Maria Teresa Aláez García

Hadas


Largos vestidos de colores pastel: azul, rosa, verde, amarillo, anaranjado, rojo...... Sombreros medievales con velos que podían contrastar o conjugarse con los vestidos. Sedas y tules. Zapatos planos.

Cabellos dorados, azabaches, verdosos o marrones.

Siluetas primorosas acordes con la naturaleza. Árboles, flores, plantas, agua, aire, fuego, arena, sal marina, algas... Incluso rocas.

Algunas con alas. Otras con escamas en sus piernas. Orejas puntiagudas. Narices pequeñas y ojos achinados o almendrados.

De buen o mal humor. Jóvenes o viejas. Reinas o mendigas.

Siempre dispuestas a ofrecer ayudas y dones a quienes los merecieran.

Y siempre tocaban a los hermanos más pequeños, quienes habían aprendido de los errores de los hermanos más mayores.

Suavidad. Elegancia. Finura. Generosidad. Sabiduría. Belleza, sobre todo. Y eficacia.

Cuánta necesidad teníamos de las hadas cuando niñas. Y niños. De aquella hada madrina de Cenicienta, de las hadas de la BellaDurmiente, de las venerables ancianas que se encontraban a la vereda de los caminos para probar los corazones de quiénes paseaban por allí. Cuántos bailes imaginarios con aquellos gorros, aquellos zapatos y aquellas varitas mágicas que tintineaban en la imaginación de nuestras manos su alegría de juguete.

Y, al ir creciendo, nuestra imaginación fue adaptando nuestros pensamientos a la realidad. Siempre están ahí: sólo hay que descubrirlas. Es simplemente eso: saber verlas. Y no solamente en las películas del Señor de los Anillos, de Harry Potter, en los dibujos animados o en los cuentos de hadas, elfos o ninfas.

Hay quien ha encontrado en su propia madre la caricia matutina y el sol radiante. En su abuela el aroma del caramelo nuevo. En aquella visita que venía algún domingo, vestida de negro, el rico bizcocho o la flor recién cogida.

En el paseo cotidiano, la joven anodina que aunque no es bella, disfruta de una preciosa sonrisa. O la señora de edad que aprovecha que ese día tiene el júbilo maquillado en su rostro y saluda al viento y al caminante. Esa extranjera vestida con ese vestido tan colorido que afirma cuando mira a tus ojos porque le gusta lo que ve o le ha resultado agradable encontrar algo de su tierra en un lugar lejano: una piel, un cabello recogido y trenzado, unos ojos picarones.....


No, no dejan de acompañarnos. Yo creo que nunca nos han dejado.

Sean hadas, ángeles o sentimientos, es acogedor sentirlas a nuestro lado... aunque no las podamos ver....
 
(c) Enlace del título. Música de la película "Forrest Gump" de Alan Silvestri. Composición realizada por VampireloveHussy "Fairy Realm".

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Maria Teresa Aláez García.
Publicado en e-Stories.org el 04.11.2006.

 

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