Jona Umaes

La impresora

          Diego se había cansado de tener que ir a imprimir a la copistería cada vez que necesitaba pasar a papel algún documento. Siempre había sido reacio a comprar una impresora, ya que pensaba que no le iba a dar uso y la inversión no la iba a compensar, pero desde que empezó a tener problemas de vista y el médico le dijo que redujera al mínimo el uso de pantallas, no le quedaba otra que pasar a papel la documentación que debía manejar.

          El médico estaba en lo cierto, leer en papel le cansaba menos la vista y era menos agresivo para sus ojos, así que no tuvo más remedio que ir en busca de una impresora. La tienda a la que acudió vendían todo tipo de productos tecnológicos, era enorme. Cuando llegó a la zona de ordenadores fue deteniéndose en los letreros para ver las prestaciones de cada una. Todas eran similares y el precio variaba más por la marca que por el número de hojas capaces de imprimir sin tener que cambiar el cartucho.

          Cansado ya de comparar sin decidirse cuál escoger, se detuvo frente a una llamada “Magic Printer”. El precio era bastante más económico que el resto. Estéticamente era horrible, pero respecto a su función parecía ser como las demás. Pensó que lo suyo era un problema temporal y quizás volviese al uso de las pantallas para leer, cuando el médico lo estimara oportuno. No iba a tirar el dinero en escoger una de marca, así que cogió una caja y zanjó el asunto de la elección.

          Diego era profesor de filosofía en la universidad. Los exámenes se hacían en ordenador, y dado el tiempo que invertía en leer los trabajos y pruebas, su vista se estaba resintiendo con el paso de los años. Así que comenzó a pasar a papel todo cuanto le entregaban, y tan solo se sentaba frente a la pantalla cuando tenía que pasar las notas a la plataforma de estudio o cuando le venía la inspiración y se ponía a escribir, que era otra de sus pasiones. Ahora, esto último, lo tendría que dosificar y reducir el tiempo de escritura.

          Ya que tenía la impresora, pensó que aprovecharía para imprimir aquello que escribía y hacer las correcciones y ajustes pertinentes sobre el papel. Una noche, que le visitó la musa, escribió un relato. Se le hizo tan tarde que optó por dejarlo impreso para revisarlo en otro momento. El sueño le estaba cerrando los ojos.

          Cuando se levantó por la mañana y fue a su escritorio vio que la hoja donde había imprimido el relato se encontraba blanco. Estaba seguro de haberlo pasado a papel. Los otros documentos del trabajo estaban tal cual los dejó. No le dio importancia, pues al mirar en el ordenador, el relato estaba en la carpeta donde lo dejó. Lo imprimió de nuevo y vio que la impresora funcionaba correctamente. Se fue a trabajar y olvidó el asunto.

          Al llegar a casa al mediodía, tras el almuerzo descansó un poco y luego se puso de nuevo a imprimir los trabajos de los estudiantes para corregirlos. En un primer momento no se dio cuenta, pero al buscar el relato y no encontrarlo, se puso de los nervios. Ya era la segunda vez que le ocurría y no se explicaba cómo era posible que desapareciera. El resto de papeles estaban todos impresos, tal cual los dejó. Como no podía perder el tiempo en aquello, se centró en los trabajos de los alumnos en papel.

          Más tarde, tras cenar y relajarse viendo un rato la televisión, se sentó de nuevo frente al ordenador y pasó a papel por tercera vez el relato que escribió, pero esta vez se lo llevó al salón y lo puso sobre la mesa para tenerlo a la vista, mientras se entretenía viendo la televisión. Cada cierto tiempo miraba la hoja y nada ocurría, hasta que a la tercera vez que miro notó que el escrito estaba más tenue. Cogió el papel y efectivamente, la tinta se había aclarado un poco. Lo dejó de nuevo sobre la mesa y siguió viendo el programa que echaban en la televisión. Al poco, volvió a mirar, y la tinta se había aclarado tanto que apenas se percibía. Cogió el papel para observarlo de cerca. “Se está desvaneciendo”, se dijo. Intrigado por lo que estaba ocurriendo, ya no miraba la televisión sino la hoja. Por momentos vio como la tinta desaparecía delante de sus narices hasta quedar la hoja en blanco.

          “Bien, si quieres jugar, juguemos”, dijo como si la impresora le escuchase. Encendió el ordenador y escribió en la pantalla: Me aterran las avispas. Luego lo imprimió en una hoja.

