Fermín Vidales Martínez

HISTORIA DE APLIUDORO DE MILETO CONTADA POR ÉL MISMO

 

 

HISTORIA DE APLIUDORO DE MILETO CONTADA POR ÉL MISMO

 

 

 

Andrónico de Rodas: Filósofo griego que compiló y ordenó

las obras de Aristóteles (a él se debe el nombre de Metafísica:

 <<los que van después de la Física>>). Comentó a este autor

 y a su discípulo Teofrasto.

 

Enciclopedia Planeta DeAgostini, 1995.

 

 

Antes de leer una historia es muy importante leer la vida

del historiador.

Jaime Balmes (1810-1848).

 

 

De no ser porque mi amigo Daniel Durán- célebre descubridor de cuentos, pianista de partituras y perseguidor infatigable del polvo de proyección que ha de explicarle el sentido del cosmos- adolece del defecto de entretenerse hablando con los muertos, no tendríamos noticias de Apliudoro de Mileto. El nombre de este filósofo se hubiera perdido irrevocablemente en la negrura del olvido una mañana del siglo I antes de Jesús el Cristo, cuando Andrónico de Rodas, después de largos y meticulosos años enfrentándose con la magna tarea de desentrañar, ordenar y limpiar la ingente obra de Aristóteles, se adjudicó el derecho inquisitorial de destruir uno de los volúmenes, precisamente aquel en el que se hablaba del sabio de Mileto.

- Afortunadamente los acontecimientos de los vivos no determinan la existencia de los muertos- reveló el fantasma de Apliudoro a mi amigo Durán.

Los hechos se desencadenaron de la siguiente manera. Andrónico de Rodas observó que uno de los pergaminos aristotélicos contenía un conjunto de borradores de la obra que desembocaría en el Historia animalum. Andrónico de Rodas pensó, posiblemente, que aquel ensayo del Estagirita era, en cierto modo, irrelevante, y tal vez pensó también, negligentemente, que teniendo el resultado definitivo poco importaba ya conservar los índices del proceso. Así que meramente quemó los borradores del Historia animalum. Cabe esgrimir a su favor que en aquella época reciente se ignoraba la devoción que los siglos otorgan hacia los sabios, y en su contra que Aristóteles ya era un sabio mucho antes de morir. ¿Cómo pudo permitirse Andrónico el capricho de arrojar a las llamas una de las obras? ¿Cómo osó a velarnos una parte importante del misterioso procedimiento creador? ¿Qué demonio confundió su labor bienintencionada? De cualquier modo los actos humanos, correctos o equivocados, se defienden con la cualidad de lo pretérito: ya no se pueden cambiar. Andrónico de Rodas quemó una obra de Aristóteles, la obra donde se recogía el extraño caso de Apliudoro de Mileto, y de no ser por el médium Durán, hubiera extinguido uno de los nombres más importantes de la Historia.

Apliudoro de Mileto fue un gran filósofo, un sabio, que se estableció en Atenas en el siglo IV antes de Cristo. Sus juicios y doctrinas, predominantemente populistas, le hubieran llevado sin duda a tomar la cicuta de no ser porque a los estómagos estrechos de los sofistas aún les duraba la saciedad de la sangre de Sócrates. Apliudoro, como el picapedrero, recorría las calles de Atenas hablando con las gentes, pero buscaba más incendiar los pechos que las inteligencias. Sin embargo, no fue esta sapiencia la cualidad que llamó la atención del Estagirita. Hemos de recordar que Aristóteles no era historiador, sino curioso científico. Lo que hizo que Aristóteles recogiese el nombre de Apliudoro en los prolegómenos de su Historia animalum fue un cambio que, de la noche a la mañana, había sufrido el cuerpo del revolucionario: le habían brotado unas glándulas odoríferas, como escamillas, a la altura del ombligo, de manera que se convirtió en una suerte de mofeta humana. El rumor de aquella transformación se extendió por la ciudad más rápido incluso que la peste despedida, y pronto se apartaban a su paso cuantos antes habían buscado su compañía. Lógicamente los sofistas se regocijaron y aprovecharon la ocasión para aclamar que semejante destino sufrirían quienes anduvieran disputando la tiranía a los dioses. Y, poco a poco, los pechos que el filósofo se había empeñado en despertar volvieron a amodorrarse.

