Jona Umaes

La gaviota

          Luisito, un niño de 6 años, sentado en el jardín de su casa, se divertía jugando a uno de los muchos juegos que su padre le había puesto en la Tablet. La vivienda estaba próxima a la playa, por lo que era habitual que la sobrevolaran gaviotas en su discurrir por el cielo, en busca de alimento. En el jardín había un enorme ficus, más alto que la propia casa y que cubría parte del tejado.

 

          Una pareja de gaviotas había anidado en lo alto de la casa, bajo el abrigo de las ramas del árbol. Criaban a un par de polluelos que apenas llegaban a las dos semanas de vida. La proximidad al mar, facilitaba a los padres la búsqueda rápida de alimento para sus crías. Ese día, el niño se dio un susto al ver que un pequeño polluelo había caído del cielo, sobe el césped, junto a él. El animalito piaba del mal rato, al verse fuera de su hogar, lejos de su nido. Luisito, ni corto ni perezoso, dejó la Tablet a un lado y lo tomó con sus manos ahuecadas. Se dirigió al interior de la vivienda con el polluelo, en busca de la madre.

 

—¡Mamá, mira lo que he encontrado!

—¿Pero, de dónde lo has sacado?

—Estaba en el suelo. Es muy bonito. ¿Puedo quedármelo?

—¡Pero sus padres lo estarán buscando! ¡No podemos quedárnoslo! El niño lo dejó sobre la mesa y se abrazó fuerte a su madre —porfa, mami. ¡No tengo mascota!

—Pero ese pájaro no es…

—¡Porfa, porfa!

—Cógelo otra vez. Vamos a colocarlo en una caja grande. Tu padre está al llegar.

 

          A los cinco minutos, llegó el padre. Tras saludar a la mujer, esta le contó lo sucedido y que debían hacer algo. No podían tener a ese pájaro en la casa. Ambos salieron al jardín y miraron hacia arriba, en busca de algún nido. No podían apreciar nada desde abajo. De cualquier forma, miraban al sitio equivocado, pensando que el nido estaría en el árbol. Vieron que una gaviota sobrevolaba la casa, pero no le dieron importancia, pues era lo habitual. Cientos de ellas lo hacían a diario.

 

          Por la tarde, el padre tomó una foto con el móvil del polluelo y buscó en internet de qué se trataba, aunque tenía la certeza de que era una cría de gaviota, por el largo pico y las patas. Era aún muy pequeño y su pelaje moteado y oscuro, era tan suave como el de un peluche. Luisito estaba junto a él cuando buscaba algún sitio que explicase qué hacer con una cría de gaviota extraviada. Recomendaban no quedársela y llevarla a un centro de rehabilitación, pero también decían que esos centros solían sacrificarlas si no era de una especie protegida.

 

          Ante la insistencia del niño, que quería quedársela, y visto lo que decían en internet, poca salida había. Los padres, finalmente, cedieron a sus ruegos y lloros. Ya que iban a quedárselo se informaron bien de cómo debían alimentarlo y cuidarlo. Leyendo sobre el tema, aprendieron muchas cosas de esas aves. De adultos son omnívoras, pero en la cría, había que alimentarlas con pequeños trozos de pescado. También leyeron que había que darles la comida, aproximándole un palo de color amarillo con una mancha roja, para imitar el pico de los padres y así tranquilizarlos a la hora de comer. Le dijeron al niño que no le tocase las alas. Si quería acariciarla lo hiciera con suavidad en el buche o la cabeza.

 

          Luisito estaba entusiasmado con el animal. Le llamó Alberto, aun sin saber si era macho o hembra. Tan pequeño, era imposible de discernir. Todos los días estaba un rato con el polluelo, lo acariciaba y hablaba, como si le entendiese. El animal terminó por acostumbrarse al niño, y cuando él le acercaba la mano, este iba veloz a buscar el contacto.

 

          El ave creía rápido. Había transcurrido un mes desde que lo recogieron y su transformación fue sorprendente. Las alas, más desarrolladas, las estiraba agitándolas, como desperezándose y daba pequeños saltitos. El instinto le hacía brincar y aletear. El padre se dio cuenta de que el animal necesitaba espacio abierto. La caja se le había quedado pequeña, así que compró una jaula para pájaros de considerable tamaño, y la colocó en el patio interior. Si Alberto lograba levantar el vuelo, por poco que fuese, al menos que tuviera un lugar donde aletear, sin peligro de que se escapase.

 

          Conforme se desarrollaba, ave y niño estrechaban más sus lazos. La gaviota, sin ser un animal de compañía, parecía comportarse como tal. Se había habituado tanto a Luisito, que lo llamaba con sus graznidos para que fuera a jugar con él. La jaula era lo suficientemente grande para que cupiese el niño de pie y hasta que diera varios pasos. El padre le hacía ponerse unos guantes. Alberto ya tenía las patas lo suficientemente desarrolladas para poder arañar las manos del niño. En aquellos juegos, el ave iba y volvía donde estaba Luisito y se posaba en su mano.

