Eduardo Imbaquingo Baquero

¿Y nuestro retrato?

Desde que ella volvió, a nuestro héroe le parecía que cada elemento en su hogar estaba donde siempre debió haber estado. Cada cosa en su respectivo sitio, ordenado y estable. ¡Ah, cuánto agradecía a Dios por haberlo bendecido con el Regreso de una esposa tan grandiosa como ella! ¡Y es que solamente Él podía juzgar la miseria de su ser mientras ella lo dejó! Pero aquel era un Pasado que no valía la pena revivir: la Soledad, cual tormenta había finalmente pasado, y ahora, nuevamente el Sol lo satisfacía con su bendito calor.

No importaba dónde estuviera, jamás dejaba de sentirse cómodo, y disfrutaba como si se tratará de la primera vez cuando veía pasear a su esposa en paños menores por la casa, ésta le sonreía y se besaban furtivamente: aquel era el néctar más nutriente para el humilde metabolismo de nuestro héroe. Si bien se le podía recriminar una indiferencia hacia todo aquel pensamiento que rebasase lo común y corriente, también se le podía elogiar las mil maniobras que ejecutaba con el fin de mantener toda fuente de su felicidad. Si algo le parecía agradable, hacía todo lo posible por mantenerlo así. Podría decirse que resultaba una Providencia para cualquiera que se adaptara a sus prejuicios de “buen samaritano”, o al menos así se lo decía su amada esposa, quien constantemente le demostraba su inmenso amor, insistiendo en todo tipo de preocupaciones hacia su persona, inquiriéndole sobre cada cosa respecto a él y resaltando hasta el hartazgo cada uno de sus atributos, haciéndole ver que todo su ser le pertenecía a ella: y a nuestro héroe, como digno de todo buen marido, semejante entrega le causaba no poca satisfacción.

Lo tenían todo, eran todo: y aquel retrato sobre la alacena era un símbolo de aquello. Cada mañana, a las 7 con 15 minutos, mientras desayunaba sus huevos fritos por un lado, con el tocino remojado en la yema, nuestro héroe observaba aquel retrato, inspirándose en él para afrontar su día a día, como el alimento espiritual necesario para su ser cada mañana. Pero de pronto, un día, aunque vio su plato de huevos y tocinos en su lugar de siempre, sucedió lo impensable: aquel retrato ya no estaba.


¡L…! ¿Y nuestro retrato, querida? ¿Lo has cambiado de lugar?
¿Mande, querido? –le pregunta su esposa, envuelta en una toalla y secándose el cabello. Una fragancia lo aturde y sonríe.
Ah, hueles tan bien, amada mía –la agarra por su cintura, besándola en el cuello mientras ella se aleja entre risitas–. ¿Te verás con las chicas hoy?
Así es querido, por eso me alisto. Pero, ¿qué fue lo que me dijiste? –insiste, acaso intrigada.
Ah, sí. Que si has visto nuestro retrato, aquel que suele estar sobre la alacena. Me gusta verlo mientras desayuno: me da fuerzas para trabajar.


Se distancia de su esposo y examina el lugar vacío. Suspira y lo regresa a ver, sonriéndole con una ternura que lo conmueve.


Eres muy tierno, querido. Sí, puede que lo haya movido para limpiar sobre… este estante. Me pregunto dónde pude haberlo dejado, ¡ash, qué cabeza la mía! –y se irrita. Verla molesta por esa ausencia emociona a nuestro héroe, quién no puede resistirse el deseo de besarla.
No te preocupes, querida. Ya lo encontraremos.
No, es que no puede perderse ese retrato, ¡lo adoro tanto! Tal vez… ¡Hum!, tal vez en el cuarto… sobre la mesita de noche, en mi lado… si pudieras, querido.
Claro, por supuesto, iré a ver –y nuestro héroe, orgulloso al creer que su esposa habría tomado aquella foto para recordar viejos momentos con él, revisa incesantemente el sector que su amada le designó. Encuentra un frasco de base abierto, una caja de sombras y unos pendientes que él mismo le había regalado, pero ningún retrato aparece allí.
¡Querido! ¡Lo encontré!


