante el resto del día recorrieron los alrededores. A Toñi le sonaban algunos rincones de su antiguo barrio, pero eran recuerdos vagos, quizás más de imaginación que reales, por empeñarse en recordar lo que no podía, al estar tan lejanos en el tiempo. Llegó la tarde y a las siete cruzaron de nuevo la fotografía, de vuelta a la habitación de Enrique.

 

—No sé si ha sido buena idea lo de la horquilla —dijo Enrique.

—¿Por qué? Es algo inocente. Además, me daba curiosidad una cosa.

—¿El qué?

—Cuando llegue a casa le preguntaré a mi madre si recuerda un par de jóvenes que se pararon a charlar con ella cuando era joven.

—¡Ah, pillina! ¡Lo que yo te dije! Quieres comprobar si es posible cambiar tu presente, cambiando algo de tu pasado.

—Eso es.

—¡Guay! Ya estoy deseando que me cuentes lo que habéis hablado.

—Ja, ja. Sí. Luego te llamo —y se despidieron.

 

          Cuando Toñi habló con su madre y le preguntó por los jóvenes y la horquilla, esta se quedó muda, no sabía qué decir. Le contestó que cómo es que sabía aquello si nunca se lo había contado. Toñi no quiso decírselo, pero le preguntó si aún conservaba la horquilla. La madre fue a su dormitorio y buscó en una vieja caja de lata, donde guardaba fotos antiguas y otros objetos. Allí estaba la horquilla.

 

          Enrique no podía creer lo que Toñi le estaba contando por teléfono. Era alucinante que hubieran podido cambiar el presente con aquel viaje. En ese momento él se encontraba en la parada del bus, esperando que llegase para volver a su casa. Durante el trayecto continuaron charlando, hasta que finalmente llegó a su barrio. Cuando bajó y se dirigía a su casa, vio que había muchos coches de policía. Los agentes intentaban mantener el orden y que los curiosos no traspasaran el cordón policial. Un enorme camión se había empotrado contra una vivienda echando abajo todo el lateral.

 

—¡Toñi, mi casa!

—¿Qué ha ocurrido? —dijo ella, preocupada.

 

          Y ahí terminó su periplo a través de las fotos, pues el interior de su habitación podía verse ahora desde la calle, habiendo desaparecido el muro que le permitía viajar más allá de las imágenes.


 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 20.12.2020.

 

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