Carlos Mª Martorell de la Puente

Junto a la charca verde

Me senté junto a la charca verde, anochecía, las ranas croaban enamoradas y sus ojos fluorescentes parpadeaban inquietos. Yo me mostraba recatado y con el respeto debido descendí mi cabeza hasta que mi oído tocó la tierra húmeda.
Percibí cómo desde lejos se acercaban una multitud de trenes ruidosos, enajenados, repletos de viajeros. Las ranas pringosas y como de goma, me rodeaban y me encerraban cada vez más.
Luego me  contaron una historia increíble sobre un artista fabuloso que llegó a vivir unos años con ellas; este hombre encantador tocaba el trombón. Este hombre fabuloso era un virtuoso del trombón  y recorría las tierras y los paisajes más inhóspitos abrazando su trombón y con su encantadora sensibilidad.
Era un artista total.
Las ranas, siempre amenas y croando graciosas, me contaron como velaba con ellas las noches más desoladas con sus melodías suaves, con su soplo angelical, casi revelador. Su cuerpo orondo, su sonrisa generosa, sus brazos de goma, sus manos henchidas, todo él se mecía acompañando la música y las ranas silbaban alborozadas, en la aciaga noche las estrellas se tendían brillantes, osadas, relucientes.
En la fatídica noche en que tendí mi oído hasta tocar la tierra humedecida. El hecho sangrante, ineludible, en aquél rincón protegido, en aquella dulce balsa protegida por los ángeles y sellada a los infortunios e impermeable a los quehaceres diarios y humanos. Es que sin duda, percibí cómo desde lejos se acercaban temerarios una sucesión interminable de trenes espantosos y alborotadores. Repletos de sangre joven y turistas alemanes.
El hombre del trombón, quizá residiera con las ranas aquella temporada sólo con el propósito y el objetivo de prevenirlas de cara a un futuro incierto. Quizá aquel hombre tan encantador viajaba más rápido que su sombra.
Anochecía aquel día aciago, las estrellas silbaban tranquilas, yo sólo quería el mejor de los mundos, yo sólo apoyé mi cabeza y tendí mi oído sobre la tierra mojada. Las ranas croaban felices, impasibles 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Carlos Mª Martorell de la Puente.
Publicado en e-Stories.org el 17.03.2011.

 

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