Alfonso Redondo

LA DAMA Y EL VAGABUNDO

En lo alto de un castillo vive una dama, su único paisaje es una ventana tapada por una rama. Nadie la aclama, quizás nadie sabe que existe, pero es especial porque está encantada con una llama que se apaga cuando está triste. Hace tiempo que está apagada, ninguna sonrisa que la avive, tantas lágrimas derramadas hacen que el fuego esté en declive. Escribe, en las paredes una cara con ceniza, su piel blanca ahora manchada, se volvió mestiza. Encerrada sueña, con que la rescaten algún día,  ya sólo se cree dueña de su monótona melancolía. Y su manía, esperar a que su sonrisa vuelva, pero ¿qué hacer? ¿Esperar a que sin hacer nada todo se resuelva? Que unos brazos le envuelvan, eso es lo que quiere, pero por cada día que pasa una gota de esperanza muere. Le hiere... Cada luna sus lágrimas recorren sus mejillas, su corazón ya es de madera pero se le clavan las astillas. Cansada de llorar, cierras sus ojos y se duerme, sin saber que pronto llegará, el momento de conocerme.

 

En las calles de una ciudad vivo yo, un vagabundo, harto de llevar a cuestas un lugar llamado mundo, vivo sin pensar, al segundo, soy de los que piensan que si no hablo, no me confundo. Vivo de la vida misma, y aguanto cada día con dos cosas: esperanza y carisma. Esperanza de huir de estas calles tan estrechas, tan direccionadas, tan izquierda o derecha. Carisma por imaginar un mundo más sencillo, con que esta vida sea una canción y nuestros sueños, el estribillo. Un día decidí hacer esos sueños posibles, sólo necesitaba tinta y papel y mis rimas mas sensibles. Inconfundibles, estos días otoñales, hojas en el suelo te recuerdan todos los males. Dime cuales! Qué estación es tan estática? Cuál tiene la virtud de una tristeza tan romántica? Y por estas hojas voy, caminando pensativo, si sólo te queda pensar cuando no te encuentras creativo. Vivo, pero cada vez más muerto, voy buscando un milagro que me saque de este entuerto. Un milagro tan real como un castillo, y una ventana a la que el sol no daba ningún brillo. Qué le ocurre a esa ventana? Tan oscura y sin vida, trepé hasta ella esperando una doncella precavida, triste y abatida. Llegue hasta arriba y me apoye en una rama, y para mi sorpresa vi una flor sobre la cama. Mi sonrisa repentina, la suya, inmediata, una sensación de ahogo ante algo que te ata. Te mata, ver una flor tan delicada con los pétalos podridos, quería consolarla pero ¿para qué otro perro con ladridos? Asi que la sonreí de nuevo, esta vez como consuelo, y su sonrisa como respuesta me hizo tocar cielo. Y ahora vuelo, con solo una sonrisa, no pensaba en nada, sólo en tomármelo sin prisa. Que la brisa, acariciase mi cara, y es que su sonrisa de ensueño es lo único que me ampara. ¡Para! El tiempo y dime que me amas! Aquí y ahora es el momento... Se encendió la llama.

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Alfonso Redondo.
Publicado en e-Stories.org el 15.11.2012.

 

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