Apliudoro de Mileto, que tanto había luchado para el pueblo, no pudo soportar el dolor de verse repentinamente solo, abandonado, así que decidió recluirse en una de las silenciosas cavernas del Atos. En esa cueva hizo su acomodo y se mantuvo alimentándose con raíces, lombrices y alimañas. En aquella soledad transcurrieron largos y penosos años, transformando su vida en un asunto rutinario. Su frente fue día a día replegándose, provocando hondas arrugas y pellejos cenicientos, como si fueran reflejos o premoniciones de lo que estaba sucediendo en el interior de la cabeza. Aquella mente, otrora prodigiosa, se iba paulatinamente animalizando. Las palabras, que tanto tiempo llevaban sin arrimarse al paladar, iban perdiendo su sentido, su fuerza, y el gobierno de la mente se convirtió en una sucesión de impulsos, y las formas de las cosas empezaron a cobrar unas dimensiones de extravagancia para sus ojos alucinados.

Cierto día, después de muchos años de exilio, un pastor que pasó casualmente por el lado de la cueva del solitario Apliudoro, se dio cuenta de que el aire ya no estaba viciado por la hediondez como solía. El efecto mefítico había desaparecido con igual magia que apareciera. La noticia se corrió por la Acrópolis y los viejos que antaño oían entusiasmados las doctrinas de Apliudoro, y que a punto habían estado de convertirse en jóvenes rebeldes, empezaron a reunirse en secreto.

- Hemos de recuperarlo- decían.

- Hemos de traerle de vuelta.

- Aun no es tarde.

Así que enviaron una comisión en su busca. Sin embargo, Apliudoro de Mileto no les reconoció. Se había olvidado completamente del arte del lenguaje y, por ende, del razonamiento. De manera que la comisión de ancianos regresó a las calles de Atenas con las manos vacías y la nostalgia resignada, y Apliudoro de Mileto siguió viviendo sus días como un animal.

- Sólo después de muerto pudo recuperar la lucidez- declara mi amigo Durán.

- Lo que yo no entiendo – le pregunto- es por qué Aristóteles hablaba de Apliudoro de Mileto en sus borradores del Historia animalum y luego no decía nada de él en la obra definitiva.

- Ese es el misterio. No sé... Tal vez no estaba seguro de si era un hombre o un animal, o acaso una especie distinta. No sabría cómo clasificarlo.

- Y por eso simplemente decidió no hablar de él. Es posible, desde luego. Tiene mucho sentido.

- Claro que lo tiene. Al fin y al cabo es lo mismo que hacemos todos, ¿no? Imagínate que estás en un examen y que dentro de una pregunta hay un epígrafe que sólo te sabes a medias. ¿Qué haces? ¿Te lías a escribir cosas que apenas te suenan, así, sin ton ni son? No. Antes que demostrar abiertamente tu desconocimiento te saltas ese punto y te haces el despistado.

- Oye, ¿y no se habría hecho Andrónico de Rodas la misma pregunta? Imagínate su desconcierto. Quemó aquellos papeles para encubrir al sabio. No podía consentir que llegara a conocerse que Aristóteles no tenía todas las respuestas. Su idolatrado Aristóteles no era perfecto, así que manipuló la historia para que nunca llegara a saberse.

- Ajá. De todos modos a lo mejor, una noche de éstas, me pongo en contacto con los espíritus de Aristóteles y de Andrónico para que nos den una explicación.

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Fermín Vidales Martínez.
Publicado en e-Stories.org el 23.05.2009.

 

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