Rebosante de alegría, regresó a la sala y allí la vio, sosteniendo el retrato entre sus manos, sonriente y con sus cabellos sueltos, mojados. Quiso arrancarle esa toalla, dominarla sobre su sillón grande y apoderarse de aquella belleza antes de empezar su día: pero ya llegaba tarde al trabajo. “¡Bah, qué me importa llegar unos minutitos tarde si es por mi amada que lo hago!” Y se arrojó a besarla, desnudándola mientras ella se dejaba llevar por sus deseos; más al poco tiempo fue ella quien tomó el dominio, y así nuestro héroe no llegó tarde a su trabajo, aunque sí rebosante de alegría.

Mientras tanto, su señora esposa se quedó en la casa. Volvió a bañarse y volvió a gustar de la calidez de sus aguas cayendo sobre su cuerpo. Al salir, vio el retrato. Eran ellos dos, adolescentes, en una fiesta en la playa, durante un viaje que realizaron hace mucho… demasiado tiempo atrás. Sonrió: parecía feliz, ¿cómo habrán sido las cosas por aquellos entonces? ¿Qué distancia había entre las sonrisas de ahora y las de aquel entonces? Ah, tantas peripecias habían inundado últimamente su vida, que aquella etapa la veía muy lejana, casi fantasmal.

Se vistió y se emperifolló con esmero, a la vez que encendía su celular. Mientras esperaba, sedujo al espejo, cuando de pronto recibió una llamada.


¿Aló?... –ríe con gracia virginal– Hola, amor. Sí, ya estoy lista… –vuelve a reír– Pues porque estaba dormida, tontito ¿por qué más?… ¿Y ya estás cerca?... ¿En dónde?... ¡Ah, ya! Sí, ya salió mi amiga para su trabajo… Pero dijiste que iríamos al cine, amor. Ok, te amo… Ya, aquí te espero. Pero verás que lo prometiste. Chau. –Con el celular entre sus manos, suspira desilusionada, asemejándose a una colegiala a quien han roto por primera vez el corazón. Intenta seducir al espejo pero no lo consigue. Contiene la desolación en un suspiro y se levanta.


Antes de marcharse, ocultó el retrato y se prometió no volver a cometer el mismo error otra vez. Si es que la había, pues aunque deseaba a su novio; sabía que él no podría brindarle todo lo que su esposo le daba. Antes de cubrirlo con el cojín del sillón, lo observó melancólica: deseando poder ver a su marido como en aquellos tiempos probablemente le veía, pero, había visto y conocido ya tantas cosas, y deseaba ver y conocer tantas cosas que… bueno… por ahora: cierra la puerta del Hogar tras de sí, y se marcha sin ver atrás: piensa con ansiedad en aquel a quien pronto verá.

 

Mientras tanto, desde un cubículo perdido entre muchos otros, nuestro héroe se imagina a su esposa caminando en su casa, ¿qué estaría haciendo? ¿Viendo tele? ¿O tal vez leyendo algo? Últimamente se le había dado la tendencia de leer mucho, y a él le satisfacía enormemente comprarle los libros que ella deseara, pero pensaba si no acabaría aburriéndose. ¡Y a qué cosas podía llevar el ocio y el aburrimiento! ¡Ash, “gérmenes del pecado” –pensaba nuestro héroe!

Así, gracias al temor de que su esposa se aburriera en casa, el buen marido se prometió a sí mismo llevarla aquel fin de semana de viaje a algún lugar, con el fin de distraerla y también para que vivieran y conocieran más cosas… juntos y como la pareja que eran.

 

Mientras almorzaba, nuestro héroe analizaba los gastos del viaje, examinando sus fondos y verificando las probabilidades. Aquella misma tarde le daría la noticia a su mujer: ya quería escuchar su emoción al oírlo. Pero todavía faltaban treinta minutos para su Llamada de las dos. Así que con la mano en la quijada, se ensimismó en el recuerdo de aquella mañana, cuando de repente, llegó a sus oídos la siguiente blasfemia:

Mami yo me siento tuyo

Yo sé que tú te sientes mía

Dile al noviecito tuyo

Que con él te sientes fría

No pudo contenerse, tomó su celular y rompió el Cronograma: llamó a su amada esposa.