 

          Pasó el tiempo, y el padre vio que la jaula ya no era lugar para el pájaro. Se le había quedado pequeña. El animal hacía vuelos cortos, pero torpemente, porque sin viento que le ayudara, le costaba mucho trabajo. Era hora de dejarlo volar fuera de la casa, pero temía que el ave alzase el vuelo y se extraviase o tuviera algún percance, con el consiguiente disgusto para Luisito. Cuando fueron hacia jardín, el niño llevaba cogido a Alberto con mucho cuidado. Una vez en el exterior, lo dejó sobre el césped. El animal, viéndose en un lugar nuevo, no se atrevía aún a volar. Simplemente, se dedicaba a caminar por la hierba, mirando a menudo al suelo por si veía algún bicho que llevarse al buche. Luisito lo llamaba, y el animal entonces se giraba y volvía junto al niño.

 

          Ese fue su primer día fuera. En los siguientes, el pájaro empezó a alzar el vuelo. Recorría el pequeño trayecto al árbol, del que iba y venía. Así estuvo durante un tiempo hasta que al fin se elevó más allá de los límites de la casa, perdiéndose de vista. Luisito, entonces, lo pasaba mal, porque creía que Alberto no iba a volver, pero este lo hacía al rato de haber partido. El pájaro reconocía la casa como su hogar y al niño como su familia.

 

          Al año, Alberto ya hacía largos recorridos y el tiempo que pasaba fuera era considerable, pero terminaba volviendo. Luisito sabía que siempre regresaba, pero el ave crecía tan rápido que temía que un día ya no lo hiciese. Transcurrieron algunos meses más y fue, entonces, cuando sus temores se hicieron realidad. Alberto partió hacia la playa y ya no regresó. El niño les dijo a sus padres de ir a buscarlo, pero ¿por dónde empezar? La playa era inmensa, había cientos de gaviotas y el ocaso estaba cerca. Luisito, aquella noche, era un mar de lágrimas. Los padres no sabían cómo consolarlo. Le dijeron que seguramente volvería al día siguiente, cuando tuviera hambre, pero el ave ya sabía valerse por sí misma y no necesitaba que la alimentaran. Esa noche el niño se durmió agotado, de tanto llorar.

 

          Alberto no volvió al día siguiente, ni en los sucesivos. Su instinto de libertad podía más que sus lazos con el niño. Luisito estuvo triste durante una temporada y le afectó en su rendimiento en el colegio, echaba de menos a su pájaro. Pero con el tiempo y las continuas distracciones que sus padres le buscaban, hicieron que superase el mal trago, aunque nunca llegara a olvidar a su amigo. En su habitación tenía fotos de Alberto, desde que lo recogiera, cuando tan solo era una bolita de plumón, hasta poco antes de que se marchara definitivamente.

 

          Transcurrieron dos años, y un día que Luisito hacía los deberes en la mesa del porche, que daba al jardín, una gaviota descendió del cielo para posarse suavemente sobre una de las sillas de madera. El niño se quedó paralizado ante la presencia del pájaro. Al ver que el animal no se asustaba de él, una palabra surgió de su boca sin más:

 

—¿Alberto?

 

          El ave emitió un graznido y de un brinco se posó sobre la mesa. Luisito le habló como hacía cuando jugaban juntos, unos años atrás. La gaviota se acercó a la mano del niño, que la había extendido invitándole a acercarse. El ave comenzó a dar pequeños picotazos en sus dedos y bajaba la cabeza para rozarse con la mano, buscando caricias.

 

          La madre, ocupada en sus quehaceres, se dirigió al porche para decirle algo a su hijo. Cuando vio al niño acariciando a la gaviota, se paró en seco en la puerta, intentando no moverse para no asustar al pájaro. Al instante supo que se trataba de Alberto. Ver aquel reencuentro la emocionó y, sobre todo, se alegró por su hijo, por lo mal que lo pasó cuando se separaron y el verlo ahora tan feliz. Con mucho cuidado, sacó el móvil del bolsillo y, desactivando el sonido, les hizo una foto juntos. Al poco, una nueva gaviota descendió del cielo posándose sobre el césped, emitiendo sonoros graznidos. Alberto se giró y dio unos pasos por la mesa, contestando con otros gorjeos al ave que acababa de llegar. El pájaro volvió la vista desde el extremo de la mesa, hacia Luisito, y lo miró una última vez antes de impulsarse y volar junto a la otra gaviota. La madre del niño, entonces, se acercó a él y posó las manos sobre sus hombros, mientras ambos observaban como, primero una y después la otra, alzaban el vuelo hacia el cielo y desaparecían de sus vistas.

 

—Alberto se fue porque la naturaleza lo llamaba. Era su instinto de libertad el que le hizo irse —dijo la madre.

—Sí, algún día tenía que hacerlo —dijo el niño, comprendiendo.

—¡Pero nunca se olvidó de ti! ¡Ha venido a verte! Parece que ha encontrado con quien formar una familia.

—Sí, la otra gaviota… —El niño ya no pudo seguir hablando. Se estremeció por el llanto y la madre lo abrazó para consolarlo.

 

          Aquello marco profundamente a Luisito. Su destino quedó trazado el día que un polluelo cayó del cielo y fue a parar a sus manos. De mayor, se dedicó al estudio de la naturaleza y se especializó en ornitología.

 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 23.01.2021.

 

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