Xavier Fernández Vizcarri

La aldea

       El inmenso ejército hizo un alto. Avanzaba desde el amanecer, la caballería bajaba de sus monturas y estiraba las piernas, todos aprovechaban para hecharse algo al estómago, no comerían decentemente hasta que llegaran las columnas de aprovisionamiento, éstas mas lentas no les alcanzarían, si no había imprevistos, hasta el anochecer.

        El general seguía sobre el caballo, su atención se prestaba en el poblado que serpenteaba abajo en el valle, era un pueblo pequeño, doscientos o trescientos habitantes a lo mas. Lo que le tenía confuso era la aptitud de los moradores, a estas alturas de campaña sabían lo que les esperaba, su poblado sería saqueado e incendiado, matando todo aldeano que tuviera fuerzas para empuñar un arma, y sin embargo no parecía alertarles aquel poderoso ejército que cubría toda la colina. La curiosidad le abrumaba, en aquel territorio no había ningún tipo de milicia o fuerzas que pudieran oponer resistencia, su destino estaba sellado. Había campesinos que seguían con sus tareas diarias, como si no ocurriese nada, incluso chiquillos pescaban animados en el arrollo que cruzaba aquella extraña aldea.

         El general tomó la decisión de enviar emisarios junto a ellos, les seguían toda una ala de la caballería, cerca de quinientos jinetes veteranos. Antes de arrasar la aldea tenían órdenes de interrogar a la población sobre su comportamiento, luego todos serían pasados por las armas , niños incluidos, por su arrogancia, esa receta era mano de santo cuando corría la voz por el territorio.Todo acabó en pocos minutos, el jefe del destacamento se presentó a su general, confirmando la misión por terminada. Contó que nadie respondió a sus preguntas, de echo explicó extrañado, ni siquiera intentaron huir, fueron atravesados por lanzas y espadas sin oponer ningún tipo de resistencia, no hubo un solo grito ni lamento, ni siquiera cuando torturaron algunos de ellos para que soltasen la lengua.

          Nunca en sus largos años de soldado había escuchado nada igual, el general con mas fama de su nación llamado El Invencible, estaba impresionado, la turbación le dio migraña, decidió acampar aquella noche allí, sus soldados necesitaban descanso, sobretodo sus infantes, mañana seguirían avanzando, ensanchando su basto imperio.

          Aquella noche el gran general tuvo un sueño, en éste aparecía el anciano de la aldea, el que cocinaba en medio del poblado aquella enorme olla. Despertó sobresaltado, salió de la amplia tienda desnudo, la guardia personal lo siguió escoltándolo con caras de sorpresa. Entró en la tienda de su segundo, dándole un sobresalto monumental. Cuando todas sus preguntas fueron respondidas lo invadió un pánico que nunca había experimentado, profundo como un pozo que llegaba al fondo de la Tierra.

          El sol ya estaba alto y calentaba aquellas fértiles tierras, la inmensa caravana de pertrechos y provisiones llegaba por fin, después de vadear un rio crecido. La escolta de vanguardia, que hacía las veces de exploradores llegó primero, allá donde miraran sólo había cadáveres, alguno quedaba vivo todavía, pero no pro mucho tiempo, se acercaron horrorizados a un soldado que agonizaba.

         El anciano miraba desde el bosque, siempre había sido su lugar favorito. Allí recolectaba las plantas medicinales, aquellas que conocía desde su infancia, cuando su padre le enseñaba las distintas variedades, también conocía las hierbas y raíces mas venenosas de aquel bosque y de la comarca, la mas mortal la utilizó para empoñozar todas las barricas de vino que guardaban para pasar el año, sabedor que sería repartido entre toda la tropa, pues no llegarían a tiempo los carros tirados por los lentos bueyes, con sus pesadas cargas de enormes tinajas. 

         Se sentía orgulloso de su pueblo, de como se había tomado la decisión en el Consejo de ancianos, todos habían trabajado duro para recolectar las suficientes raíces de aquella letal planta. Miró por última vez lo que quedaba de su aldea y se tomó un largo trago de vino.

 



 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Xavier Fernández Vizcarri.
Publicado en e-Stories.org el 02.09.2009.

 

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