¿Aló, querida?
Oh, sí, qué sorpresa. ¿Ya son las dos?
Querida, no, sé que no lo son todavía, pero necesitaba oír tu voz. ¿Quieres saber algo?... Lo he estado pensando, y he decidido que viajemos a la playa, ¿qué te parece, mi amada? ¿Estás emocionada?
¡Enserio! ¡Oh, qué grandioso!  
¿Entonces sí estás emocionada, querida?
Por supuesto que sí –susurra–. Te amo, querido.
Yo también te amo, querida. Hoy de noche hablamos sobre nuestro paseíto, ¿de acuerdo?
Ok, amor. Hasta la noche.


Y cerró. Nuestro héroe observa su celular y lo besa. Hace tanto tiempo que no lo llamaba “amor”. Mientras tanto, su señora esposa, desnuda, vuelve al cuarto marital y mancillado, y de inmediato procede a excusarse:


Era mi amiga.
Sí… tú amiga –dice él.
Era ella, enserio. Me cuenta que regresará con el novio. ¿Por qué lo dudarías?
No lo dudo, mi preciosa.
¡No, claro que no! Pero ya lo veo en tus ojos… ¡no mires a otro lado mientras te hablo! ¡Por Dios, hombre, entiende que te amo a ti y solamente a ti!
Y yo también te amo solamente a ti –sentenció el amante, intentando concluir la incómoda situación.
¿Lo dices enserio?
Por supuesto.
No quisiera que te fueras de mi lado jamás.


 

Después devino aquel viaje, y fue realmente bueno. Su esposa pareció disfrutar enormemente de la algarabía costeña, y eso a nuestro héroe lo llenó de felicidad.

Ahora, sobre la alacena ya no está aquel retrato antiguo. En cambio, se los ve en uno nuevo con sombreros, embriagados y felices.

Desde que ella volvió, a nuestro héroe le parecía que cada elemento en su hogar estaba donde siempre debió haber estado. Cada cosa en su respectivo sitio, ordenado y estable. ¡Ah, cuánto agradecía a Dios por haberlo bendecido con el Regreso de una esposa tan grandiosa como ella! ¡Y es que solamente Él podía juzgar la miseria de su ser mientras ella lo dejó! Pero aquel era un Pasado que no valía la pena revivir: la Soledad, cual tormenta había finalmente pasado, y ahora, nuevamente el Sol lo satisfacía con su bendito calor.

No importaba dónde estuviera, jamás dejaba de sentirse cómodo, y disfrutaba como si se tratará de la primera vez cuando veía pasear a su esposa en paños menores por la casa, ésta le sonreía y se besaban furtivamente: aquel era el néctar más nutriente para el humilde metabolismo de nuestro héroe. Si bien se le podía recriminar una indiferencia hacia todo aquel pensamiento que rebasase lo común y corriente, también se le podía elogiar las mil maniobras que ejecutaba con el fin de mantener toda fuente de su felicidad. Si algo le parecía agradable, hacía todo lo posible por mantenerlo así. Podría decirse que resultaba una Providencia para cualquiera que se adaptara a sus prejuicios de “buen samaritano”, o al menos así se lo decía su amada esposa, quien constantemente le demostraba su inmenso amor, insistiendo en todo tipo de preocupaciones hacia su persona, inquiriéndole sobre cada cosa respecto a él y resaltando hasta el hartazgo cada uno de sus atributos, haciéndole ver que todo su ser le pertenecía a ella: y a nuestro héroe, como digno de todo buen marido, semejante entrega le causaba no poca satisfacción.

Lo tenían todo, eran todo: y aquel retrato sobre la alacena era un símbolo de aquello. Cada mañana, a las 7 con 15 minutos, mientras desayunaba sus huevos fritos por un lado, con el tocino remojado en la yema, nuestro héroe observaba aquel retrato, inspirándose en él para afrontar su día a día, como el alimento espiritual necesario para su ser cada mañana. Pero de pronto, un día, aunque vio su plato de huevos y tocinos en su lugar de siempre, sucedió lo impensable: aquel retrato ya no estaba.