          Cuando era pequeño, Diego tuvo la mala fortuna de que le picasen dos avispas en una misma mañana. Ya con la primera gritó dolorido, como si le hubiera amputado un brazo, pero cuando al rato le picó la otra, aquello se le quedó grabado para los restos. Era ver una avispa y salir espantado de terror. Las cosas insignificantes para los adultos, los niños la magnifican de tal forma que arrastran el trauma para toda la vida.

          Diego tuvo la feliz idea (quizás por el vinito de la cena que resultó ser bastante fuerte), de que, si escribía algo sobre sí mismo y ocurría igual que con el relato, a lo mejor la “impresora mágica” haría valer su nombre. Se rio de sus propios pensamientos, pero, ¿y si realmente ocurría algo? Al día siguiente lo vería. Se acostó y se durmió rápida y profundamente gracias a los efectos del alcohol y la barriga llena.

          Al día siguiente era sábado, no tenía que madrugar, y se levantó un poco más tarde. Se quedó pensando en las musarañas hasta que se acordó de lo que había escrito por la noche. Se levantó rápido y se dirigió hacia el escritorio. La hoja estaba en blanco. “¡Impresora malvada! ¡Has vuelto a hacer de las tuyas!”, dijo pensando en alto. Antes de salir al jardín, desayunó, pues el estómago le pedía alimento. Después, se dirigió fuera. Junto a la cerca de entrada Diego tenía plantado un jazmín. Había crecido sobremanera con el paso del tiempo. Sabía que allí había un nido de avispas, y por eso evitaba acercarse. Las escuchaba desde la puerta de la casa y se le erizaban los bellos con el sonido, pero esa mañana se sentó en una silla del porche y allí se quedó un rato a ver qué ocurría. Para su sorpresa, el zumbido de las avispas le resultó indiferente. “¡Ostras!, ¡No me lo puedo creer! Cuando termine esa botella de vino la pondré de adorno por su buena labor”, dijo más contento que unas pascuas. Es más, para probarse, se levantó y se acercó al jazmín. El sonido del enjambre de avispas llegaba a sus oídos y nada temió al oírlo. Realmente la “Magic Printer” funcionaba, y bien que funcionaba.

          Tras aquel descubrimiento, estuvo pensando qué sería lo siguiente que imprimiría, que le pudiera beneficiar. Otra de las cosas que no podía soportar era las alturas. Se mareaba al asomarse por algún balcón que estuviera a cierta altura. Así que procedió de la misma manera e imprimió en un papel “Me dan miedo las alturas”. Cuando al rato vio que la tinta en la hoja había desaparecido, se puso a prueba de nuevo, subiendo al tejado de la casa y se asomó con cuidado. Nada, ni pizca de mareo.

          Dos de dos. Diego rezumaba alegría. Se estaba deshaciendo de taras que arrastraba de tiempo atrás. Entonces, pensó en qué ocurriría si escribiera algo que fuera mentira. Hizo el experimento imprimiendo en un papel “Soy el más pobre de los pobres”. Después de dejar pasar un rato y ver que había desaparecido la tinta, se quedó a la expectativa a ver si le llovía dinero del cielo u ocurría algo que le enriqueciese por arte de magia. Pero nada pasó. La impresora no era tonta y no se dejó engañar. “¡Cachis! ¡Es lista la tía!”, se lamentó decepcionado. “Bueno, pensaré en alguna otra cosa de la que me gustaría deshacerme y así sentirme mejor. A ver, a ver… ¡Ya sé!”

          Claudia, una compañera de su trabajo, guardaba para sí, desde hacía tiempo, un amor secreto. Diego y ella se llevaban muy bien. Lo que no sabía era que él sentía lo mismo por ella. Ambos eran ignorantes de lo que el otro atesoraba en su interior. Él no tenía la confianza suficiente para abrirse, y además pensaba que era un riesgo demasiado elevado, ya que trabajan juntos. Si ella le rechazaba sería muy incómodo el día a día, y seguramente echaría a perder la buena amistad que tenían. Por eso nunca se atrevió a dar el paso, pero ahora, aquella inseguridad había desaparecido gracias a su “Magic Printer”, y se arrepintió de haber tardado tanto en abrirse a Claudia, pues en cuanto lo hizo, una nueva vida se abrió paso para los dos.

          Desde que hizo su aparición la impresora, muchas cosas estaban cambiando. La vida le sonreía, y enamorado hasta las trancas, compartió con Claudia el secreto que escondía la impresora.

