Ana Coronado González

Cosas que pasan

Leonardo de Montesco, un chico de dieciocho años de edad y poseedor de un increíble atractivo yacía sentado frente a un gigantesco espejo que adornaba la sala de estar de su lujosa mansión. Su camisa estaba abotonada hasta la mitad de su pecho y el pantalón que llevaba lucia con un planchado impecable, todo su ropaje era de un color negro, que resaltaba increíblemente con su piel pálida y sus ojos azules.

Recargada en un amplio librero se encontraba una corona de flores que traía escrito con marcador verde: “sentimos su pérdida, familia: Rodríguez Molina”

Era notorio su enojo… sentía coraje por la reciente pérdida de sus progenitores y una increíble rabia por la hipocresía de las personas que asistieron a su sepelio.

- ¡Gente que solo quiere dinero! – gritó en un arrebato de ira – ¡gente que solo desea saber cuánto dinero nos dejaron para ver que tanto nos quitan! – exclamó al arrojar el vaso de whisky que llevaba en su mano hacia el tapiz color crema que se encontraba a sus pies descalzos.

Después de un par de minutos en los que el silencio predominó se escuchó que tocaban débilmente a la puerta de madera que se encontraba a su espalda.

- ¡¿Quién?! – interrogó molestó y sin voltear a ver.
- Hermano… - se escuchó una delicada voz - hermano, ¿puedo pasar? – mencionó una niña de entre seis años entre lloriqueos

Leonardo se incorporó rápidamente para ver a su pequeña hermana, que probablemente al escuchar aquel ruido había corrido a ver qué sucedía.

- Alana… - susurró al darse cuenta de que si este momento era difícil para él, para esa niña que se encontraba para bajo el marco de la puerta debía ser peor.
- Hermano… ¿estás bien? – interrogó la niña ahora gimoteando intensamente. Leonardo se apresuró rápidamente hacia su hermana menor y la estrechó en un fuerte abrazo. Sus lágrimas corrían por sus pálidas mejillas hasta ser detenidas por la cabellera rubia de la chiquilla. El no había llorado en el velorio, ni siquiera en el momento que le avisaron sobre el fallecimiento de sus padres. Pero el hecho de ver a Alana, tan indefensa tan confundida y asediada por los buitres de sus parientes, lo hiso deshacerse en un mar de llanto.
- Leo… - mencionó más calmada – ¿me cargas como lo hacía papá? –preguntó con una sonrisa.
Leonardo solo pudo asentir ante tal petición, ya que si mencionaba una sola palabra volvería a derramar lágrimas. Así que se inclinó indicándole a la niña que colocara sus brazos alrededor de su cuello y la levantó.

- ¡Vaya Leo! –mencionó sorprendida – has crecido mucho.
- ¿Mucho? – interrogó el chico con una sonrisa.
- ¡Mucho, mucho! ¿Cuánto mides? – preguntó al alborotar el sedoso pelo de su congénito con su pequeña mano.
- 1.93 – contestó Leonardo con voz serena al salir al balcón y sentar a la niña en una banca que se encontraba junto a un rosal.
- ¡Wow, estas altísimo! – indicó la pequeña al abrazarse a los pies de su hermano.
- ¡Vamos mosca! Déjame sentarme no seas fastidiosa – mencionó al apartar a Alana de sus largas piernas. La niña respondió a tal sobrenombre mordiéndole lo más fuerte que pudo el muslo izquierdo.
- ¡Pero qué te pasa enferma! – gritó Leonardo adolorido al apartarse de ella.
- ¡Te he dicho que no me llames así! – mencionó molesta y dándole la espalda, al tratar de demostrar su enojo.
- Está bien, pequeña piraña, no te molestes – indicó al tomar a la niña por la cintura y colocarla en su regazo y comenzar a hacerle cosquillas en el estómago.
- ¡Ya, ya! – gritaba entre carcajadas.
- Está bien te voy a dejar de torturar si no me vuelves a morder – condicionó Leonardo, ejecutando aun su martirio.
- ¡Si, lo juro! – mencionó la niña entre risas y dejándose caer tranquilamente en el pecho de su hermano.
- Leo… ¿por qué se fueron mamá y papá? – interrogó Alana transformando aquel alegre ambiente en uno lleno de melancolía.
- Es que… - musitó Leonardo, sabía que no podía contarle toda la verdad, ella aun era muy pequeña y probablemente no entendería que sus padres habían sido secuestrados y ejecutados a causa de su increíble fortuna. Fortuna que habían adquirido debido al arduo trabajo de su padre – ellos tenían que irse… - mencionó finalmente en medio de un intenso dolor.
- ¿No nos querían y por eso se fueron? – volvió a interrogar la niña al recargar su cabeza.
Leonardo levantó a Alana y la colocó justamente frente a sus ojos.
- Nunca… nunca digas que no nos querían, ellos nos amaban y hubieran dado cualquier cosa por estar aquí…
- Pero…- interrumpió Alana con voz temblorosa.
- ¡Pero nada! Papá y mamá nos deben de estar viendo en estos momentos ¿qué crees que piensen si se enteran de lo que están diciendo? – indicó firmemente.
- Pero es que ahora quien va a cuidar de mi – mencionó la niña al comenzar a llorar. Leonardo al darse cuenta de sus duras palabras le acaricio el pelo y limpio con su dedo pulgar la pequeña mejilla de la niña.
- Yo cuidare de ti… - dijo con voz paternal, Alana abrió los ojos y lo miró asombrada.
- ¡No, tú eres muy feo para cuidar de mí, a mí solo me cuida la gente bonita! – bromeó al darle la espalda
De pronto la expresión de la niña cambió al darse cuenta que en el piso había una serie de huellas de color carmesí, al seguirlas con la mirada se dio cuenta de que estas provenían del pie de Leonardo.
- que te paso Leo… – susurró la niña al ver un pequeño charco de sangre bajo el pie izquierdo de su hermano.
- Hm… - mencionó Leonardo al ver la causa de tal asombro – me debí de haber cortado con el vaso que se me cayó. – dijo quitado de la pena. – ahorita me limpio pirañita – mencionó al apretarle la nariz a Alana y tratar de levantarse.
- ¡no! mama dice que si tocas algo sucio cuando te cortaste te puedes infectar –indicó la niña al empujarlo hacia la banca – yo iré por el alcohol y las gasas – dijo al salir corriendo hacia el baño.
- Pero Alana yo puedo ir- mencionó Leonardo al tratar de detenerla, pero la niña lo volteo a ver y con rostro angelical dijo – es que ahora que estamos solos yo también te tengo que cuidar – finalizó al cruzar el portal.

Mañana comenzaría otro día, que traería cosas nuevas para los dos, el comenzaría a dirigir la empresa que había dejado su padre y ella tendría que soportar el ser cuidada durante las tardes por una niñera, pero era claro que ambos estarían bien mientras se tuvieran el uno al otro.

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Ana Coronado González.
Publicado en e-Stories.org el 21.09.2012.

 

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