¡L…! ¿Y nuestro retrato, querida? ¿Lo has cambiado de lugar?
¿Mande, querido? –le pregunta su esposa, envuelta en una toalla y secándose el cabello. Una fragancia lo aturde y sonríe.
Ah, hueles tan bien, amada mía –la agarra por su cintura, besándola en el cuello mientras ella se aleja entre risitas–. ¿Te verás con las chicas hoy?
Así es querido, por eso me alisto. Pero, ¿qué fue lo que me dijiste? –insiste, acaso intrigada.
Ah, sí. Que si has visto nuestro retrato, aquel que suele estar sobre la alacena. Me gusta verlo mientras desayuno: me da fuerzas para trabajar.


Se distancia de su esposo y examina el lugar vacío. Suspira y lo regresa a ver, sonriéndole con una ternura que lo conmueve.


Eres muy tierno, querido. Sí, puede que lo haya movido para limpiar sobre… este estante. Me pregunto dónde pude haberlo dejado, ¡ash, qué cabeza la mía! –y se irrita. Verla molesta por esa ausencia emociona a nuestro héroe, quién no puede resistirse el deseo de besarla.
No te preocupes, querida. Ya lo encontraremos.
No, es que no puede perderse ese retrato, ¡lo adoro tanto! Tal vez… ¡Hum!, tal vez en el cuarto… sobre la mesita de noche, en mi lado… si pudieras, querido.
Claro, por supuesto, iré a ver –y nuestro héroe, orgulloso al creer que su esposa habría tomado aquella foto para recordar viejos momentos con él, revisa incesantemente el sector que su amada le designó. Encuentra un frasco de base abierto, una caja de sombras y unos pendientes que él mismo le había regalado, pero ningún retrato aparece allí.
¡Querido! ¡Lo encontré!


Rebosante de alegría, regresó a la sala y allí la vio, sosteniendo el retrato entre sus manos, sonriente y con sus cabellos sueltos, mojados. Quiso arrancarle esa toalla, dominarla sobre su sillón grande y apoderarse de aquella belleza antes de empezar su día: pero ya llegaba tarde al trabajo. “¡Bah, qué me importa llegar unos minutitos tarde si es por mi amada que lo hago!” Y se arrojó a besarla, desnudándola mientras ella se dejaba llevar por sus deseos; más al poco tiempo fue ella quien tomó el dominio, y así nuestro héroe no llegó tarde a su trabajo, aunque sí rebosante de alegría.

Mientras tanto, su señora esposa se quedó en la casa. Volvió a bañarse y volvió a gustar de la calidez de sus aguas cayendo sobre su cuerpo. Al salir, vio el retrato. Eran ellos dos, adolescentes, en una fiesta en la playa, durante un viaje que realizaron hace mucho… demasiado tiempo atrás. Sonrió: parecía feliz, ¿cómo habrán sido las cosas por aquellos entonces? ¿Qué distancia había entre las sonrisas de ahora y las de aquel entonces? Ah, tantas peripecias habían inundado últimamente su vida, que aquella etapa la veía muy lejana, casi fantasmal.

Se vistió y se emperifolló con esmero, a la vez que encendía su celular. Mientras esperaba, sedujo al espejo, cuando de pronto recibió una llamada.


¿Aló?... –ríe con gracia virginal– Hola, amor. Sí, ya estoy lista… –vuelve a reír– Pues porque estaba dormida, tontito ¿por qué más?… ¿Y ya estás cerca?... ¿En dónde?... ¡Ah, ya! Sí, ya salió mi amiga para su trabajo… Pero dijiste que iríamos al cine, amor. Ok, te amo… Ya, aquí te espero. Pero verás que lo prometiste. Chau. –Con el celular entre sus manos, suspira desilusionada, asemejándose a una colegiala a quien han roto por primera vez el corazón. Intenta seducir al espejo pero no lo consigue. Contiene la desolación en un suspiro y se levanta.


