Maria Teresa Aláez García

A lo lejos...

A lo lejos, los tornados.

Encima y debajo, nubes, gris, humo, aire, viento, mareas y mar. No existe el horizonte.

La inmensidad se hace mayor y la lluvia cae, pesadamente, aburrida, al compás de a saber qué corazón o qué llanto reprimido, qué tristeza oculta o qué emoción.

Y el paraguas lucha contra el viento en evitar el vuelo hacia lo desconocido o en no morir con las varillas clavadas contra su piel, en un arranque de impetuosidad eólica.

Al subir por la cuesta, reconocí la lluvia cayendo sobre el asfalto, el color mortecino de la calle, el final abrupto, el volcarse sobre el mar y las calles lisas y perdidas entre la niebla, de Ginebra. (Genève).  Pero allí el gris no era tan agónico. La ciudad, acostumbrada a la lluvia y a la humedad – no en vano rodea al Leman y disfruta de su Jet d’eau – tenía – o tiene, que existe -  las líneas bien delimitadas y oscuras, reviviendo entre la penumbra. Me hacía recordar algunas películas francesas – como siempre, olvido los títulos – donde las damas, con gabardina de color claro – película en blanco y negro – unos zapatos oscuros de medio tacón, una falda sobre la rodilla, jersey de cuello alto y media melena, caminan al lado de un caballero o un muchacho que lleva ropas oscuras y que va bien abrigado. Caminan en silencio, dejando hablar a la lluvia, al humo que el aliento dibuja sobre el aire frío que les embarga y  a las calles vacías y solitarias o al puente sobre el Sena o el Ródano, da lo mismo.  Y la apertura del vacío sobre ellos, sólo resguardados por un sombrero o por un paraguas.  Es una sensación similar a la sentida en San Sebastián o en Zaragoza pero allí era más fría, quizás por la lejanía, la poca familiaridad del lugar,  la inseguridad del momento pero era una sensación especial que ayuda  a  retener la imagen en el cerebro durante mucho más tiempo.

Puede ser que el calor de la compañía, de la charla interesante y bien compartida, del silencio cómplice, nada despiadado ni culpable y  decidido por consenso mutuo,  de las miradas interesadas e interesantes y del ligero tacto de la presencia olvidada de las sombras a uno u otro lado, faciliten el no sentir ganas de retirarse a un lugar resguardado y caliente. Merecen la pena ciertos paseos aunque las condiciones climáticas sean algo adversas.

Sentarme en uno de los bordes del muro de piedra y seguir las líneas paralelas del camino y del pretil hacia la parte inferior. Iguales que las líneas que ahora circulan por mi rostro, dando cuenta de tantas experiencias y sentimientos que demarcan costumbres, miedos, traumas y prejuicios  y delimitan nuestro comportamiento en los años posteriores. Son veredas del tiempo en la piel,  son cauces de la memoria entre la cara y el alma.  Algunas se mezclan con otras, comparten hechos cruzados y otras nunca en el confín de las eras se encontrarán. Como nosotros.  Por más que se diga adiós, uno sigue a un lado del precipicio y el otro en el contiguo.   Y no merecen la pena ni el salto ni la caida.

En la tarde, todo finaliza.  La tarde significa el otoño y el ocaso. El atardecer sin sol es el invierno y la noche, la muerte  y el letargo.  El amanecer implica la primavera y el revivir, la luz ante la oscuridad del desconocimiento, la nueva visión de las cosas y el mediodía la vida en plenitud y el verano.

No pude acabar de escribir el texto de la mañana. Ni creo que pueda redactar el del mediodía. Sencillamente porque no han sido experiencias vividas y porque el fin llegó antes del comienzo. No existe sacrificio, no existe despedida, no hay nada. Ni siquiera hay espacio en el olvido para esas dos cruces que suelen poner algunos enamorados a sus relaciones, más que nada porque en este caso ni siquiera hubo leña cortada para poder tallar dichas cruces.

Y el desear compartir, desear vivir, desear escuchar y reconocer del uno y del otro en las acciones, en los deseos, en las manifestaciones, en el trato a los demás, en los contratos, en las llegadas y en las despedidas, en el momento precario o en el de la dicha. Eso para la gente que fabrica su propio destino porque puede o le han dado facilidades para hacerlo.  La belleza, los estudios, la inteligencia, el trabajo, la fuerza de voluntad, la sinceridad, la honestidad,  el interés sincero… hacen a la persona y construye una sociedad limpia y creciente, floreciente, amante de la paz y de la justicia.

Yo… carezco de todo ello.

No hay más que echar un vistazo al  espejo. Y ver las líneas moradas bajo los ojos y la negligencia y el desasosiego junto a la mirada perdida, en el semblante.

Mayte Aláez. Pernelle.

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Maria Teresa Aláez García.
Publicado en e-Stories.org el 02.02.2009.

 

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