Luis Manuel Gomis Quinto

Ilduara Porua, Caminante de Caminos. Capítulo 2


UN PRESENTE PARA MI ÁGATA


La máscara ocultaba su rostro, así como la ayudaba a ver mejor el de los demás. Le fue raro acostumbrarse, pero la magnífica visión en la oscuridad que le proporcionaba era algo realmente útil, así como digno de ver con los ojos propios alguna vez en la vida. No había una sola sombra que no se iluminara con un ténue brillo verde al contenear lévemente a la luz de los lujosos candelabros que iluminaban cada estancia de la Máscara.

-Ohhh señor Jaesor, de verdad que es magnífico el retrato que me hicísteis en la vajilla de pórcelana.

-Verdad querida Ágata? Y cuan bello sería si en vez de haberlo hecho de vuestro rostro enmascarado me hubiérais dejado hacerlo de vuestra bella faz, mi dama de inspiración.

-Ya sabéis las normas, mi querido pintor de sueños, y no fui yo quien las impuso.

-Mientras los elaboraba, no podía dejar de pensar en vos. Un presente para mi Ágata, me decía a mi mismo.


Sonriente como siempre, Ágata se encontraba acompañada de Jaesor Ryndyl, regente de la afamada tienda de artesanía Trabajos de Porcelana Fina de Jaesor, en la que innumerables familias nobles iban a encargar vajillas personalizadas para los ajuares de sus descendientes, en las que se retrataría en cada pieza de porcelana que compusiera la vajilla a la pareja de contrayentes.

-Suerte que mi mujer fue de viaje, si no hubiera sido así, no hubiera podido retrataros sin las preguntas sobre vos que tuviera que hacerme.

-Ella sí es una dama con suerte Ryndyl, la queréis tanto que no queréis que sepa de vuestras desventuras para que no sufra. Así quisiera yo que fuera si algún día a mi me tocara ser esposa.

-Si así lo quisierais, sabed que lo seríais. Aún no he visto vuestro rostro, pero sí vuestra alma a través de vuestros negros ojos, mi gema en bruto.


Una risa de desazón se desató en la sala mientras la joven acercaba sus labios al cuello de su acompañante subida en sus rodillas. Tras esto acercó la brillante copa de plata a los labios del hombre y le dio de beber el fino licor que había pedido.

El salón en la planta baja estaba amenizado por la música y las jóvenes bellezas que se empleaban en la Máscara de Adularia hacían las delicias de los nobles que habían acudido a gozar de la música y la buena compañía. Las máscaras y las negras y ligeras túnicas lucían aún más que en cualquier otro lugar, mientras la dueña del local daba la bienvenida con su cálida y arropadora sonrisa a hombres y mujeres.


Apuró su bebida mientras reía y disfrutaba de la compañía de Ágata, y se levantó con dificultad mientras la muchacha le tomaba de las manos.

-He de irme ya, mi piedra por pulir. Pero podéis estar tranquila, no dejaré de pensar en el blanco de tus ojos cada vez que mi porcelana me destelle con su brillo.

-En ese caso os acompañaré a la salida, mi artesano de estrellas.


Lo cogió de la mano al caminar, mientras este le acariciaba el torso que se descubría entre la ligera túnica.

-Recordad y tened mi vajilla en buen lugar, prometedme al menos eso.

-Os prometo que más de uno gozaremos de vuestro arte, le sugeriré a la Dama de las Máscaras que las cuelgue por el establecimiento.

-Quedará fantástico, Ágata.

-Así será, tened un magnífico día y no olvidéis volver pronto a verme.


Lo dejó en la puerta, asintiendo a los guardias que vigilaban con ojo avizor para que le dejaran marchar sin problemas, y congiendo su mano con una agradable calidez. Mientras se marchaba por la calle la joven se quedó observándolo con una sonrisa esbozada en su rostro oculto de nariz para arriba.

-Bien, veamos quien más ha venido a vernos hoy.

-Bien hecho mi joven Ágata, el presente que os hizo valdría una fortuna si fuera de encargo.

-Gracias mi Dama de las Máscaras, espero que os gusten como decoración para el local.

-Ohh, seguro que quedarán magníficas. Y ahora id a atender a otros visitantes, aún queda un buen rato para que llegue la hora de descansar.


-Claro mi Dama, iré de inmediato.

Se acercó a otra mesa en la que tres burgueses acompañados de la esposa de uno de ellos se habían reunido con su encantadora sonrisa y dos jarras de vino dulce en las manos, debía seguir adulando a los visitantes y haciendo de su estancia más agradable aún si cabía.

(Realmente hice bien en aceptarla)

Pensaba la Dama mientras se sonreía para sí y daba la bienvenida a otros nuevos invitados.

 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Luis Manuel Gomis Quinto.
Publicado en e-Stories.org el 02.04.2011.

 

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