Antes de marcharse, ocultó el retrato y se prometió no volver a cometer el mismo error otra vez. Si es que la había, pues aunque deseaba a su novio; sabía que él no podría brindarle todo lo que su esposo le daba. Antes de cubrirlo con el cojín del sillón, lo observó melancólica: deseando poder ver a su marido como en aquellos tiempos probablemente le veía, pero, había visto y conocido ya tantas cosas, y deseaba ver y conocer tantas cosas que… bueno… por ahora: cierra la puerta del Hogar tras de sí, y se marcha sin ver atrás: piensa con ansiedad en aquel a quien pronto verá.

 

Mientras tanto, desde un cubículo perdido entre muchos otros, nuestro héroe se imagina a su esposa caminando en su casa, ¿qué estaría haciendo? ¿Viendo tele? ¿O tal vez leyendo algo? Últimamente se le había dado la tendencia de leer mucho, y a él le satisfacía enormemente comprarle los libros que ella deseara, pero pensaba si no acabaría aburriéndose. ¡Y a qué cosas podía llevar el ocio y el aburrimiento! ¡Ash, “gérmenes del pecado” –pensaba nuestro héroe!

Así, gracias al temor de que su esposa se aburriera en casa, el buen marido se prometió a sí mismo llevarla aquel fin de semana de viaje a algún lugar, con el fin de distraerla y también para que vivieran y conocieran más cosas… juntos y como la pareja que eran.

 

Mientras almorzaba, nuestro héroe analizaba los gastos del viaje, examinando sus fondos y verificando las probabilidades. Aquella misma tarde le daría la noticia a su mujer: ya quería escuchar su emoción al oírlo. Pero todavía faltaban treinta minutos para su Llamada de las dos. Así que con la mano en la quijada, se ensimismó en el recuerdo de aquella mañana, cuando de repente, llegó a sus oídos la siguiente blasfemia:

Mami yo me siento tuyo

Yo sé que tú te sientes mía

Dile al noviecito tuyo

Que con él te sientes fría

No pudo contenerse, tomó su celular y rompió el Cronograma: llamó a su amada esposa.


¿Aló, querida?
Oh, sí, qué sorpresa. ¿Ya son las dos?
Querida, no, sé que no lo son todavía, pero necesitaba oír tu voz. ¿Quieres saber algo?... Lo he estado pensando, y he decidido que viajemos a la playa, ¿qué te parece, mi amada? ¿Estás emocionada?
¡Enserio! ¡Oh, qué grandioso!  
¿Entonces sí estás emocionada, querida?
Por supuesto que sí –susurra–. Te amo, querido.
Yo también te amo, querida. Hoy de noche hablamos sobre nuestro paseíto, ¿de acuerdo?
Ok, amor. Hasta la noche.


Y cerró. Nuestro héroe observa su celular y lo besa. Hace tanto tiempo que no lo llamaba “amor”. Mientras tanto, su señora esposa, desnuda, vuelve al cuarto marital y mancillado, y de inmediato procede a excusarse:


Era mi amiga.
Sí… tú amiga –dice él.
Era ella, enserio. Me cuenta que regresará con el novio. ¿Por qué lo dudarías?
No lo dudo, mi preciosa.
¡No, claro que no! Pero ya lo veo en tus ojos… ¡no mires a otro lado mientras te hablo! ¡Por Dios, hombre, entiende que te amo a ti y solamente a ti!
Y yo también te amo solamente a ti –sentenció el amante, intentando concluir la incómoda situación.
¿Lo dices enserio?
Por supuesto.
No quisiera que te fueras de mi lado jamás.


 

Después devino aquel viaje, y fue realmente bueno. Su esposa pareció disfrutar enormemente de la algarabía costeña, y eso a nuestro héroe lo llenó de felicidad.

Ahora, sobre la alacena ya no está aquel retrato antiguo. En cambio, se los ve en uno nuevo con sombreros, embriagados y felices.

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Eduardo Imbaquingo Baquero.
Publicado en e-Stories.org el 24.04.2017.

 

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