Jona Umaes

4 sentidos


          Sentado en el porche de la casa, escuchaba el mecer de las ramas del cedro que cobijaba el jardín lleno de vida. Algunos pajarillos parecían discutir por los trinos altisonantes que emitían. El sonido llegaba nítido a mis oídos, como el del viento que corría entre las ramas del árbol. A pesar de la oscuridad en que estaba sumido, veía la escena como cuando podía disfrutar de mi vista. Nunca la había valorado lo más mínimo. Era normal, ¿quién lo hace? Solo los que la pierden. La ausencia es lo que da valor. Demasiado tarde, eso sí. Todo un contrasentido.  

          Mi cerebro terminó por adaptarse, aunque tardara meses en aceptar lo que había sucedido. Verme entre tinieblas, día tras día, era demasiado para mí. Los ansiolíticos era lo único que me ayudaba a soportarlo. Me calmaban y hacían más llevadera la depresión de caballo que me invadía. Sorprendentemente, algo cambió en mi cabeza.

          La mente permite recordar lo imprescindible para el día a día. Sin la memoria a corto plazo no podríamos hacer nada. Y aunque tengamos recuerdos remotos, serán únicamente la punta del iceberg. Debajo de la superficie, duerme todo un mundo de vivencias que olvidamos porque no son necesarias para nuestro presente. En aquellos momentos de oscuridad, aquel iceberg salió a flote. Era la única explicación que se me ocurría al hecho de poder visualizar mentalmente todo lo que captaba por medio de mis otros sentidos.

          A través de mis ojos, disfruté la belleza de la vida durante años. Aunque luego aquello me fuera arrebatado y hubiese tenido que luchar para salir del pozo. Todo cambió para mí. La falta de visión había potenciado el tacto, el olfato y el resto de sentidos… O quizás eran los mismos, pero sin la distracción de la vista. Era como si me focalizara más en ellos. Tocar la taza del café, el calor que desprendía, el aroma, todo unido, hacía que recordara, como si la viera, la imagen de aquel momento, cuando aún podía ver.

 

—¡Qué rico te ha salido el café, cariño!

—¿Tú crees? Yo lo noto igual que siempre.

—Está muy bueno.

—Gracias.

—¿Me das un beso?

—Claro. ¡Ey! ¡Estate quieto!

—No quiero ¡Estás muy rica!

—Ja, ja, ja. ¡Qué tonto eres!

—Vamos al cuarto.

—¿Ahora?

—Sí. Me ha entrado, de repente, un no sé qué.

—Sé de qué se trata. Venga, que tenemos poco tiempo.

 

          Mi mujer también sufrió lo suyo a raíz del accidente. Sabía que, desde ese momento, todo sería distinto entre nosotros. Estábamos perdidos, desorientados, sin saber qué nos depararía el futuro. Nos queríamos. Era lo importante, pero teníamos que adaptarnos a las nuevas circunstancias. Esa incertidumbre se mantuvo mientras me recuperaba. Fue muy duro pensar que ya no podría verla más, pero, para mi sorpresa, una vez salí del hoyo, la novedad hizo que, cuando teníamos relaciones, fuera como un nuevo comienzo y eso avivó la llama. La sensación del tacto se había potenciado. Nunca había sentido con tanta intensidad.
          Como no podía ser de otra forma, me hice más dependiente de ella. Mientras, aprendía a hacer las cosas por mí mismo. Si antes, el orden en la casa era crucial, ahora lo era aún más. Todo debía estar en su sitio. En el momento que algo estuviera fuera de su lugar, la angustia me invadía. No podía estar molestando a mi mujer cada vez que se ausentaba si no encontraba algo. Tenía que aprender a buscar en otros posibles rincones hasta hallar lo que fuera que se me resistía. Debía progresar en mi independencia. Primero, en mi hogar, y luego en el exterior, aunque eso llevaría más tiempo.

          El tema del trabajo fue lo peor que llevé. No podía continuar con mi carrera de diseño gráfico, así que dediqué todos mis esfuerzos en retomar la escritura. Hoy en día, la tecnología facilita mucho las cosas. Puedo escribir hablando, incluso tecleando. Siempre se me ha dado bien. No necesitaba mirar las teclas. Un software se encargaba de leer lo que escribía. Sin mi capacidad de visión, me era aún más fácil imaginar sin distracciones. Con la ayuda de mi mujer, empecé a publicar. La vida me sonreía de nuevo.

          En el mundo actual, un invidente puede hacer vida normal: "ver" películas audiodescritas, “leer” audiolibros, escribir, etc. Pronto, gracias a la tecnología, seremos pasajeros, sin necesidad de conducir. Como contrapartida, tu mujer no podrá preguntarte qué tal la ves con un vestido nuevo, ni podrás decirle lo guapa que está. ¿O sí? :-)

        Recuperé la alegría de vivir. No importaba que el día fuera noche. La necesidad hacía que avanzase, no me quedaba otra. Las noches eran mis días y me regocijaba de ello. Lo que la vida me quitaba mientras permanecía despierto, me lo devolvía cuando dormía. Veía a través de mis sueños. Era un milagro que se repetía cada noche y que lo disfrutaba como nunca lo había hecho antes.

        Una noche, por contra, soñé que no podía ver. Me contemplaba desde fuera, haciendo la vida de un invidente, con mi mujer a mi lado. Llevábamos una relación distinta, llena de cambios y nuevas rutinas, y era feliz. Cuando desperté, el sol entraba por la ventana. Los cabellos de mi esposa me hacían cosquillas en la nariz. La zarandeé por la cintura y ella, adormilada, se dio la vuelta. Era un placer ver sus ojos verdes y su pelo enmarañado.

 

—¿Sabes? He tenido un hermoso sueño.

—¿Ah, sí? ¡Cuenta!

—He soñado que era ciego y escribía relatos.

—Siempre has tenido mucha imaginación. No iba a ser distinto en tus sueños.

 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 08.06.2022.

 

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