—Hace poco me compré una impresora. Me va estupendo con ella.

—¿Si? ¿De qué marca?

—Es marca blanca. Se llama “Magic Printer”. Un nombre muy adecuado.

—¿Adecuado? ¿Por qué dices eso?

—Porque gracias a ella, puedo estar aquí y ahora contigo.

—¿Y qué tiene que ver la impresora con nosotros?

—Te lo diré al oído, no quiero que nadie me escuche —se acercó a ella, pero en vez de hablarle comió el cuellecito a besos.

—Ja, ja, ja ¡Para, tonto! ¡Que nos están mirando!

—Perdón, me he ido por las ramas —Se acercó de nuevo al oído—. La impresora hace magia.

—¡Ya! ¡Y yo me chupo el dedo! —saltó Claudia.

—¿En serio? Eres un poco mayorcita para eso, ¿no? —dijo él guasón.

—¡Y tú para creer en esas tonterías! ¿Y qué clase de magia es esa?

          Diego, entonces, le contó todo lo que le había ocurrido con la impresora y cómo le había transformado. Ella no le creía, aunque, en realidad, sí que había percibido cierto cambio en él que la había sorprendido gratamente. Quería verlo con sus propios ojos, así que Diego la llevó a su casa para mostrárselo. Todo aquello le sonaba a broma, pero al mismo tiempo le daba curiosidad.

          Sentado en el sillón, Diego cogió el papel que acababa de imprimir con el relato que había desaparecido hasta tres veces. Ambos se quedaron esperando, entre bromas y mimos.

—¡Mira, mira! Ya empieza —dijo Diego. La tinta se estaba aclarando.

—¡Es verdad! Se ve más claro ahora —dijo asombrada Claudia.

—Verás dentro de unos segundos — por cuarta vez, el papel se quedó en blanco y Claudia se asustó—. No tengas miedo, ya te dije que era mágica.

—Pero, ¿cómo es posible? Te estás quedando conmigo —dijo ella, intentando razonar lo que había ocurrido— Ya sé. Le has echado tinta invisible, de esa que desaparece con el tiempo.

—¿Tinta invisible? No se me había ocurrido. Pero no puede ser, porque los trabajos de los niños no desaparecen —Diego se levantó y le enseñó los documentos impresos—. ¿Ves? Es la misma tinta, y están tal cual los dejé.

—Vale, la tinta desaparece con lo que escribes, no entiendo por qué sucede, pero lo que no puedo creer es que eso te haya cambiado.

—¡Eres una incrédula! Te lo demostraré. Bueno, vamos a hacer una cosa. Vas a ser tú quien escriba y a ver qué ocurre, ¿te parece? —Diego estaba corriendo el riesgo de quedar en evidencia, pues era algo nuevo que no había probado. Quizás, solo funcionaba con él. De hecho, el que los documentos de sus alumnos no desaparecieran era la prueba, aunque, por otro lado, esos trabajos no habían sido escritos en su ordenador. En poco tiempo saldría de dudas.

          Ambos se dirigieron al escritorio y él le dijo que pensara en algo de su vida, que quisiera mejorar. Ella escribió: “Nunca perdonaré a mi padre que me abandonara”.

          Aquel era un dolor tan profundo que no podía deshacerse de él. Era un lastre que llevaba desde jovencita, cuando sus padres se separaron. El rencor entre el matrimonio la salpicó y fue la verdadera víctima de la mala relación. Su padre fue distanciándose de ella. Claudia creció con el resentimiento de la madre y el poco trato entre ambos.

          De nuevo en el sillón, quedaron a la espera de qué sucedería. Al rato, la tinta comenzó a desaparecer.

—¡Ya empieza! —dijo Claudia.

—¡Sí, también funciona contigo! —saltó Diego. Unos momentos más tarde el papel se quedó en blanco.

—¿Y ahora, qué? —preguntó Claudia.

—Llámalo y sales de dudas —Diego le ofreció el móvil.

—Puedo llamarlo con el mío —dijo ella. Diego negó con la cabeza.

          Ella lo cogió temerosa. Él la abrazó para transmitirle confianza y la dejó sola para que hablase con su padre. Diego se sentó en el porche, escuchando el ligero zumbido de las avispas del Jazmín. Al rato, apareció Claudia. Diego se levantó.

          —¿Qué tal ha ido? —dijo él inquieto.

          Ella le sonrió y lo abrazó, deshaciéndose en lágrimas de alegría.

 

 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 17.04.2021.

 

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