Jona Umaes

Para mi madre

Mamá, estés donde estés sé que leerás estas líneas. Tu última visita al hospital no acabó como tantas otras veces. Parece mentira cómo cambian las cosas de la noche a la mañana. El último día ya no pude verte despierta. Estabas inconsciente. El médico comentó que ya no se podía hacer nada más. No sé si podías escucharnos. Estabas totalmente inmóvil. Aún con la máscara de oxígeno, respirabas con dificultad y la sonda pasó de ser tu salvadora, como en otras ocasiones, a un simple instrumento sin función. Impotentes, veíamos cómo la bolsa de drenaje permanecía siempre al mismo nivel desde hacía horas.

Ese día, fueron llegando, desde por la mañana, tus nietos, sobrinos y resto de familiares, algunos que no veía desde que era pequeño. La habitación se llenó de gente, por unas horas, para verte. Igual que se llenó, se fue vaciando conforme llegaba el medio día. Tenían que continuar con sus quehaceres. Quedamos papá y tus hijos. El tiempo transcurría rápido y conforme se acercaba la noche la esperanza que reaccionases fue menguando. Tenías la mano fría y respirabas al ritmo de cada latido. Ver a papá y mi hermana quedarse de pie, mirándote y acariciándote el cabello me rasgaba el alma. No podía soportarlo y la congoja se cebaba conmigo. Todos llorábamos por dentro y sólo por algunos momentos los sentimientos rebosaban en forma de lágrimas. Yo tenía que salir a menudo de la habitación porque no podía soportar ver cómo respirabas cada vez con mayor dificultad. Paseaba por los pasillos y volvía a entrar. Adormilados pero atentos a cualquier cambio, tu respiración ronca sobresalía sobre el sonido del bote burbujeante de oxígeno, a su máximo nivel, que bullía como agua hirviendo. Conforme pasaba el tiempo el ritmo de tu respiración fue enlenteciéndose. Llegó un momento en que el burbujeo del oxígeno apagaba el sonido de tus ronquidos y sólo podíamos ver si respirabas por el leve movimiento de cabeza en cada bocanada de aire. Yo no paraba de pedir a Dios que te recuperaras. Hasta llegué a creérmelo para tranquilizarme. Sólo de esa manera pude dar alguna pequeña cabezada. Mi hermana se quedaba a ratos a tu lado, en la silla, intentando dormir apoyada sobre la baranda de la cama. Cuando se cansaba volvía al sillón. Yo salía y entraba de la habitación porque no podía dormir. Todos te mirábamos a ratos por si seguías respirando. Te fuiste consumiendo como una vela. Poco a poco, la respiración más ligera y el movimiento más sutil. Llegó un momento en que mi hermana dijo, “parece que ya no respira”. Me levanté y cogiéndote la mano vi que estabas muy quieta. Te di un beso de despedida y mientras me deshacía en lágrimas en el sillón, papá y mi hermana fueron contigo a despedirse. Tras unos momentos de silencio, mi hermana y yo nos abrazamos y el estremecimiento de dolor y lágrimas se adueñó de nosotros. Papá estaba desorientado. Comenzó a ordenar cosas e ir de un lado a otro de la habitación. Iba y venía para verte. Le abracé fuerte. Le costaba reaccionar. Estaba como en shock. Pulsó el avisador para que viniera la enfermera.

Mi hermana y yo fuimos a tu casa para recoger ropa para que te vistieran y estuvieras guapa, mientras papa se quedaba contigo y gestionaba los trámites con el hospital.

Todo fue muy rápido. El sepelio y la misa. La sala se llenó. Tu otro hijo, que estaba de viaje, llegó a tiempo con sus hijas para despedirse. Vino mucha gente, familiares, amigos y compañeros, y después de la misa nos dejaron verte de nuevo y despedirnos. Parecías dormida, con el semblante sereno y las manos cruzadas. Todos te dimos un beso de despedida y aunque estuvieras fría como el mármol, un poco de nuestro amor quedó contigo antes de que te convirtieran en cenizas.

La primera noche en tu casa, después de irte, fue de un silencio abrumador, sólo roto por algún llanto estertóreo. Si doloroso era para todos tu continuo malestar y nerviosismo estos últimos meses, ahora es igual o mayor el dolor por tu ausencia. La casa continúa impregnada de tu presencia y todo trae recuerdos. Los conocidos que no saben nada y preguntan por ti hacen desmoronarse a papá, pero poco a poco, lo va llevando.

Decirte por último que, aunque mucha gente cree que las casualidades son eso, solo casualidades, el día que papá me llamó para avisarme que habías empeorado, la melodía de mi móvil no la reconocí. La noche anterior había hecho cambios en mi teléfono. Para que me entiendas, lo había dejado como si lo hubiera comprado de nuevo, pero más moderno. No me dio tiempo a más aquella noche que dejarlo funcionando, sin cambiar ninguna música de llamada ni ponerle las cosas que tenía antes. La melodía que estaba puesta para llamadas, que sigo sin cambiar, es una música de piano, que tanto te gustaba, muy melancólica y dulce y que pareció anunciar lo que iba a ocurrir. Cada vez que la escucho me emociono. Y viendo la lista de melodías posibles que puede tener el móvil, unas treinta o más, precisamente tenía que ser esa y no una alegre.
 

Aunque sé que muchas de las cosas que te he contado las presenciaste desde que falleciste, lo escribo ahora que termina el año, para nunca olvidarlo y aliviar un poco el dolor que sé me acompañará aún durante mucho tiempo.

Mañana será otro año y nueva etapa sin ti.

 

Tu hijo.

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Jona Umaes.
Publicado en e-Stories.org el 31.12.2019.

 

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