Maria Teresa Aláez García

Otra dimensión

Otra dimensión.

Esta madrugada me dijiste adiós. Que nos separábamos.

Que nuestra vida ya no tenía sentido.

Que no veías nada en mí. Que ya no seguíamos juntos.

Estábamos sentados ambos, cerca del mar, que permanecía tranquilo. La costa formaba un recodo, una curva. Sobre las piedras, cantos rodados, había alquitrán. Brea. Estaban negras. Pero yo no me manchaba. Tú si.

Más abajo, había una placa de roca llena de algas, verdosa. De esa que tiene zonas resbalosas. En sus costados, arena, fina arena beige. Dorada. En la parte más externa, el agua regaba armoniosamente, al ritmo del latir del corazón, la roca.

Te advertí. El mar enfurecido podría manchar tu traje gris. Tu chaqueta. Tus pantalones y tu corbata negra, fina, impecable. Tu camisa blanca. Tu corte de pelo.

No dije nada más. Bajé la cabeza y te dejé ir. Eres una buena persona y te mereces lo mejor. Eres un buen hombre y te mereces una buena mujer.

Me pareció ver en tu rostro un signo de incredulidad. Quizás esperabas otra reacción de mi parte. Que te rogara que no te fueras. Que me pusiera a llorar. Que preguntara con quién. Es que yo sé que hay un quién. O una.

Para qué. Significa acaso el ponerme histérica que te quiera más.  O el rogar y suplicar que no te vayas, significa algo. Para ti si puede que signifique que eres una gran persona, que eres necesitado, que eres imprescindible, que eres una persona importante para la sociedad.

No es mi estilo. Yo puedo rogar o hacer que ruego a alguien que tenga baja su autoestima para que se sienta importante. A ti no te hace falta. O quizás si pero no de mi precisamente sino de la persona que vivirá hasta el final a tu lado y te dará ese romance apasionado, problemático y lleno de circunstancias que necesitas para romper una monótona vida. Yo ya llevo dentro de mí todo eso y necesito equilibrio en mi entorno, rutina y saber que cada dia todo puede continuar para equilibrar mis demonios internos.

Y claro que lo voy a pasar mal. Has tenido una gran paciencia conmigo. Creo que alguna vez me has querido. Creo que has sido, eres y seguirás siendo un buen hombre. Hasta para decirme adiós has sido dulce. He entendido que no era necesario dar más vueltas.  No te seguiré, no te escribiré más. Ni siquiera iré a ver cómo te vas. Te prepararé todo y mañana por la mañana te irás para no volver.

Limpiaré la casa y guardaré tus recuerdos escritos en un libro, dentro de una caja. Por unos meses, la casa permanecerá en penumbra y luego volverá a entrar el sol.

Y dentro de veinte años, quizás, entiendas que hay otro modo de querer que es el de desear siempre a la persona a la que se quiere lo mejor y saber apartarse cuando uno no reconoce que es lo mejor para ella.

Entonces quizás desees volver.

Pero esta puerta ya quedó cerrada y clausurada.

Lo que yo no sabía es que se podía estar casada en una vida en sueños y en otra en la vida real a la vez.

Tengo suficiente carga en la vida real como para no pensar en lo sueños y para estar ocupada hasta que me muera.

Adiós. Suerte y besos.

 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Maria Teresa Aláez García.
Publicado en e-Stories.org el 15.03.2009.

 

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